viernes, 25 de agosto de 2017

TERNURAS INFANTILES.

La niña -dos años tan solo- me acompañaba. Extasiado ante aquel campo cuajado ya de margaritas, paseaba mi vista de un lado a otro, hasta unas amapolas cercanas. Mientras, la niña, se agachó y cogió cuidadosamente un par de aquellas florecillas silvestres. Me las enseñó con su sonrisa pícara. Son para papá y mamá. El sol contemplaba la escena. Y una ligera brisa meció el prado y todas las flores. Qué sencillas son las cosas de los niños. Y qué complicadas... y enrevesadas las de los adultos. De vuelta a casa, las dos margaritas languidecían estrujadas entre sus dedos. Pero ella llevaba un pequeño tesoro a casa, a sus padres. Y así se las entregó, convertidas ya en un pequeño amasijo vegetal. Pero era un manojo de cariño. La niña pasó a otra cosa, pero una poesía pareció quedar escrita en los cielos, entre unas nubes. Siempre me parece admirable la ternura e ingenuidad de esos pequeños compañeros de viaje... los niños.




SOÑANDO CIELOS Y MARES DE COLORES.

Las noches de verano, este año, están siendo excepcionales por aquí. Por tierras gallegas. Y muy propicias para verlas llegar. Las nubes y el mar compiten, divertidos, con la paleta de colores. Y cada día es diferente. Y se mezclan rojos intensos de puestas de sol con mil tonos de grises y de azules. Juguetean a pintar cuadros nocturnos que, luego empapan de qui...etud y de brisas ligeras. En mi caminata rápida y que busca el ejercicio, voy mirando de reojo el horizonte y la costa, allá lejos. Y me alegran la escena las lucecillas de algún barco que cruza por allí. O de barquitas que pescan cercanas. A veces, detengo mi marcha y me apoyo en la balaustrada para captar, como a pequeños sorbos, esas mezclas y amalgamas de mar y de cielos. Y sigo, después, mi camino...soñándolos de colores...que ya llegará el otoño, cualquier día, para romper el embrujo. 


viernes, 4 de agosto de 2017

RECORDANDO (5): EL GARAGE PARGA.

Estaba al inicio de San Roque, frente a la Virgen del Camino. Era importante en su tiempo. Época de pocos coches particulares y carreteras dominadas por autobuses y camionetas. Mi amigo Félix y yo pasábamos a diario por delante, camino de ida y vuelta del colegio. Generalmente, sobre la acera y frente a la entrada al garaje, reposaba algún camión con las ruedas en alto o con el capot del motor levantado, mientras revisaban sus averías. Tiempos... de arrancar con manivela, dale que te pego. Pero, otras veces, nos topábamos allí con algún modelo de coche que hacía detener nuestro paso y quedarnos mirando, plenos de curiosidad. Estábamos largo rato observando el vehículo una y otra vez. Por delante, por detrás y en su interior. Recuerdo cuando vimos allí por primera vez un Citroën de aquellos llamados "Patos", o cuando contemplamos un "escarabajo". Pero la palma se la llevó un día en el que, desde lejos vimos allí un coche rojo. Destacaba sobre la acera por su tamaño y su color. Era un Mercedes que anunciaba un sorteo, posiblemente del propio coche. Tenía sus puertas abiertas y, dentro, una chillona tapicería roja y la puerta de un bar abierta. En éste, varias botellas de licores y bebidas.

Espectacular, sin duda. Todo lujo, con maderas de buen porte. No podíamos creer lo que veíamos y no nos apartábamos de allí. Una y otra vez, rodeados de un buen grupo de hombres y chiquillos, lo revisábamos todo con la vista. Era la envidia de todos semejante "cochazo". Ahora, al paso de los años, me sonrío por lo que hoy sería bastante hortera, por su monótono colorido, todo apariencia y exhibición. El garaje Parga excitó durante aquellos años colegiales nuestra imaginación. Hasta el punto de preguntarnos, con inocencia y frecuencia, "¿y tú de mayor que coche vas a tener? Y nos respondíamos uno al otro, entre sueños e ilusiones de chavales.
RECORDANDO (4): UN BUEN PUÑADO DE RIBADENSES

Hoy quiero recordar a un grupo de compañeros de colegio y algunos amigos que ya no están con nosotros. Nombro a algunos, a los más próximos a mí. José Jesús Rico Ocampo, al que llamábamos Obe por ser hijo del maestro allí residente. Un buen tipo, listo y divertido en sus cosas. Luis Penzol, bueno y amable como pocos y, posiblemente, el amigo con el que intercambié más confidencias. Antonio Sotelo, que consumió casi toda su vida ...como marino. Jesús López Díaz, uno de los dos hermanos “Remourelle”. Luis de Mira, compañero de travesías a Figueras y algunos paseos por La Coruña. Su hermano, Marcial de Mira. Carlos Nistal, recientemente fallecido, copartícipe de anécdotas y vivencias en los sesenta. Alfredo Deaño Gamallo, amigo inquieto y divertido, a la vez que buen curriculum en Filosofía. Amadeo Arango, colega de profesión y también en esto de escribir libros sobre Ribadeo. José Lamas, otro más del grupo de amigos de mis años de juventud. Paco Abad siempre ocurrente. Y otros que no nombro para no alargarme. Y curiosamente, ellas, las compañeras, están todas ahí, entre nosotros.

Y no me puedo olvidar de algunos de los profesores de La Academia, los más próximos a mí. Juan Suárez Acevedo, mi primer director. Salvador Díaz Echevarría, mi tío, profesor y director. Cándido García Riesgo, último director y buen amigo de todos nosotros. Nos dio mucho en poco tiempo. José Benito Santana, mi excelente profesor de matemáticas y posiblemente con el que tuve mayor identificación. Ramón Soto, todo humor y buen hacer. Nos dejó un recuerdo inolvidable. Amando Suárez Couto, amable, sencillo y excelente pintor y dibujante. Nito Sarmiento, mi profe particular de inglés con una curiosa vida anterior en La Habana. No olvido sus clases en el Cantón Bar, junto a un café. Y Mary Paz Otero Aenlle, Paco Lamas y sobre todo, Ramón el Bedel. ¿Qué contar de este sencillo y trabajador bedel de La Academia? Necesitaría varios post como éste para narrar anécdotas y vivencias suyas.

El próximo 11 de agosto, nos reuniremos en la comida anual los antiguos compañeros (“chicos y chicas”) de curso. Y antes, en la iglesia de la Virgen de Villaselán, rezaremos una oración por todos esos que compartieron pupitre con nosotros y ya se fueron, poco a poco, de esta vida. Descansen en paz. Mi agradecimiento a todos ellos por su tiempo de cercanía y compañía.


RECORDANDO (3): LA RONDALLA EN LAS CUATRO CALLES.

Durante bastantes años nuestro ansiado veraneo en Ribadeo tenía un gran aliciente. Para muchos de nosotros. En determinadas noches de agosto, acudíamos después de la cena al centro del pueblo. Al acercarnos, se escuchaba ya la música de guitarras, laudes y bandurrias. Un corro de gente se iba ensanchando, taponando la calle. Nos uníamos, buscando algún hueco. Y las notas de la música se acoplaban con las voces de la rondalla. ...No de cualquier rondalla. Era la del verano, la de todos los veranos. Recorríamos sus rostros, mientras cantaban. Si, allí estaban ellos y ellas, los mismos. Un silencio profundo hacía sitio a sus canciones. Habaneras de siempre y canciones eternas de Ribadeo. Canciones que hablaban de mar y de navíos, de amores y de marcha a tierras lejanas, de regresos.

Allí se daba vida y continuidad a una tradición secular del pueblo. Bien aficionado a las rondallas y al cantar. Aquí y allá...y en algunos bares. Después, caminábamos todos, tras ellos, calle abajo, hacia Porcillán. Y en la Fuente de los Cuatro Caños, un alto prolongado, lleno de vida, en la quietud de la noche. A veces luna llena y estrellas en lo alto para hacer más romántico el momento. Todos cantábamos, en voz alta o para adentro. Otras, la neblina cubría el cielo que lloraba gotitas de orballo. Me quedo con esas canciones en esa fuente, tan querida para muchos de nosotros. Hermosa en su sencillez. Guardo en mis recuerdos el "Yo quiero ser marinero" o el "Yo te diré" y el sonido emotivo de las guitarras, los laúdes, los violines de aquella Rondalla que un mal día se nos fue. ¡Qué pena!
RECORDANDO (2): UN DÍA EN EL EMMA CUERVO

Era niño de trece años. Agosto llenaba ya las calles del pueblo. Ese domingo se jugaba un nuevo Emma Cuervo. Y como los anteriores, de postín. Iban a jugar el Sevilla y el Valladolid, ambos de primera división. Un ambiente alegre y bullicioso se respiraba por las Cuatro Calles y San Roque, por el Cantón y el Mediante, repletos de parroquianos. Con mi padre, después de la comida, un tanto acelerado por los nervios, fuimos al bar de Agapito. En una mesa de fuera, él y sus amigos comentaban sobre el día festivo y el partido. Yo no podía contener mi emoción. Enseguida, iniciamos la marcha hacia el estadio en medio de una riada de gente. Pasamos por delante de la iglesia parroquial y caminamos lentamente por la carretera. Se oía el vocerío de multitud de hombres y bastantes mujeres. Venían de todos los pueblos de Asturias y Galicia próximos. Y se unían a todo Ribadeo y muchos veraneantes.

Una vez en el campo -mi padre había sacado las entradas días antes- me ubiqué como tantos niños en la localidad de esa denominación "Niños". Sentados en la hierba, a escasa distancia de la raya lateral del campo, en la zona de general. No recuerdo si ya había la "balaustrada". Creo que estuve con algún amigo. Partido vibrante. Entonces los equipos se partían el pecho para llevarse el bonito y valioso trofeo. El Emma Cuervo ya tenía fama y prestigio. Y los equipos alineaban a todas sus figuras. Recuerdo a Campanal, aquel extraordinario defensa sevillano. Pero ganó el Valladolid, a fuerza de empuje y coraje. Creo que por 3 a 2. Al final, mi entusiasmo se unió a toda la multitud en la entrega de la copa. Y regresamos a casa. Como nosotros vivíamos en el Jardín, lo hicimos caminando a través de senderos entre las huertas y, después, atravesando bajo aquellos inmensos árboles, llegamos a casa. Recuerdo ese día como uno de los más felices de aquella época. Y es que, aquellos Emma Cuervo de los cincuenta llegaban para anidar en nuestros recuerdos.


RECORDANDO (1): JUGANDO POR EL CAMPO LOS DOMINGOS.

Las mañanas de los domingos eran una fiesta y una delicia para los niños de mi generación. Pasadas ya las jornadas de clases, colegios y recreos, nos liberábamos y a correr. Y corríamos con presteza al Campo de San Francisco, entre el Palco de la Música y la Iglesia Parroquial. Allí, en una amplia zona de tierra, estaba nuestro territorio común o comanche, según se mire. Los niños se contaban por decenas. Y siguiendo un cícl...ico calendario, no escrito en ningún sitio, aparecían unos u otros juegos. La peonza, las canicas y el gua, el pinchín, el aro... eran la diversión habitual. Y por medio mil discusiones, acaloradas, sobre sus incidencias y las incontenidas pasiones infantiles. Y nunca faltaba un balón para pelotear junto a la pared de la iglesia o correr al Cantón. Este era el sitio ideal para jugar un partido, pero chocábamos con frecuencia con que las niñas patinaban en grupos o daban vueltas y vueltas con sus bicicletas. Pero convivíamos sin más problemas.

Uno de los juegos que nos hacía pasar buenos ratos era el de "a melás". Un chaval se ponía junto a una pared, y varios se colocaban agachados, en fila, pegados unos a otros, con las manos sobre su cintura o su trasero. Eran los desgraciados que pandaban. Luego, los restantes chiquillos, cogían carrera hacia aquellos, saltaban lo más que podían y se dejaban caer encima. Así, uno tras otro, aumentando el peso sobre los agachados. Y ahí venía lo peor o lo mejor, según la situación de cada cual. Venían las malas mañas. Caer encima de ellos con fuerza, golpear al caer, empujar a los delante para desequilibrar la masa y, finalmente, al ceder alguno de los que pandaban, lograr el derribo y caída colectiva al suelo. Y así, entre risas y algún quejido, se volvía a empezar. Y con todo esto iba pasando feliz la mañana de los niños, hasta que uno tras otro se iba marchando a su casa o alguien proponía un plan mejor gritando. "vamos a coger grillos" , "vamos al muelle", "vamos a los Hermanos" o cualquier otra diversión alternativa. Esa era la feliz vida infantil en aquellos domingos de juegos en el Campo.


viernes, 2 de junio de 2017

NUESTROS INDIANOS…MIS INDIANOS

Se acerca la fecha del Ribadeo Indiano. Las calles se llenarán de alegría y trajes elegantes. El blanco y los cremas suaves lo inundarán todo. Y las pamelas y sombreros lucidos por rostros hermosos. Rebobinaremos, entonces,  el tiempo. Y traeremos del pasado la parte bella de la emigración. Los paseos y la exhibición. Vienen a mi mente aquellos días que no vimos, pero de los que oímos contar. Todos, en esta tierra, tenemos indianos. Abuelos y tatarabuelos que salieron en busca de fortuna. Tratando de salir de las penurias de pueblos y aldeas con escaso futuro. Entonces, uno tras otro, los hermanos, seguían el rastro del pionero. Del que abrió camino. Y en un atardecer cualquiera, sentados sobre sus baúles y maletas, en el puerto de Vigo o de Coruña, esperaban. Horas lentas y miradas tristes. Con la nostalgia ya atenazando sus corazones. Hablando poco en medio de sus despedidas. Tardes de buques zarpando hacia muy lejos. De lágrimas y pañuelos blancos al aire. De adioses… ilusionados si… pero adioses…

Luego sus cartas, con aquella escritura renqueante. A golpe de pluma y palillero. De tinta y de tintero. En sus misivas contaban sus trabajos y sus infinitas horas. Fueron esforzados trabajadores y sobrios hasta lo indecible para ahorrar. Para llevar con ellos a su familia. Algunos hicieron grandes fortunas y pequeños imperios. El talento también contaba. Y desde allí ayudaron a hacer escuelas, hospitales, capillas en sus lugares de origen. Otros vivieron bien y se hicieron distinguidos hombres y mujeres en los centros gallegos de Sudamérica. Otros muchos regresaron al cabo de un tiempo tan pobres como se fueron. Pero con el pelo gris y más callos en sus manos.


Mis indianos siguieron ese patrón común a toda la emigración americana. Hermanos de mis abuelos. Unos ya no volvieron y allí se quedaron para siempre. En Buenos Aires y Mendoza. Con sus veranos en Punta del Este y sus paseos, de ropas blancas y cremas, pamelas y sombreros, por sus calles. Mi abuelo y algún otro hermano, volvieron pronto. La morriña, la llamada del terruño tiraba de ellos, les empujaba a coger el barco de regreso. Y ya no luchaban. Se volvían acá.  A su Galicia natal. Y contaron a sus hijos y a sus nietos, al calor de las lareiras, su aventura americana. La gran riqueza de aquellos países. Y cómo volvieron en aquellos trasatlánticos, en camarotes y en hamacas en cubierta. Esperando ver en el horizonte, las tierras grises y verdosas de su país natal. Y como ellos, a buen seguro, tus indianos… nuestros indianos. Hacemos bien en honrar su memoria en esa fiesta, de nuevo cuño, del Ribadeo Indiano.

lunes, 30 de enero de 2017

PUBLICACIÓN DE MI NUEVA NOVELA "ENTRE LAS CUATRO ESQUINAS DEL TIEMPO"

En las pasadas Navidades se publicó mi nueva novela, titulada ENTRE LAS CUATRO ESQUINAS DEL TIEMPO. Para resumir el argumento de esta obra de ficción copio el extracto que figura en la contraportada del libro:

"En noviembre de 1942 el capitán Friedrich Zimmermann del ejército alemán que, junto a ocho de sus hombres, había descubierto un importante tesoro tras un bombardeo aliado sobre una aldea árabe en la que estaban refugiados, huye de El Alamein en medio de la debacle final. Lo hace en una avioneta pilotada por Julián Crespo, español, llevando con él el tesoro encontrado. Tras aterrizar en Melilla, desaparece sin dejar rastro. Años más tarde, en 1965, tres jóvenes residentes en Alicante -Jaime, Carla y Fede- encuentran unos misteriosos cuadernos escritos  por el piloto Julián. En ellos describe ese vuelo de huida del desertor nazi y la súbita desaparición de éste. También la forma tan impactante con la que le pagó ese viaje. Jaime, periodista y escritor, Carla, locutora de una emisora de radio local, y su amigo Fede, se lanzan a la aventura de investigar esa historia que ha caído en sus manos. Esto le sllevará a viajar, desde la ciudad de Alicante, a Melilla, algunas ciudades alemanas, Atenas y la isla de Creta. Al mismo tiempo, se va fraguando la aventura amorosa de Jaime y Carla. Después de una larga y enrevesada búsqueda, van descubriendo todos los entresijos de aquella historia del capitán Friedrich y del tesoro, de valor incalculable, que había aflorado en las paredes de una casucha en una aldea árabe."

La novela está ya disponible en AMAZON y en la cadena de librerías TROA, en diversas ciudades españolas. Igualmente se puede adquirir en la Librería Vivín, de Ribadeo (Lugo).


viernes, 23 de septiembre de 2016

LA PLAYA EN SETIEMBRE

Hoy, en mi caminata matinal por el Paseo Marítimo, me detuve mirando al mar. Y a la playa. Extasiado. Hermosa como sólo ella sabe presentarse, cuando le place, en setiembre. Las arenas brillando bajo un sol espléndido. El mar en calma y sosiego. Unas escuetas ondas levantándose y rompiendo junto a la orilla. Dejando un rosario blanco extendido a lo largo, con su espuma. Un azul claro, en las aguas, que se mutaba en oscuro unos cien metros más allá. Y el horizonte envuelto en una tenue neblina. ¡Espléndida vista! Para quedarse allí toda la mañana. Me vino a la mente y a mis labios la letra y la música de una antigua canción sesentera. Cantada entonces por Marie Laforet.  Comenzaba así:

"Cuando la playa se inundó de luz y sol
y cuando el mar con su rumor habló de amor
Cuando soñaba en el azul
 fue realidad, a este soñar, llegaste tú."

Para terminar:

"Cuando en la playa brille nuevamente el sol
ahí estaré y junto al mar recordaré.
Evocaré la inmensidad de nuestro amor
que me brindó felicidad..."



Siempre he ligado esta canción a estos días soleados y bellos de setiembre. Apacibles y serenos. En todos aquellos lugares de la costa en los que muchos vivimos (¡afortunados sin duda!). Proseguí mi camino, mirando de continuo a mi costado, a las arenas casi desiertas y las aguas cercanas. Vestidas de gala. A tiro de piedra. Esperando que mañana y otros muchos días de setiembre sigan desfilando ante mi vista, ante vuestra vista. Y para seguir tarareando esta canción.




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sábado, 3 de septiembre de 2016

ANOCHECIENDO

¿Qué tiene la noche que la hace tan voluble? Unas veces bella y hermosa; otras fea y poco arreglada. Tan variable en su aspecto, en su vestimenta. Me suelen gustar las noches, pero no todas. Hay unas de luna y estrellas a puñados que emboban, que prenden los ojos allá arriba. Y nos quedamos así, intentando abarcarlas todas. Otras, en cambio, oscuras, con las nubes ocultando el rostro de nácar de la luna, caprichosa ella, que no quiere salir en esas ocasiones a lucir sus galas. Están esas otras en las que las luces de un muelle o las urbanas caen sobre las aguas y las pintan de amarillos, rojos, verdes. Y luego, esas  de invierno duro. En las que el viento golpea la fachada de las casas y sus ventanas llamando con fuerza. O bramando y soltando chaparrones, cuando no un arsenal de rayos y truenos. Las noches, así de caprichosas.

  Anocheciendo en las rúas

Los anocheceres, en cambio, me suelen entusiasmar siempre. Es cuestión de sensibilidad. De caminar por la vida con los ojos bien abiertos. Por ejemplo, el de la foto adjunta. Cuando las luces de las farolas soban y limpian las calles, tiñéndolas de tonos amarillos y blancos. Y nos vamos retirando a nuestros hogares, dejando las calles solitarias para que gocen ellas. Recuerdo anocheceres... muchos. Incontables. Los del Mediterráneo levantino, con una luna inmensa, amarilla, saliendo de entre las aguas. O los de mi ciudad coruñesa, desde el Paseo Marítimo, mirando a lo lejos como el sol agoniza y suelta ríos rojizos. O los del Faro de Ribadeo, desde el banco solitario, perdiendo la vista en el horizonte grisáceo. Tantos anocheceres que suscitan sentimientos de admiración o de recuerdos; de alegrías o de tristezas; de agradecimiento profundo al Creador por su hermosura, 

lunes, 22 de agosto de 2016

LA SONRISA DE LOS NIÑOS


Su valor no tiene límites. Ver la ingenuidad y la sencillez de la sonrisa de un niño es algo grandioso. Como la naturaleza impoluta, libre de la acción de la mano del hombre. Sean nuestros niños o sean los ajenos, nos cautiva siempre. Y nos engancha. Es como esas florecillas que surgen junto a los caminos sin que nadie las cuide. Hermosas en su simplicidad y en su limpieza. Ambas -las flores y la sonrisa del niño- son obra de la mano divina. Pero... luego llegamos los hombres...




La fotografía de ese niño sirio, que ha recorrido el mundo de las comunicaciones y las redes sociales, es el mejor ejemplo de lo que he escrito. De la cruel y salvaje acción de los seres humanos. Capaces de destruir esas sonrisas infantiles y trocarlas por tristeza, miedo y fealdad. Así somos muchas veces. Y más aun en manada. Como los lobos. Duras palabras, sin duda, pero así son las cosas cuando nos alejamos del Creador y campamos por nuestros respetos. Con la maldad, con el egoísmo propio y, perdón por la expresión, por nuestra mala leche. Y así nos luce el pelo. La foto de ese pobre chiquillo, rescatado de un bombardeo en Siria, es profundamente expresiva. En vez de sonrisa, luce susto, asombro de los restos de escombros y de sangre que cubre sus ropas. Y su mirada, perdida, refleja bien a las claras el daño que se le ha causado. Como a tantos otros niños. Muchos de ellos, lejos de ambientes bélicos. Debería hacernos reflexionar a todos para rebobinar el camino que llevamos. Para volver a ser humanos de verdad. Para sacar a relucir los buenos sentimientos y pensar que la sonrisa de un niño, su alegría... valen más que todos los bienes del mundo. Que todos los conflictos personales o colectivos. Que todos nuestros deseos, caprichos y ambiciones. Pero para eso, hay que detenerse a pensarlo y mirar arriba... a lo más alto...

Si no has leído mis últimas novelas: "EL REFUGIO DE LOS SIGLOS" Y "KATEDIÓN"  o el libro sobre Ribadeo en los años veinte y treinta, "TRAS SUS HUELLAS" y te interesa alguno de ellos basta con pincha aquí o en este otro enlace  pincha aquí

jueves, 28 de julio de 2016

LA VIDA NOS SALE AL CAMINO

El tiempo va pasando y es un libro abierto para cada uno de nosotros. Que hay que saber leer e interpretar. "La vida sale al encuentro" era el título de un conocido libro allá por los sesenta. Pero es así. Ella nos va enseñando mil cosas. Entre ellas, a apreciar la amistad en todo lo que vale. Que es mucho. A separar el trigo de la paja. A comprender que unos, de los que giraban a nuestro alrededor cuando teníamos cargos o relevancia profesional o empresarial, vuelan en cuanto cesan esas circunstancias. Otros, en cambio, fieles y leales, de los que te acompañan de por vida. De los que te puedes fiar y a los que puedes querer al máximo. Amigos de verdad. Lección esta que los padres siempre tratan , antes de que sea el tiempo adecuado, de enseñar a sus hijos. Y experiencia universal.

La vida sale al camino para decirnos qué es y qué no es relevante, importante. En qué hay que volcarse y en qué no vale la pena. Arar el campo adecuado, el de la tierra fértil. No arañar peñascos y roquedales. Con frecuencia, lo estamos haciendo. La vida sale al encuentro para hacernos aprovechar el tiempo. Con la familia, con el trabajo, con los amigos, con los convecinos. La vida esa sabia y vieja amiga. Viene de largo y sabe latín. Nosotros no. Por eso, nos señala el norte y el sur. Dios por allá arriba y por aquí abajo. El trabajo y el ocio por este costado. La familia por el otro. Nos hace ver la importancia de escuchar a quienes nos rodean. De dar un buen consejo. De ayudar a su alma triste y su cuerpo rasgado o baqueteado. De esconder nuestro yo para volcarnos en el tu.

La vida nos sale al encuentro y lo mejor es recibirla. No esquivar su mirada y su palabra. Ni escapar con mil disculpas.Que las tenemos y las ponemos. Amigo, hoy te brindo mi experiencia personal. Si tu vida te sale al camino. Párate frente a ella, escúchala y abre bien los ojos y los oídos. Serás más feliz. Vivirás más alegre. Y reirás y gozarás con los tuyos, con tus amigos...con tus conocidos. ¡Hazme caso y verás!

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martes, 19 de julio de 2016


DÍAS DE FIESTA 

Ha entrado el verano con fuerza. Bastante sol y buenas temperaturas. Y ha comenzado el ciclo festivo gallego. El Carmen regó la costa de multitud de festejos de aires mariñeiros. Y las procesiones marítimas han recorrido puertos y rías, bajo una lluvia de banderitas y gallardetes en las embarcaciones y el sonar alegre de sus sirenas. Y siguen las fiestas. Romerías familiares a montes o playas, a aquella ermita perdida en lo alto o en medio de los arenales. Galicia es tierra de fiestas en las que lo religioso, lo gastronómico y la música se entremezclan y amalgaman. Son días, en muchos lugares, de gaitas y gaiteros. Pasacalles en un ir y venir por la calle principal del pueblo o por el parque. Conciertos en el palco de la música. Verbenas en el "campo da feira" o en la plaza mayor del lugar. La gaita es parte del alma gallega. Sin ella no sería lo mismo. A mi, desde niño, me eleva el ánimo y carga de sentimientos el corazón. Escuchar la "Alborada de Veiga", por ejemplo, es una buena forma de empezar a vivir la fiesta. Hace ya años, en mi etapa juvenil, escribí este breve pensamiento: "La música enxebre de la gaita, en lo alto del monte gallego, inunda mi alma de rugientes sensaciones, mezclando nostalgias con el renovar de viejas ilusiones nacidas a la sombra amable de los pinos verdes y olorosos."

Y , por otra parte, están los gigantes y cabezudos, en expresión popular española válida para todas partes. Luego viene ya la traducción lugareña de cada cual. En Ribadeo les llamamos "los Cocos". Salen a bailar y desfilar por las calles en días festivos. Y la chiquillada se reparte entre los más pequeños que lloran asustados ante el estruendo y los otros que ríen, corren, cogen caramelos y disfrutan acercándose a los gigantes  y a la tropa de cabezudos que suele acompañarles. Entre los que no suelen faltar personajes como el popular Popeye. Debo reconocer que también disfruté en mi infancia con las carreras, desfiles y persecuciones de estos descendientes de aquellos que desde hace siglos pasean por las fiestas españolas. 



Reproducción de los "Cocos" en San Roque (Ribadeo) 

Y volviendo a la gaita y a los grupos regionales, estamos a pocos días de una de esas romerías en el monte."La Xira de Santa Cruz y Día da Gaita" en el alto de ese nombre ribadense. Fiesta de largo recorrido, con amplia tradición de familias acudiendo a comer junto a la ermita de ese lugar y la sobria cruz que colocaron allí generaciones anteriores. Este año, además, va a tener para mí un significado especial dada mi participación en los actos previos en el Teatro de Ribadeo. Allí estaremos. Después, sonarán las gaitas, los tamboriles, el bombo, las panderetas y, en ocasiones, el acordeón por toda Galicia. Y en el monte de Santa Cruz. Desde donde se divisa una vista de la Mariña Lucense y el Occidente de Asturias, que lleva el sello y la huella del Creador...por su belleza.

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jueves, 30 de junio de 2016

SE HA QUEDADO SOLO EL BANCO DEL PARQUE

Tú te has ido a casa. Yo también. Con mi gente. Las horas de la tarde han pasado, lentamente, desgranadas una a una. Hemos hablado mucho. Varias horas sentados en ese banco. Mirando el bosque del parque y el río. Las aguas serenas y plateadas bajando lentamente ante nosotros. Como si nos reconocieran, diciendo adiós al correr hacia abajo. El sol se ha ido en busca de otras tierras. Una ligera neblina cubre ese rincón de vibrante naturaleza, ocultando ya su belleza.


Hemos repasado un largo tramo de nuestras vidas. ¿Te acuerdas cuando éramos niños y caminábamos juntos a nuestro colegio? ¿Y cuando crecimos y la juventud nos renovó por fuera y por dentro? Todos aquellos felices días en el pueblo. Luego nuestros caminos se separaron, se alejaron nuestras vidas. Transitamos mundos distintos. Acabamos los estudios, iniciamos nuestra etapa profesional. Nos casamos. Vinieron los hijos. Fueron creciendo. Tuvimos días de todos los colores. Azules y claros, de alegrías y triunfos. Rojos y anaranjados, de tristezas y penurias. Algunos blancos como la nieve, llenos de vida, rebosantes. Otros negros, de despedidas y de marchas eternas. Reímos y lloramos. Cantamos y bailamos. Fue la vida. Nuestras vidas.

Hoy, nos hemos reencontrado al cabo de bastantes años. Con la sorpresa inicial  al mirarnos ahora, al reconocernos plenamente. Al sentir que somos los mismos de entonces. Con la misma sintonía. Y hablamos mucho, nos contamos nuestras respectivas historias. Y las  de los nuestros. Los que queremos y llevamos en el alma. También de los amigos comunes. Los viejos compañeros de colegio. ¿Qué fue de ellos? nos fuimos preguntando. Y tratamos de componer el puzzle de sus vidas, de sus rostros. De ellos y de ellas. Amistades viejas de aquellos días en el pueblo. De aquellos veranos marineros y de playas. ¿Qué fue de ellos? Las horas de la tarde, en ese banco, se nos han quedado escasas. Escuetas como el cauce de ese hermoso río, testigo de nuestras confidencias. De hoy. Y de las de antaño. ¿Te acuerdas? Llego la hora del regreso a nuestras vidas. La de la despedida. Pero hicimos un propósito delante de ese banco, fiel y callado compañero. Que ya no pasarían años sin volver a vernos. Sin hablar de nuestras cosas. De hoy y de mañana. Las otras, las de ayer, ya las sabemos y las llevamos para siempre en el fondo de nuestras almas.

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miércoles, 22 de junio de 2016

SEVILLA Y LA MACARENA

Conocí Sevilla hace casi 25 años. Invitado a dar un curso de formación de auditores por los economistas sevillanos. Y bajo su inmenso sol y sus cielos límpidos, me enamoré de ella para siempre. La alegría de sus gentes, su vitalidad y la excelente acogida de unos buenos amigos y colegas, lo propició. Después, fueron muchas las ocasiones en las que he vuelto a esa ciudad amada y en la que, posiblemente, resucitan siempre mis vetas meridionales más profundas. Y siempre, al recorrer sus calles a la sombra de los naranjos y palmeras, al caminar entre bares y tascas, impregnadas del olorcillo de la variedad de tapas y frituras, mi ánimo se expande. Sevilla tiene alma que vibra y duende que engancha.


Todo es brillo y color en Sevilla. Y poesía. La que viene a los labios a poco que te metas en ambiente. Y la que salta a borbotones en la voz y la guitarra en multitud de rincones en los que late el flamenco. Me quedo con La Anselma en el corazón de Triana. En el que la gente se arremolina para captar mejor las voces y la letra de las coplas. Sevilla es inacabable al recorrerla a pie, calle a calle. No sé qué te engancha más, si la Torre del Oro o los Reales Alcázares, el parque de María Luisa o la Plaza de España, la coqueta Plaza de Toros, la Catedral...la Giralda. Debo a mis amigos sevillanos varios recorridos en coches de caballo en compañía de algunos colegas. Me hicieron recordar aquel primero que, siendo niño, hice con mis padres en Málaga camino de Galicia desde tierras del Protectorado norteafricano.

Y, por encima de todo –hágase el silencio- La Macarena. La inusitada belleza de esa imagen que la luce entre las velas, altas y espigadas. Con el dolor profundo en su rostro y la ternura en su gesto. Realeza y sencillez en su porte. Las imágenes de las distintas advocaciones de la Virgen son, como dice un conocido autor de espiritualidad, diferentes fotografías de la misma Madre. Y la Macarena es una de las más bellas, de la que uno puede decir “me gusta ésta”. La Macarena le da a Sevilla un plus. Algo más. Mucho más. Y se vive... y se siente... cuando sale a la calle paseada en la Semana Santa. Bendita Sevilla, pena la distancia.

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domingo, 12 de junio de 2016



EL QUIJOTE: ESA JOYA LITERARIA AL ALCANCE DE LA MANO

Leí el Quijote en mi tiempo de bachillerato. O sea antes de los 16 años. Y recuerdo todavía el impacto que me causó. Mi lectura de un ejemplar voluminoso fue completa. Me divertí. Reí y me sonreí en multitud de escenas. Y viví intensamente las aventuras del Ingenioso HIdalgo y su escudero Sancho. Siendo niño, mi padre nos contaba a veces, escenas del Quijote que le habían llamado la atención por su humor. Y nos las relataba, añadiendo él su facilidad para construir historias hilarantes. Eso excitó ya mi curiosidad por leer ese libro. Poco después, al hacer el Preuniversitario, nos correspondió una asignatura temática de "Cervantes y el Quijote". Ello me llevó a una nueva lectura, más detenida y crítica, y a entrar en los recovecos literarios de esa obra. Y a leer otros libros del autor. 



El Quijote de la serie de TVE de 1979

Es el año del "Quijote" y se suceden las celebraciones. La obra inmensa, de ese genio llamado Cervantes, que todos deberíamos haber leído ya. Porque el Quijote asombra cada vez que se vuelve a pasar por sus páginas. Lo tiene todo como joya literaria. Y es penoso que cada vez sea mayor el número de personas que dicen no haberlo leído o, lo que es peor, que lo califiquen de pesado o aburrido. En tiempos, como los nuestros, en que se lee menos de día en día y en los que muchos se cansan al llegar a la tercera página de un texto, es comprensible que asuste la obra cervantina. Pero es cultura en su máximo exponente. Y la cultura siempre debe buscarse para aumentar el acervo personal de cada uno.

En la época de la tecnología más avanzada que han conocido los siglos, la cultura parece irse quedando rezagada. Minusvalorada. Y así nos va y así se observa en las generaciones actuales. Cultura y valores suelen ir bastante de la mano. Y ambos están en descenso evidente. Crecen los instrumentos técnicos para tener información, para saber cosas, para conocer el presente y el pasado. Pero resulta sorprendente el uso que hacemos de ellos. Los libros impresos parecen quemar en manos de muchos y los digitales, se archivan sin más. Y las librerías de "usados" crecen al hilo de la venta de bibliotecas enteras de domicilios particulares. Pero el futuro siempre permite al ser humano rectificar, cambiar el rumbo, mutar las tendencias. Por eso y pese a todo, quiero ser optimista y soñar con que mucha gente leerá el Quijote. Se recobrará el hábito de la lectura, tan necesario además para la formación de los jóvenes. Se leerán libros. Que el libro, como expresión del conocimiento, de la realidad humana o de la ficción, será de nuevo respetado y reverenciado.

Si no has leído mis últimas novelas: "EL REFUGIO DE LOS SIGLOS" Y "KATEDIÓN"  o el libro sobre Ribadeo en los años veinte y treinta, "TRAS SUS HUELLAS" y te interesa alguno de ellos basta con pincha aquí o en este otro enlace  pincha aquí


jueves, 2 de junio de 2016

QUIEN TIENE UN AMIGO TIENE...
Un tesoro, solemos decir. La amistad. Una forma de vivir el amor con el cariño y el afecto hacia otros. Gracias hemos de dar a Dios por esa capacidad humana de expandir el corazón hacia otros. Hacia los amigos y las amigas. Hay amigos íntimos, simplemente amigos y conocidos. Son categorías distintas. Los primeros suelen ser pocos. A veces surgieron en nuestros años de infancia y colegio. O en los años intensos, en lo sentimental, de la adolescencia. Y con frecuencia, ya en la vida universitaria, profesional o laboral. Incluso, entre los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos. Cada uno tiene su historia personal en este terreno de las amistades.




En mi caso, algunos de los amigos íntimos proceden de esos tiempos de estudios. Años del bachillerato. Conectamos desde el principio, sin reservas, con lealtades. Vivimos juntos mil experiencias y situaciones. Crecimos. La vida nos llevó por diferentes caminos. Pero con nuestra amistad siempre viva. Luminosa y palpitante. O creciente. Con visos de plenitud total. Esta amistad que lleva a identificarse siempre con las alegrías del amigo y sentir con él sus penas. A desearles en todo tiempo lo mejor. Y a ser felices en los momentos de encuentro. Hay otros, también, surgidos más tarde en el devenir de nuestro caminar, que nos llevan a la misma situación.

Y luego están los amigos. Los de toda la vida, los encontrados en diversos recodos del camino, chicos y chicas, desde nuestros primeros años hasta ahora. Amigos que se encuentran y que se pierden. Y se reencuentran. Quizás porque nunca dejaron de serlo. O porque no nos percatamos, en su momento, de que lo eran. Es bonito poder comprobar, con el paso de los años, que nos rodean muchos amigos y amigas. Que recuperamos otros que las nubes del tiempo habían ocultado. Es hermoso sentir que caminamos por la existencia bien acompañados. Aunque haya distancias, muchas veces, entre nosotros. Y es reconfortante, también, ver surgir conocidos en nuestro camino. Gentes que distinguimos entre la masa de caras anónimas. Que saludamos. Y ahora, además, con los que nos comunicamos por whatsapp y las redes sociales. Por eso, quien tiene un amigo tiene un tesoro.

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sábado, 28 de mayo de 2016

LAS SONRISAS DE LA LUNA
(Sólo apto para sentimentales)

No se que tiene la luna que a todos nos enamora. Con su rostro de perlas nacaradas. Con su sonrisa infinita. Me encanta ver a la luna cuando sale de paseo por las honduras del cielo. Cuando las nubes se apartan y le hacen un hueco para que se luzca. Para que presuma. O cuando, en noches de cielo raso, muestra su cara al completo. En noches de luna llena o de crecientes... o de menguantes, siempre está hermosa. A veces voy a buscarla y esa noche no viene, esquiva ella. ¡La he visto en tantos sitios...!

A la luna le gustan los mares. Son sus amores. Y las playas de dulces arenas sobre las que deja posar, con suavidad, sus rayos. Le gusta mirarse en el espejo de las aguas para acicalarse mejor y aclarar su sonrisa. Por eso conquista al mar y a los arenales que se quedan pasmados y embelesados. Más aun, en las noches de verano en las que la brisa amaina y huele a flores de mil fragancias. A veces se pone juguetona. Va y viene escondiéndose tras la nube que le sirve de abanico. La luna tiene colores. Unas veces  blanca como la nieve y otras una bola de luz amarillenta. Siempre brillante.




Ella me ha embobado mil veces. Como aquella noche por las carreteras castellanas en largo viaje. O aquella otra en la playa levantina, sentado en la arena, viéndola surgir de los mares y elevarse como un inmenso globo de luces cálidas. Y tonos rojizos. No le va a la zaga, aquella luna sobre la ría, encima  de la orilla asturiana, arrancando destellos de las aguas rizadas por el nordeste. O la que contemplé, mientras conversábamos, desde las rocas de aquel faro. Luna que casi besaba las aguas, tan baja que estaba. Es seductora, por naturaleza, y gusta de hacer sufrir a los hombres con sus promesas y sus ausencias. Y le encanta, y hasta se enternece, cuando ve una pareja de enamorados sentados en cualquier banco o contemplando el mar y hundiendo sus miradas en sus honduras lejanas...en su futuro anhelado. Parece, entonces, que los envidia.

Luna que te admiro tanto y que te cruzas en mi camino. Quédate hoy a mi lado y te contaré mi vida. Te hablaré poco de penas y más de alegrías. Y si tu me escuchas, sembraré rumores de nuestros amores y de tus conquistas.

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martes, 24 de mayo de 2016

PALMERAS QUE ALEGRAN EL ALMA

Cuando las veo, cuando las recuerdo. Me traen siempre alegría en cualquier lugar que las encuentre. ¿Qué tendrán las palmeras? A mi me trasladan inconscientemente en el tiempo y el espacio, mientras las admiro en el presente. Me evocan siempre sabor mediterráneo. Aunque las observe en Galicia en donde abundan en muchos lugares. De aquellos mares y aquellas tierras. Cálidas. De aguas azulonas y olas mansas. Aunque a veces se ponen bravas y compiten con las del Cantábrico. Y me trasladan -las palmeras- a las playas del Postiguet, de San Juan, del Saler, de la Malvarrosa. Y a  muchos paseos andaluces. Y por otro lado, están las obras de arte en vegetales. Es el caso del Huerto del Cura de Elche. El de esta fotografía. Los palmerales de Elche atrapan la vista que sorprendida no sabe hacia donde mirar. Las flores se entremezclan entre ellas y visten la base de sus tallos, dotando de elegancia al paisaje. .




Palmeral del Huerto del Cura, Elche

Y luego están las palmeras de indianos. Es raro encontrar esas hermosas casas, construidas con el esfuerzo y el sudor de quienes emigraron a América, sin su palmera. El emigrante retornado, o el que vino lleno de nostalgias a revivir años ya idos, plantaba siempre alguna palmera. Era como poner un pedacito de su alma, representada por ese árbol, a la vera de su casa. Así no se marchaba del todo al regresar a Cuba o Argentina, a Uruguay o a Estados Unidos. Quedaba allí, junto a su mansión, la palmera como un recuerdo y un legado permanente.

Quizás por eso, o puede que por simple admiración de la palmera, mi padre plantó una junto a nuestra casa ribadense. La vi, siendo niño, chica y bajita. Creció a la par que nosotros, los chavales del barrio y yo. Se hizo esbelta y bien poblada de ramas. Ansiaba, sin duda, en esa poderosa juventud alcanzar la ventana de mi habitación. Y lo consiguió. La tenía al alcance de mis manos cuando llegó el tiempo de la marcha del hogar paterno. Mi madre, alicantina ella y de fuerte vitalismo levantino, se sentaba con frecuencia a su sombra. La palmera de casa prometía alcanzar el tejado del edificio y superarlo. Un buen día, los razonamientos de papá acerca de su excesiva proximidad a la casa y a su cimentación, firmaron su sentencia de muerte. Y la cortaron. El día que regresé y ya no estaba allí sentí un rasguño en el alma. Costó hacerse a la idea. Quizás, por eso también, adoro las palmeras. Y hasta viene, con frecuencia, a mis labios aquella canción escuchada en el Instituto de Alicante, por primera vez: ¡Las palmeras! Enganchando así con mis sentimientos más íntimos.

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martes, 10 de mayo de 2016

TIEMPOS DEL AUTOSTOP

A principios de los años sesenta, del pasado siglo XX, la moda de hacer autostop se extendió por todas partes. Las carreteras hispanas se llenaron de chicos que se lanzaban a la aventura de hacer kilómetros en coche ajeno. Y nosotros, en Ribadeo, no íbamos a ser menos. La primera vez –a la que corresponde esta fotografía de 1961- fue divertida, pero un fracaso absoluto. Era un espléndido día de agosto. Tres amigos decidimos sumarnos a esa corriente. Con aquellas bolsas tubulares que estuvieron de moda, colgadas al hombro, con la comida y bebida más bañador y toalla, salimos a la carretera. Previo fue el cruce en lancha de pasaje desde Ribadeo a Figueras. Luego caminata hasta Barres en cuyo trayecto ya no esperábamos cruzarnos más que algunos ciclistas. Y en Barres comenzaba la verdadera etapa. La conversación era animada, entre mis amigos -Félix y Villarino- y yo. Los kilómetros fueron cayendo, al igual que la solanera, y ni un turismo. Tan sólo un autobús del Alsa y un camión cargado de pinos. Creo que nada más.




Nuestro destino era Tapia de Casariego y su playa. El día invitaba al baño y a comer en la Xunqueira, junto al río Anguileiro que muere en la playa bordeando el campo de fútbol. Y así llegamos hasta allí, a golpe de nuestras pisadas. Casi siempre disfrutando de la totalidad de la carretera. El regreso, tras las preciosas horas pasadas en Tapia, fue idéntico. O sea nada de nada. Y haciendo camino al andar. Sólo nuestra juventud y el buen rollo –como se dice ahora- salvó la jornada. Pero, al año siguiente decidimos reincidir. La moda del autostop iba en aumento. Y obtuvimos premio en esa segunda ocasión.  Bien es cierto que Félix y yo nos tuvimos que tragar, a pie, la ida desde Figueras a Tapia. Pero al regreso, ¡por fin! ¡ooohhh viene un coche! gritamos mientras hacíamos la señal estándar con los dedos entumecidos de tanto esperar para dibujarla en el aire. Pero el caso es que funcionó.  Un jeep, conducido por un simpático individuo de la zona, nos paró y se ofreció a llevarnos hasta Barres. Subimos, más felices por el éxito de la misión que por ahorrarnos los kilómetros andando. Al fin y al cabo eran un buen ejercicio deportivo.

A los pocos minutos nos topamos con otro autoestopista en la carretera. Era un irlandés, de cara pecosa y blanco como la nieve, que con su enorme mochila subió al coche en que íbamos. Casi no cabíamos los tres y su equipaje en la parte trasera del coche. Nos apretamos. Chapurreando en nuestra lengua, originó un rato de divertida conversación entre los cuatro viajeros. En Barres, volvimos a caminar hasta Figueras. Terminaba así esa pequeña odisea de nuestro auto stop. Y con eso, ya habíamos cumplido con el rito del dedo pulgar en alto y su movimiento circular.


P.D. En la foto puede observarse el paso firme y pensativo de mi compañero, mi inesperada media vuelta que sorprendió al fotógrafo cuando enfocaba la escena y la larga recta que, como todo el trayecto, mostraba su vaciedad total de vehículos a motor... ¡y a todo!
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miércoles, 20 de abril de 2016

LA ABUELA MARÍA

He encontrado esta foto revolviendo papeles.  Ando en eso en los últimos tiempos. Descubriendo pequeños tesoros familiares. Me ha emocionado verla y verlos. Una tarde apacible en la casa paterna de aquellos años. La primitiva radio “Philips” o “Telefunken”. No lo recuerdo. Con su elevador-reductor de corriente. Foto, colgada en la pared, de la primera comunión. Y las novelas en la estantería. Mis primeras lecturas. Era la abuela María. Con su pañuelo negro en la cabeza y su vestido hábito del Carmen. A la vieja usanza de tantas abuelas de ese tiempo. Con su bondad infinita a cuestas. Y su cariño, tranquilo y sin estridencias.


María caminaba incesantemente. Cuando era joven y ya con ocho hijos, solía ir con mucha frecuencia hasta el Santuario de Villaselán. Allí rezaba y pedía por todos ellos. A dos de ellos los tenía lejos, pues se habían ido a trabajar a Madrid. Y una hija, emigrada en Argentina. Tiempos muy duros para sacar adelante a esa prole. De madre de familia a tope, mientras el abuelo se dejaba sus fuerzas en su trabajo, al que añadía el cultivo y cuidado de su huerta. María rezaba rosarios en esas caminatas. Su vida, como un rosal, cuajada de rosas y espinas. Una enfermedad cruel, en aquellos años, se llevó por delante a dos hijas y un hijo. En plena juventud. Eran los años treinta. Y el mayor falleció pronto. En el tiempo de esa foto le quedaban cuatro hijos. Y ella seguía, con lluvia o con sol, con viento o heladas, caminando hasta Villaselán. Puede que desde allí tendiese la vista hacia el mar próximo  buscando a sus hijos en la distancia. O quizás, hacia los campos que llevan la vista hacia el Mondigo.


La abuela María nos quería, como saben querer los abuelos a sus nietos. Con la felicidad emanando de sus ojos al estar con nosotros. Su regalo solía ser un sencillo caramelo. Y siempre una comedida sonrisa tras la que se adivinaba mucha ternura y mucho amor. La vida nos permitió estar poco tiempo juntos. Tan sólo ocho años. Pero al ver la foto ahora, adivino su felicidad y su paz esa tarde. Con el sol entrando por la galería de esa estancia de la casa. Y me emociona la mirada hacia ella de mi padre. Y el recuerdo de esos años, finales de mi bachillerato, con la vista tendida en un futuro desconocido y plagado de ilusiones juveniles. Esa era mi abuela María.
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martes, 12 de abril de 2016


AQUELLA TARDE EN EL RÍO

“¿No oyes?... es el río que pide silencio para reinar él solo en la tarde fresca de la primavera... ¡Es el río egoísta! “  (De “Viento del Nordeste” Manuel D. Aledo, 1966)

Serían las cinco de la tarde de un apacible día de verano. Allí estaba el río. O más bien, nosotros estábamos en el río. Navegando en una barca. En mi barca. Quedaba atrás su desembocadura en la ría. Que ya no se veía. Un par de meandros nos separaban de ese punto del abrazo de las aguas. El ruido del motor, a marcha corta, no lograba silenciar los cantos de los pájaros en las orillas. Ora pinos colgados sobre el agua, ora prados o bosquecillos de castaños y abedules. Una estela alba marcaba las huellas de nuestro paso. Mil brillos delante de nosotros salpicaban las aguas. Subíamos...



Un caballo trotaba alborotado por la sorpresa de nuestro paso. Un pequeño embarcadero de madera, junto a una casa, permitía el juego y el baño de un par de chiquillos. Y el humo que salía, en medio de la tarde, de una casita acostada sobre una ladera. Campos de maíz y más pradera. Vueltas y vueltas del río que se iba estrechando. Bendita tarde plagada de sentimientos. Otra vez ese recorrido náutico, camino del pueblo. Allá lejos, aguas arriba. Con sus casitas y su iglesia, Con su puente para unir ambas riberas. Con el bar y el merendero  pegado al río. Otra vez, ese bello rincón dónde el mundo ya no existe y se callan todas sus voces. Allí le llamamos zalea a  esta excursión marinera. El río seguía hacia arriba, buscando montañas y valles...

Apenas hablamos entre nosotros para no romper el hechizo y el encanto del momento. La barca amarrada a un árbol. Bajamos a tierra. Más paz. Más silencios. Unos patos divirtiéndose. Y el ruido del agua al pasar bajo el puente. Soñamos despiertos, bebiendo a sorbos la quietud y la hermosura de la naturaleza. La tarde se iba yendo, poco a poco. Y el sol  se escondió tras una montaña. El cielo perdiendo azules lentamente. Un poco de brisa y de fresco. La hora del regreso, tras la merienda campestre. La barca, de nuevo, en marcha, proa al final del río, a su desembocadura. La popa al pueblecito de Abres. Y no nos decimos adiós. Eso jamás. No es posible hacerlo. Como enamorados. Volveremos.

lunes, 4 de abril de 2016

MIS ROMERÍAS EN AQUEL MONTE

Santa Cruz tache no alto, Ribadeo no baixiño... Fueron varias las veces en que subí al monte de romería y bajé cantando eso. Allí le llamamos la Gira o la Xira. Monte, en mi infancia de pinos y eucaliptos en ligera pendiente. Entonces de hierba y mucho matorral. Pero con paisajes limpios y despejados rodeando a la ermita. La que lo corona y le da nombre y sabor. Al lado, la vecindad de una primitiva cruz visible desde abajo. Años más tarde, otras plantaciones y monte más despejado. Caminos que penetraban al interior, hacia sus entrañas, cuesta arriba. Paseo sano batido por la brisa y los vientos del nordés. Y de todos los vientos. A Santa Cruz me llevaron, recién llegado a esas tierras a lomos de caballo. Aventura infantil inolvidable. Después, algunos años de alegres comidas familiares el día de la fiesta. Empanada, pulpo y tarta de almendra al estilo ribadense. Con aquellos diseños de una serpiente adornada, enrollada en el envase. Gaitas mañaneras de alegres despertares. Recuerdo siempre las notas felices de Ponteareas.

Más tarde, en esa independencia que se anhelaba desde los quince años y se lograba poco después, subí algunos veces con mi pandilla de amigos. Era una prolongación de aquellos veranos de estudiante, despreocupados, plenos de vitalidad y diversión. Con pocas vituallas para comer y algunas botas  de vino tinto. Y a veces, una guitarra y la buena voz de Maximino que contagiaba al grupo. Y las bromas, las risas y las chanzas sin fin.Tras el xantar, caían algunos en la modorra vespertina, más a causa del tintorro que de la exigua comida de un grupo de chavales. Con frecuencia, encontrábamos arriba amigas o conocidas y nuestro grupo se partía entre los que dormían apoyados en un pino y los que le daban a la muiñeira. Alrededor, familias y grupos de amigos en alegre camaradería que llevaba a compartir, en ocasiones, postres y bebidas. Y hasta el café. Sentados sobre la hierba fresca o deambulando por entre la arboleda y los cuatro puestos de bares o de tiro a las cintas y palillos. Un poco más abajo, la ermita abierta ese día para visitarla. Y los clásicos concursos y bailes del folklore gallego. Omito los años de lluvias por sorpresa y huida en desbandada.

Monte de Santa Cruz en 1966

Suelo subir, con frecuencia, a ese monte. Forma parte de mis raíces desde aquella primera subida a caballo. Y vienen mil recuerdos de las Xiras de Santa Cruz. Y de muchas excursiones posteriores con mis hijos. A explorar el monte. Y eran felices con las  historias que allí les contaba y que vivían ansiosamente. Como las que mi padre me narraba a mí, de pequeño, en aquella casita de Melilla, a más de mil kilómetros de distancia, de un monte boscoso que yo no había conocido todavía y que imaginaba era la selva. No miento si digo que adoro el monte y la ermita de Santa Cruz. Incluida la más moderna cruz de luz que allí se construyó, a la que mi hija trepaba, hasta arriba antes de que me diese cuenta. Con una imagen de la Virgen en su base a la que suelo rezar algo y saludar en mi camino.