viernes, 2 de junio de 2017

NUESTROS INDIANOS…MIS INDIANOS

Se acerca la fecha del Ribadeo Indiano. Las calles se llenarán de alegría y trajes elegantes. El blanco y los cremas suaves lo inundarán todo. Y las pamelas y sombreros lucidos por rostros hermosos. Rebobinaremos, entonces,  el tiempo. Y traeremos del pasado la parte bella de la emigración. Los paseos y la exhibición. Vienen a mi mente aquellos días que no vimos, pero de los que oímos contar. Todos, en esta tierra, tenemos indianos. Abuelos y tatarabuelos que salieron en busca de fortuna. Tratando de salir de las penurias de pueblos y aldeas con escaso futuro. Entonces, uno tras otro, los hermanos, seguían el rastro del pionero. Del que abrió camino. Y en un atardecer cualquiera, sentados sobre sus baúles y maletas, en el puerto de Vigo o de Coruña, esperaban. Horas lentas y miradas tristes. Con la nostalgia ya atenazando sus corazones. Hablando poco en medio de sus despedidas. Tardes de buques zarpando hacia muy lejos. De lágrimas y pañuelos blancos al aire. De adioses… ilusionados si… pero adioses…

Luego sus cartas, con aquella escritura renqueante. A golpe de pluma y palillero. De tinta y de tintero. En sus misivas contaban sus trabajos y sus infinitas horas. Fueron esforzados trabajadores y sobrios hasta lo indecible para ahorrar. Para llevar con ellos a su familia. Algunos hicieron grandes fortunas y pequeños imperios. El talento también contaba. Y desde allí ayudaron a hacer escuelas, hospitales, capillas en sus lugares de origen. Otros vivieron bien y se hicieron distinguidos hombres y mujeres en los centros gallegos de Sudamérica. Otros muchos regresaron al cabo de un tiempo tan pobres como se fueron. Pero con el pelo gris y más callos en sus manos.


Mis indianos siguieron ese patrón común a toda la emigración americana. Hermanos de mis abuelos. Unos ya no volvieron y allí se quedaron para siempre. En Buenos Aires y Mendoza. Con sus veranos en Punta del Este y sus paseos, de ropas blancas y cremas, pamelas y sombreros, por sus calles. Mi abuelo y algún otro hermano, volvieron pronto. La morriña, la llamada del terruño tiraba de ellos, les empujaba a coger el barco de regreso. Y ya no luchaban. Se volvían acá.  A su Galicia natal. Y contaron a sus hijos y a sus nietos, al calor de las lareiras, su aventura americana. La gran riqueza de aquellos países. Y cómo volvieron en aquellos trasatlánticos, en camarotes y en hamacas en cubierta. Esperando ver en el horizonte, las tierras grises y verdosas de su país natal. Y como ellos, a buen seguro, tus indianos… nuestros indianos. Hacemos bien en honrar su memoria en esa fiesta, de nuevo cuño, del Ribadeo Indiano.

lunes, 30 de enero de 2017

PUBLICACIÓN DE MI NUEVA NOVELA "ENTRE LAS CUATRO ESQUINAS DEL TIEMPO"

En las pasadas Navidades se publicó mi nueva novela, titulada ENTRE LAS CUATRO ESQUINAS DEL TIEMPO. Para resumir el argumento de esta obra de ficción copio el extracto que figura en la contraportada del libro:

"En noviembre de 1942 el capitán Friedrich Zimmermann del ejército alemán que, junto a ocho de sus hombres, había descubierto un importante tesoro tras un bombardeo aliado sobre una aldea árabe en la que estaban refugiados, huye de El Alamein en medio de la debacle final. Lo hace en una avioneta pilotada por Julián Crespo, español, llevando con él el tesoro encontrado. Tras aterrizar en Melilla, desaparece sin dejar rastro. Años más tarde, en 1965, tres jóvenes residentes en Alicante -Jaime, Carla y Fede- encuentran unos misteriosos cuadernos escritos  por el piloto Julián. En ellos describe ese vuelo de huida del desertor nazi y la súbita desaparición de éste. También la forma tan impactante con la que le pagó ese viaje. Jaime, periodista y escritor, Carla, locutora de una emisora de radio local, y su amigo Fede, se lanzan a la aventura de investigar esa historia que ha caído en sus manos. Esto le sllevará a viajar, desde la ciudad de Alicante, a Melilla, algunas ciudades alemanas, Atenas y la isla de Creta. Al mismo tiempo, se va fraguando la aventura amorosa de Jaime y Carla. Después de una larga y enrevesada búsqueda, van descubriendo todos los entresijos de aquella historia del capitán Friedrich y del tesoro, de valor incalculable, que había aflorado en las paredes de una casucha en una aldea árabe."

La novela está ya disponible en AMAZON y en la cadena de librerías TROA, en diversas ciudades españolas. Igualmente se puede adquirir en la Librería Vivín, de Ribadeo (Lugo).


viernes, 23 de septiembre de 2016

LA PLAYA EN SETIEMBRE

Hoy, en mi caminata matinal por el Paseo Marítimo, me detuve mirando al mar. Y a la playa. Extasiado. Hermosa como sólo ella sabe presentarse, cuando le place, en setiembre. Las arenas brillando bajo un sol espléndido. El mar en calma y sosiego. Unas escuetas ondas levantándose y rompiendo junto a la orilla. Dejando un rosario blanco extendido a lo largo, con su espuma. Un azul claro, en las aguas, que se mutaba en oscuro unos cien metros más allá. Y el horizonte envuelto en una tenue neblina. ¡Espléndida vista! Para quedarse allí toda la mañana. Me vino a la mente y a mis labios la letra y la música de una antigua canción sesentera. Cantada entonces por Marie Laforet.  Comenzaba así:

"Cuando la playa se inundó de luz y sol
y cuando el mar con su rumor habló de amor
Cuando soñaba en el azul
 fue realidad, a este soñar, llegaste tú."

Para terminar:

"Cuando en la playa brille nuevamente el sol
ahí estaré y junto al mar recordaré.
Evocaré la inmensidad de nuestro amor
que me brindó felicidad..."



Siempre he ligado esta canción a estos días soleados y bellos de setiembre. Apacibles y serenos. En todos aquellos lugares de la costa en los que muchos vivimos (¡afortunados sin duda!). Proseguí mi camino, mirando de continuo a mi costado, a las arenas casi desiertas y las aguas cercanas. Vestidas de gala. A tiro de piedra. Esperando que mañana y otros muchos días de setiembre sigan desfilando ante mi vista, ante vuestra vista. Y para seguir tarareando esta canción.




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sábado, 3 de septiembre de 2016

ANOCHECIENDO

¿Qué tiene la noche que la hace tan voluble? Unas veces bella y hermosa; otras fea y poco arreglada. Tan variable en su aspecto, en su vestimenta. Me suelen gustar las noches, pero no todas. Hay unas de luna y estrellas a puñados que emboban, que prenden los ojos allá arriba. Y nos quedamos así, intentando abarcarlas todas. Otras, en cambio, oscuras, con las nubes ocultando el rostro de nácar de la luna, caprichosa ella, que no quiere salir en esas ocasiones a lucir sus galas. Están esas otras en las que las luces de un muelle o las urbanas caen sobre las aguas y las pintan de amarillos, rojos, verdes. Y luego, esas  de invierno duro. En las que el viento golpea la fachada de las casas y sus ventanas llamando con fuerza. O bramando y soltando chaparrones, cuando no un arsenal de rayos y truenos. Las noches, así de caprichosas.

  Anocheciendo en las rúas

Los anocheceres, en cambio, me suelen entusiasmar siempre. Es cuestión de sensibilidad. De caminar por la vida con los ojos bien abiertos. Por ejemplo, el de la foto adjunta. Cuando las luces de las farolas soban y limpian las calles, tiñéndolas de tonos amarillos y blancos. Y nos vamos retirando a nuestros hogares, dejando las calles solitarias para que gocen ellas. Recuerdo anocheceres... muchos. Incontables. Los del Mediterráneo levantino, con una luna inmensa, amarilla, saliendo de entre las aguas. O los de mi ciudad coruñesa, desde el Paseo Marítimo, mirando a lo lejos como el sol agoniza y suelta ríos rojizos. O los del Faro de Ribadeo, desde el banco solitario, perdiendo la vista en el horizonte grisáceo. Tantos anocheceres que suscitan sentimientos de admiración o de recuerdos; de alegrías o de tristezas; de agradecimiento profundo al Creador por su hermosura, 

lunes, 22 de agosto de 2016

LA SONRISA DE LOS NIÑOS


Su valor no tiene límites. Ver la ingenuidad y la sencillez de la sonrisa de un niño es algo grandioso. Como la naturaleza impoluta, libre de la acción de la mano del hombre. Sean nuestros niños o sean los ajenos, nos cautiva siempre. Y nos engancha. Es como esas florecillas que surgen junto a los caminos sin que nadie las cuide. Hermosas en su simplicidad y en su limpieza. Ambas -las flores y la sonrisa del niño- son obra de la mano divina. Pero... luego llegamos los hombres...




La fotografía de ese niño sirio, que ha recorrido el mundo de las comunicaciones y las redes sociales, es el mejor ejemplo de lo que he escrito. De la cruel y salvaje acción de los seres humanos. Capaces de destruir esas sonrisas infantiles y trocarlas por tristeza, miedo y fealdad. Así somos muchas veces. Y más aun en manada. Como los lobos. Duras palabras, sin duda, pero así son las cosas cuando nos alejamos del Creador y campamos por nuestros respetos. Con la maldad, con el egoísmo propio y, perdón por la expresión, por nuestra mala leche. Y así nos luce el pelo. La foto de ese pobre chiquillo, rescatado de un bombardeo en Siria, es profundamente expresiva. En vez de sonrisa, luce susto, asombro de los restos de escombros y de sangre que cubre sus ropas. Y su mirada, perdida, refleja bien a las claras el daño que se le ha causado. Como a tantos otros niños. Muchos de ellos, lejos de ambientes bélicos. Debería hacernos reflexionar a todos para rebobinar el camino que llevamos. Para volver a ser humanos de verdad. Para sacar a relucir los buenos sentimientos y pensar que la sonrisa de un niño, su alegría... valen más que todos los bienes del mundo. Que todos los conflictos personales o colectivos. Que todos nuestros deseos, caprichos y ambiciones. Pero para eso, hay que detenerse a pensarlo y mirar arriba... a lo más alto...

Si no has leído mis últimas novelas: "EL REFUGIO DE LOS SIGLOS" Y "KATEDIÓN"  o el libro sobre Ribadeo en los años veinte y treinta, "TRAS SUS HUELLAS" y te interesa alguno de ellos basta con pincha aquí o en este otro enlace  pincha aquí

jueves, 28 de julio de 2016

LA VIDA NOS SALE AL CAMINO

El tiempo va pasando y es un libro abierto para cada uno de nosotros. Que hay que saber leer e interpretar. "La vida sale al encuentro" era el título de un conocido libro allá por los sesenta. Pero es así. Ella nos va enseñando mil cosas. Entre ellas, a apreciar la amistad en todo lo que vale. Que es mucho. A separar el trigo de la paja. A comprender que unos, de los que giraban a nuestro alrededor cuando teníamos cargos o relevancia profesional o empresarial, vuelan en cuanto cesan esas circunstancias. Otros, en cambio, fieles y leales, de los que te acompañan de por vida. De los que te puedes fiar y a los que puedes querer al máximo. Amigos de verdad. Lección esta que los padres siempre tratan , antes de que sea el tiempo adecuado, de enseñar a sus hijos. Y experiencia universal.

La vida sale al camino para decirnos qué es y qué no es relevante, importante. En qué hay que volcarse y en qué no vale la pena. Arar el campo adecuado, el de la tierra fértil. No arañar peñascos y roquedales. Con frecuencia, lo estamos haciendo. La vida sale al encuentro para hacernos aprovechar el tiempo. Con la familia, con el trabajo, con los amigos, con los convecinos. La vida esa sabia y vieja amiga. Viene de largo y sabe latín. Nosotros no. Por eso, nos señala el norte y el sur. Dios por allá arriba y por aquí abajo. El trabajo y el ocio por este costado. La familia por el otro. Nos hace ver la importancia de escuchar a quienes nos rodean. De dar un buen consejo. De ayudar a su alma triste y su cuerpo rasgado o baqueteado. De esconder nuestro yo para volcarnos en el tu.

La vida nos sale al encuentro y lo mejor es recibirla. No esquivar su mirada y su palabra. Ni escapar con mil disculpas.Que las tenemos y las ponemos. Amigo, hoy te brindo mi experiencia personal. Si tu vida te sale al camino. Párate frente a ella, escúchala y abre bien los ojos y los oídos. Serás más feliz. Vivirás más alegre. Y reirás y gozarás con los tuyos, con tus amigos...con tus conocidos. ¡Hazme caso y verás!

Si no has leído mis últimas novelas: "EL REFUGIO DE LOS SIGLOS" Y "KATEDIÓN"  o el libro sobre Ribadeo en los años veinte y treinta, "TRAS SUS HUELLAS" y te interesa alguno de ellos basta con pincha aquí o en este otro enlace  pincha aquí

martes, 19 de julio de 2016


DÍAS DE FIESTA 

Ha entrado el verano con fuerza. Bastante sol y buenas temperaturas. Y ha comenzado el ciclo festivo gallego. El Carmen regó la costa de multitud de festejos de aires mariñeiros. Y las procesiones marítimas han recorrido puertos y rías, bajo una lluvia de banderitas y gallardetes en las embarcaciones y el sonar alegre de sus sirenas. Y siguen las fiestas. Romerías familiares a montes o playas, a aquella ermita perdida en lo alto o en medio de los arenales. Galicia es tierra de fiestas en las que lo religioso, lo gastronómico y la música se entremezclan y amalgaman. Son días, en muchos lugares, de gaitas y gaiteros. Pasacalles en un ir y venir por la calle principal del pueblo o por el parque. Conciertos en el palco de la música. Verbenas en el "campo da feira" o en la plaza mayor del lugar. La gaita es parte del alma gallega. Sin ella no sería lo mismo. A mi, desde niño, me eleva el ánimo y carga de sentimientos el corazón. Escuchar la "Alborada de Veiga", por ejemplo, es una buena forma de empezar a vivir la fiesta. Hace ya años, en mi etapa juvenil, escribí este breve pensamiento: "La música enxebre de la gaita, en lo alto del monte gallego, inunda mi alma de rugientes sensaciones, mezclando nostalgias con el renovar de viejas ilusiones nacidas a la sombra amable de los pinos verdes y olorosos."

Y , por otra parte, están los gigantes y cabezudos, en expresión popular española válida para todas partes. Luego viene ya la traducción lugareña de cada cual. En Ribadeo les llamamos "los Cocos". Salen a bailar y desfilar por las calles en días festivos. Y la chiquillada se reparte entre los más pequeños que lloran asustados ante el estruendo y los otros que ríen, corren, cogen caramelos y disfrutan acercándose a los gigantes  y a la tropa de cabezudos que suele acompañarles. Entre los que no suelen faltar personajes como el popular Popeye. Debo reconocer que también disfruté en mi infancia con las carreras, desfiles y persecuciones de estos descendientes de aquellos que desde hace siglos pasean por las fiestas españolas. 



Reproducción de los "Cocos" en San Roque (Ribadeo) 

Y volviendo a la gaita y a los grupos regionales, estamos a pocos días de una de esas romerías en el monte."La Xira de Santa Cruz y Día da Gaita" en el alto de ese nombre ribadense. Fiesta de largo recorrido, con amplia tradición de familias acudiendo a comer junto a la ermita de ese lugar y la sobria cruz que colocaron allí generaciones anteriores. Este año, además, va a tener para mí un significado especial dada mi participación en los actos previos en el Teatro de Ribadeo. Allí estaremos. Después, sonarán las gaitas, los tamboriles, el bombo, las panderetas y, en ocasiones, el acordeón por toda Galicia. Y en el monte de Santa Cruz. Desde donde se divisa una vista de la Mariña Lucense y el Occidente de Asturias, que lleva el sello y la huella del Creador...por su belleza.

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jueves, 30 de junio de 2016

SE HA QUEDADO SOLO EL BANCO DEL PARQUE

Tú te has ido a casa. Yo también. Con mi gente. Las horas de la tarde han pasado, lentamente, desgranadas una a una. Hemos hablado mucho. Varias horas sentados en ese banco. Mirando el bosque del parque y el río. Las aguas serenas y plateadas bajando lentamente ante nosotros. Como si nos reconocieran, diciendo adiós al correr hacia abajo. El sol se ha ido en busca de otras tierras. Una ligera neblina cubre ese rincón de vibrante naturaleza, ocultando ya su belleza.


Hemos repasado un largo tramo de nuestras vidas. ¿Te acuerdas cuando éramos niños y caminábamos juntos a nuestro colegio? ¿Y cuando crecimos y la juventud nos renovó por fuera y por dentro? Todos aquellos felices días en el pueblo. Luego nuestros caminos se separaron, se alejaron nuestras vidas. Transitamos mundos distintos. Acabamos los estudios, iniciamos nuestra etapa profesional. Nos casamos. Vinieron los hijos. Fueron creciendo. Tuvimos días de todos los colores. Azules y claros, de alegrías y triunfos. Rojos y anaranjados, de tristezas y penurias. Algunos blancos como la nieve, llenos de vida, rebosantes. Otros negros, de despedidas y de marchas eternas. Reímos y lloramos. Cantamos y bailamos. Fue la vida. Nuestras vidas.

Hoy, nos hemos reencontrado al cabo de bastantes años. Con la sorpresa inicial  al mirarnos ahora, al reconocernos plenamente. Al sentir que somos los mismos de entonces. Con la misma sintonía. Y hablamos mucho, nos contamos nuestras respectivas historias. Y las  de los nuestros. Los que queremos y llevamos en el alma. También de los amigos comunes. Los viejos compañeros de colegio. ¿Qué fue de ellos? nos fuimos preguntando. Y tratamos de componer el puzzle de sus vidas, de sus rostros. De ellos y de ellas. Amistades viejas de aquellos días en el pueblo. De aquellos veranos marineros y de playas. ¿Qué fue de ellos? Las horas de la tarde, en ese banco, se nos han quedado escasas. Escuetas como el cauce de ese hermoso río, testigo de nuestras confidencias. De hoy. Y de las de antaño. ¿Te acuerdas? Llego la hora del regreso a nuestras vidas. La de la despedida. Pero hicimos un propósito delante de ese banco, fiel y callado compañero. Que ya no pasarían años sin volver a vernos. Sin hablar de nuestras cosas. De hoy y de mañana. Las otras, las de ayer, ya las sabemos y las llevamos para siempre en el fondo de nuestras almas.

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miércoles, 22 de junio de 2016

SEVILLA Y LA MACARENA

Conocí Sevilla hace casi 25 años. Invitado a dar un curso de formación de auditores por los economistas sevillanos. Y bajo su inmenso sol y sus cielos límpidos, me enamoré de ella para siempre. La alegría de sus gentes, su vitalidad y la excelente acogida de unos buenos amigos y colegas, lo propició. Después, fueron muchas las ocasiones en las que he vuelto a esa ciudad amada y en la que, posiblemente, resucitan siempre mis vetas meridionales más profundas. Y siempre, al recorrer sus calles a la sombra de los naranjos y palmeras, al caminar entre bares y tascas, impregnadas del olorcillo de la variedad de tapas y frituras, mi ánimo se expande. Sevilla tiene alma que vibra y duende que engancha.


Todo es brillo y color en Sevilla. Y poesía. La que viene a los labios a poco que te metas en ambiente. Y la que salta a borbotones en la voz y la guitarra en multitud de rincones en los que late el flamenco. Me quedo con La Anselma en el corazón de Triana. En el que la gente se arremolina para captar mejor las voces y la letra de las coplas. Sevilla es inacabable al recorrerla a pie, calle a calle. No sé qué te engancha más, si la Torre del Oro o los Reales Alcázares, el parque de María Luisa o la Plaza de España, la coqueta Plaza de Toros, la Catedral...la Giralda. Debo a mis amigos sevillanos varios recorridos en coches de caballo en compañía de algunos colegas. Me hicieron recordar aquel primero que, siendo niño, hice con mis padres en Málaga camino de Galicia desde tierras del Protectorado norteafricano.

Y, por encima de todo –hágase el silencio- La Macarena. La inusitada belleza de esa imagen que la luce entre las velas, altas y espigadas. Con el dolor profundo en su rostro y la ternura en su gesto. Realeza y sencillez en su porte. Las imágenes de las distintas advocaciones de la Virgen son, como dice un conocido autor de espiritualidad, diferentes fotografías de la misma Madre. Y la Macarena es una de las más bellas, de la que uno puede decir “me gusta ésta”. La Macarena le da a Sevilla un plus. Algo más. Mucho más. Y se vive... y se siente... cuando sale a la calle paseada en la Semana Santa. Bendita Sevilla, pena la distancia.

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domingo, 12 de junio de 2016



EL QUIJOTE: ESA JOYA LITERARIA AL ALCANCE DE LA MANO

Leí el Quijote en mi tiempo de bachillerato. O sea antes de los 16 años. Y recuerdo todavía el impacto que me causó. Mi lectura de un ejemplar voluminoso fue completa. Me divertí. Reí y me sonreí en multitud de escenas. Y viví intensamente las aventuras del Ingenioso HIdalgo y su escudero Sancho. Siendo niño, mi padre nos contaba a veces, escenas del Quijote que le habían llamado la atención por su humor. Y nos las relataba, añadiendo él su facilidad para construir historias hilarantes. Eso excitó ya mi curiosidad por leer ese libro. Poco después, al hacer el Preuniversitario, nos correspondió una asignatura temática de "Cervantes y el Quijote". Ello me llevó a una nueva lectura, más detenida y crítica, y a entrar en los recovecos literarios de esa obra. Y a leer otros libros del autor. 



El Quijote de la serie de TVE de 1979

Es el año del "Quijote" y se suceden las celebraciones. La obra inmensa, de ese genio llamado Cervantes, que todos deberíamos haber leído ya. Porque el Quijote asombra cada vez que se vuelve a pasar por sus páginas. Lo tiene todo como joya literaria. Y es penoso que cada vez sea mayor el número de personas que dicen no haberlo leído o, lo que es peor, que lo califiquen de pesado o aburrido. En tiempos, como los nuestros, en que se lee menos de día en día y en los que muchos se cansan al llegar a la tercera página de un texto, es comprensible que asuste la obra cervantina. Pero es cultura en su máximo exponente. Y la cultura siempre debe buscarse para aumentar el acervo personal de cada uno.

En la época de la tecnología más avanzada que han conocido los siglos, la cultura parece irse quedando rezagada. Minusvalorada. Y así nos va y así se observa en las generaciones actuales. Cultura y valores suelen ir bastante de la mano. Y ambos están en descenso evidente. Crecen los instrumentos técnicos para tener información, para saber cosas, para conocer el presente y el pasado. Pero resulta sorprendente el uso que hacemos de ellos. Los libros impresos parecen quemar en manos de muchos y los digitales, se archivan sin más. Y las librerías de "usados" crecen al hilo de la venta de bibliotecas enteras de domicilios particulares. Pero el futuro siempre permite al ser humano rectificar, cambiar el rumbo, mutar las tendencias. Por eso y pese a todo, quiero ser optimista y soñar con que mucha gente leerá el Quijote. Se recobrará el hábito de la lectura, tan necesario además para la formación de los jóvenes. Se leerán libros. Que el libro, como expresión del conocimiento, de la realidad humana o de la ficción, será de nuevo respetado y reverenciado.

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jueves, 2 de junio de 2016

QUIEN TIENE UN AMIGO TIENE...
Un tesoro, solemos decir. La amistad. Una forma de vivir el amor con el cariño y el afecto hacia otros. Gracias hemos de dar a Dios por esa capacidad humana de expandir el corazón hacia otros. Hacia los amigos y las amigas. Hay amigos íntimos, simplemente amigos y conocidos. Son categorías distintas. Los primeros suelen ser pocos. A veces surgieron en nuestros años de infancia y colegio. O en los años intensos, en lo sentimental, de la adolescencia. Y con frecuencia, ya en la vida universitaria, profesional o laboral. Incluso, entre los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos. Cada uno tiene su historia personal en este terreno de las amistades.




En mi caso, algunos de los amigos íntimos proceden de esos tiempos de estudios. Años del bachillerato. Conectamos desde el principio, sin reservas, con lealtades. Vivimos juntos mil experiencias y situaciones. Crecimos. La vida nos llevó por diferentes caminos. Pero con nuestra amistad siempre viva. Luminosa y palpitante. O creciente. Con visos de plenitud total. Esta amistad que lleva a identificarse siempre con las alegrías del amigo y sentir con él sus penas. A desearles en todo tiempo lo mejor. Y a ser felices en los momentos de encuentro. Hay otros, también, surgidos más tarde en el devenir de nuestro caminar, que nos llevan a la misma situación.

Y luego están los amigos. Los de toda la vida, los encontrados en diversos recodos del camino, chicos y chicas, desde nuestros primeros años hasta ahora. Amigos que se encuentran y que se pierden. Y se reencuentran. Quizás porque nunca dejaron de serlo. O porque no nos percatamos, en su momento, de que lo eran. Es bonito poder comprobar, con el paso de los años, que nos rodean muchos amigos y amigas. Que recuperamos otros que las nubes del tiempo habían ocultado. Es hermoso sentir que caminamos por la existencia bien acompañados. Aunque haya distancias, muchas veces, entre nosotros. Y es reconfortante, también, ver surgir conocidos en nuestro camino. Gentes que distinguimos entre la masa de caras anónimas. Que saludamos. Y ahora, además, con los que nos comunicamos por whatsapp y las redes sociales. Por eso, quien tiene un amigo tiene un tesoro.

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sábado, 28 de mayo de 2016

LAS SONRISAS DE LA LUNA
(Sólo apto para sentimentales)

No se que tiene la luna que a todos nos enamora. Con su rostro de perlas nacaradas. Con su sonrisa infinita. Me encanta ver a la luna cuando sale de paseo por las honduras del cielo. Cuando las nubes se apartan y le hacen un hueco para que se luzca. Para que presuma. O cuando, en noches de cielo raso, muestra su cara al completo. En noches de luna llena o de crecientes... o de menguantes, siempre está hermosa. A veces voy a buscarla y esa noche no viene, esquiva ella. ¡La he visto en tantos sitios...!

A la luna le gustan los mares. Son sus amores. Y las playas de dulces arenas sobre las que deja posar, con suavidad, sus rayos. Le gusta mirarse en el espejo de las aguas para acicalarse mejor y aclarar su sonrisa. Por eso conquista al mar y a los arenales que se quedan pasmados y embelesados. Más aun, en las noches de verano en las que la brisa amaina y huele a flores de mil fragancias. A veces se pone juguetona. Va y viene escondiéndose tras la nube que le sirve de abanico. La luna tiene colores. Unas veces  blanca como la nieve y otras una bola de luz amarillenta. Siempre brillante.




Ella me ha embobado mil veces. Como aquella noche por las carreteras castellanas en largo viaje. O aquella otra en la playa levantina, sentado en la arena, viéndola surgir de los mares y elevarse como un inmenso globo de luces cálidas. Y tonos rojizos. No le va a la zaga, aquella luna sobre la ría, encima  de la orilla asturiana, arrancando destellos de las aguas rizadas por el nordeste. O la que contemplé, mientras conversábamos, desde las rocas de aquel faro. Luna que casi besaba las aguas, tan baja que estaba. Es seductora, por naturaleza, y gusta de hacer sufrir a los hombres con sus promesas y sus ausencias. Y le encanta, y hasta se enternece, cuando ve una pareja de enamorados sentados en cualquier banco o contemplando el mar y hundiendo sus miradas en sus honduras lejanas...en su futuro anhelado. Parece, entonces, que los envidia.

Luna que te admiro tanto y que te cruzas en mi camino. Quédate hoy a mi lado y te contaré mi vida. Te hablaré poco de penas y más de alegrías. Y si tu me escuchas, sembraré rumores de nuestros amores y de tus conquistas.

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martes, 24 de mayo de 2016

PALMERAS QUE ALEGRAN EL ALMA

Cuando las veo, cuando las recuerdo. Me traen siempre alegría en cualquier lugar que las encuentre. ¿Qué tendrán las palmeras? A mi me trasladan inconscientemente en el tiempo y el espacio, mientras las admiro en el presente. Me evocan siempre sabor mediterráneo. Aunque las observe en Galicia en donde abundan en muchos lugares. De aquellos mares y aquellas tierras. Cálidas. De aguas azulonas y olas mansas. Aunque a veces se ponen bravas y compiten con las del Cantábrico. Y me trasladan -las palmeras- a las playas del Postiguet, de San Juan, del Saler, de la Malvarrosa. Y a  muchos paseos andaluces. Y por otro lado, están las obras de arte en vegetales. Es el caso del Huerto del Cura de Elche. El de esta fotografía. Los palmerales de Elche atrapan la vista que sorprendida no sabe hacia donde mirar. Las flores se entremezclan entre ellas y visten la base de sus tallos, dotando de elegancia al paisaje. .




Palmeral del Huerto del Cura, Elche

Y luego están las palmeras de indianos. Es raro encontrar esas hermosas casas, construidas con el esfuerzo y el sudor de quienes emigraron a América, sin su palmera. El emigrante retornado, o el que vino lleno de nostalgias a revivir años ya idos, plantaba siempre alguna palmera. Era como poner un pedacito de su alma, representada por ese árbol, a la vera de su casa. Así no se marchaba del todo al regresar a Cuba o Argentina, a Uruguay o a Estados Unidos. Quedaba allí, junto a su mansión, la palmera como un recuerdo y un legado permanente.

Quizás por eso, o puede que por simple admiración de la palmera, mi padre plantó una junto a nuestra casa ribadense. La vi, siendo niño, chica y bajita. Creció a la par que nosotros, los chavales del barrio y yo. Se hizo esbelta y bien poblada de ramas. Ansiaba, sin duda, en esa poderosa juventud alcanzar la ventana de mi habitación. Y lo consiguió. La tenía al alcance de mis manos cuando llegó el tiempo de la marcha del hogar paterno. Mi madre, alicantina ella y de fuerte vitalismo levantino, se sentaba con frecuencia a su sombra. La palmera de casa prometía alcanzar el tejado del edificio y superarlo. Un buen día, los razonamientos de papá acerca de su excesiva proximidad a la casa y a su cimentación, firmaron su sentencia de muerte. Y la cortaron. El día que regresé y ya no estaba allí sentí un rasguño en el alma. Costó hacerse a la idea. Quizás, por eso también, adoro las palmeras. Y hasta viene, con frecuencia, a mis labios aquella canción escuchada en el Instituto de Alicante, por primera vez: ¡Las palmeras! Enganchando así con mis sentimientos más íntimos.

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martes, 10 de mayo de 2016

TIEMPOS DEL AUTOSTOP

A principios de los años sesenta, del pasado siglo XX, la moda de hacer autostop se extendió por todas partes. Las carreteras hispanas se llenaron de chicos que se lanzaban a la aventura de hacer kilómetros en coche ajeno. Y nosotros, en Ribadeo, no íbamos a ser menos. La primera vez –a la que corresponde esta fotografía de 1961- fue divertida, pero un fracaso absoluto. Era un espléndido día de agosto. Tres amigos decidimos sumarnos a esa corriente. Con aquellas bolsas tubulares que estuvieron de moda, colgadas al hombro, con la comida y bebida más bañador y toalla, salimos a la carretera. Previo fue el cruce en lancha de pasaje desde Ribadeo a Figueras. Luego caminata hasta Barres en cuyo trayecto ya no esperábamos cruzarnos más que algunos ciclistas. Y en Barres comenzaba la verdadera etapa. La conversación era animada, entre mis amigos -Félix y Villarino- y yo. Los kilómetros fueron cayendo, al igual que la solanera, y ni un turismo. Tan sólo un autobús del Alsa y un camión cargado de pinos. Creo que nada más.




Nuestro destino era Tapia de Casariego y su playa. El día invitaba al baño y a comer en la Xunqueira, junto al río Anguileiro que muere en la playa bordeando el campo de fútbol. Y así llegamos hasta allí, a golpe de nuestras pisadas. Casi siempre disfrutando de la totalidad de la carretera. El regreso, tras las preciosas horas pasadas en Tapia, fue idéntico. O sea nada de nada. Y haciendo camino al andar. Sólo nuestra juventud y el buen rollo –como se dice ahora- salvó la jornada. Pero, al año siguiente decidimos reincidir. La moda del autostop iba en aumento. Y obtuvimos premio en esa segunda ocasión.  Bien es cierto que Félix y yo nos tuvimos que tragar, a pie, la ida desde Figueras a Tapia. Pero al regreso, ¡por fin! ¡ooohhh viene un coche! gritamos mientras hacíamos la señal estándar con los dedos entumecidos de tanto esperar para dibujarla en el aire. Pero el caso es que funcionó.  Un jeep, conducido por un simpático individuo de la zona, nos paró y se ofreció a llevarnos hasta Barres. Subimos, más felices por el éxito de la misión que por ahorrarnos los kilómetros andando. Al fin y al cabo eran un buen ejercicio deportivo.

A los pocos minutos nos topamos con otro autoestopista en la carretera. Era un irlandés, de cara pecosa y blanco como la nieve, que con su enorme mochila subió al coche en que íbamos. Casi no cabíamos los tres y su equipaje en la parte trasera del coche. Nos apretamos. Chapurreando en nuestra lengua, originó un rato de divertida conversación entre los cuatro viajeros. En Barres, volvimos a caminar hasta Figueras. Terminaba así esa pequeña odisea de nuestro auto stop. Y con eso, ya habíamos cumplido con el rito del dedo pulgar en alto y su movimiento circular.


P.D. En la foto puede observarse el paso firme y pensativo de mi compañero, mi inesperada media vuelta que sorprendió al fotógrafo cuando enfocaba la escena y la larga recta que, como todo el trayecto, mostraba su vaciedad total de vehículos a motor... ¡y a todo!
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Si no has leído mis últimas novelas: "EL REFUGIO DE LOS SIGLOS" Y "KATEDIÓN"  o el libro sobre Ribadeo en los años veinte y treinta, "TRAS SUS HUELLAS" y te interesa alguno de ellos basta con pincha aquí o en este otro enlace  pincha aquí

miércoles, 20 de abril de 2016

LA ABUELA MARÍA

He encontrado esta foto revolviendo papeles.  Ando en eso en los últimos tiempos. Descubriendo pequeños tesoros familiares. Me ha emocionado verla y verlos. Una tarde apacible en la casa paterna de aquellos años. La primitiva radio “Philips” o “Telefunken”. No lo recuerdo. Con su elevador-reductor de corriente. Foto, colgada en la pared, de la primera comunión. Y las novelas en la estantería. Mis primeras lecturas. Era la abuela María. Con su pañuelo negro en la cabeza y su vestido hábito del Carmen. A la vieja usanza de tantas abuelas de ese tiempo. Con su bondad infinita a cuestas. Y su cariño, tranquilo y sin estridencias.


María caminaba incesantemente. Cuando era joven y ya con ocho hijos, solía ir con mucha frecuencia hasta el Santuario de Villaselán. Allí rezaba y pedía por todos ellos. A dos de ellos los tenía lejos, pues se habían ido a trabajar a Madrid. Y una hija, emigrada en Argentina. Tiempos muy duros para sacar adelante a esa prole. De madre de familia a tope, mientras el abuelo se dejaba sus fuerzas en su trabajo, al que añadía el cultivo y cuidado de su huerta. María rezaba rosarios en esas caminatas. Su vida, como un rosal, cuajada de rosas y espinas. Una enfermedad cruel, en aquellos años, se llevó por delante a dos hijas y un hijo. En plena juventud. Eran los años treinta. Y el mayor falleció pronto. En el tiempo de esa foto le quedaban cuatro hijos. Y ella seguía, con lluvia o con sol, con viento o heladas, caminando hasta Villaselán. Puede que desde allí tendiese la vista hacia el mar próximo  buscando a sus hijos en la distancia. O quizás, hacia los campos que llevan la vista hacia el Mondigo.


La abuela María nos quería, como saben querer los abuelos a sus nietos. Con la felicidad emanando de sus ojos al estar con nosotros. Su regalo solía ser un sencillo caramelo. Y siempre una comedida sonrisa tras la que se adivinaba mucha ternura y mucho amor. La vida nos permitió estar poco tiempo juntos. Tan sólo ocho años. Pero al ver la foto ahora, adivino su felicidad y su paz esa tarde. Con el sol entrando por la galería de esa estancia de la casa. Y me emociona la mirada hacia ella de mi padre. Y el recuerdo de esos años, finales de mi bachillerato, con la vista tendida en un futuro desconocido y plagado de ilusiones juveniles. Esa era mi abuela María.
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martes, 12 de abril de 2016


AQUELLA TARDE EN EL RÍO

“¿No oyes?... es el río que pide silencio para reinar él solo en la tarde fresca de la primavera... ¡Es el río egoísta! “  (De “Viento del Nordeste” Manuel D. Aledo, 1966)

Serían las cinco de la tarde de un apacible día de verano. Allí estaba el río. O más bien, nosotros estábamos en el río. Navegando en una barca. En mi barca. Quedaba atrás su desembocadura en la ría. Que ya no se veía. Un par de meandros nos separaban de ese punto del abrazo de las aguas. El ruido del motor, a marcha corta, no lograba silenciar los cantos de los pájaros en las orillas. Ora pinos colgados sobre el agua, ora prados o bosquecillos de castaños y abedules. Una estela alba marcaba las huellas de nuestro paso. Mil brillos delante de nosotros salpicaban las aguas. Subíamos...



Un caballo trotaba alborotado por la sorpresa de nuestro paso. Un pequeño embarcadero de madera, junto a una casa, permitía el juego y el baño de un par de chiquillos. Y el humo que salía, en medio de la tarde, de una casita acostada sobre una ladera. Campos de maíz y más pradera. Vueltas y vueltas del río que se iba estrechando. Bendita tarde plagada de sentimientos. Otra vez ese recorrido náutico, camino del pueblo. Allá lejos, aguas arriba. Con sus casitas y su iglesia, Con su puente para unir ambas riberas. Con el bar y el merendero  pegado al río. Otra vez, ese bello rincón dónde el mundo ya no existe y se callan todas sus voces. Allí le llamamos zalea a  esta excursión marinera. El río seguía hacia arriba, buscando montañas y valles...

Apenas hablamos entre nosotros para no romper el hechizo y el encanto del momento. La barca amarrada a un árbol. Bajamos a tierra. Más paz. Más silencios. Unos patos divirtiéndose. Y el ruido del agua al pasar bajo el puente. Soñamos despiertos, bebiendo a sorbos la quietud y la hermosura de la naturaleza. La tarde se iba yendo, poco a poco. Y el sol  se escondió tras una montaña. El cielo perdiendo azules lentamente. Un poco de brisa y de fresco. La hora del regreso, tras la merienda campestre. La barca, de nuevo, en marcha, proa al final del río, a su desembocadura. La popa al pueblecito de Abres. Y no nos decimos adiós. Eso jamás. No es posible hacerlo. Como enamorados. Volveremos.

lunes, 4 de abril de 2016

MIS ROMERÍAS EN AQUEL MONTE

Santa Cruz tache no alto, Ribadeo no baixiño... Fueron varias las veces en que subí al monte de romería y bajé cantando eso. Allí le llamamos la Gira o la Xira. Monte, en mi infancia de pinos y eucaliptos en ligera pendiente. Entonces de hierba y mucho matorral. Pero con paisajes limpios y despejados rodeando a la ermita. La que lo corona y le da nombre y sabor. Al lado, la vecindad de una primitiva cruz visible desde abajo. Años más tarde, otras plantaciones y monte más despejado. Caminos que penetraban al interior, hacia sus entrañas, cuesta arriba. Paseo sano batido por la brisa y los vientos del nordés. Y de todos los vientos. A Santa Cruz me llevaron, recién llegado a esas tierras a lomos de caballo. Aventura infantil inolvidable. Después, algunos años de alegres comidas familiares el día de la fiesta. Empanada, pulpo y tarta de almendra al estilo ribadense. Con aquellos diseños de una serpiente adornada, enrollada en el envase. Gaitas mañaneras de alegres despertares. Recuerdo siempre las notas felices de Ponteareas.

Más tarde, en esa independencia que se anhelaba desde los quince años y se lograba poco después, subí algunos veces con mi pandilla de amigos. Era una prolongación de aquellos veranos de estudiante, despreocupados, plenos de vitalidad y diversión. Con pocas vituallas para comer y algunas botas  de vino tinto. Y a veces, una guitarra y la buena voz de Maximino que contagiaba al grupo. Y las bromas, las risas y las chanzas sin fin.Tras el xantar, caían algunos en la modorra vespertina, más a causa del tintorro que de la exigua comida de un grupo de chavales. Con frecuencia, encontrábamos arriba amigas o conocidas y nuestro grupo se partía entre los que dormían apoyados en un pino y los que le daban a la muiñeira. Alrededor, familias y grupos de amigos en alegre camaradería que llevaba a compartir, en ocasiones, postres y bebidas. Y hasta el café. Sentados sobre la hierba fresca o deambulando por entre la arboleda y los cuatro puestos de bares o de tiro a las cintas y palillos. Un poco más abajo, la ermita abierta ese día para visitarla. Y los clásicos concursos y bailes del folklore gallego. Omito los años de lluvias por sorpresa y huida en desbandada.

Monte de Santa Cruz en 1966

Suelo subir, con frecuencia, a ese monte. Forma parte de mis raíces desde aquella primera subida a caballo. Y vienen mil recuerdos de las Xiras de Santa Cruz. Y de muchas excursiones posteriores con mis hijos. A explorar el monte. Y eran felices con las  historias que allí les contaba y que vivían ansiosamente. Como las que mi padre me narraba a mí, de pequeño, en aquella casita de Melilla, a más de mil kilómetros de distancia, de un monte boscoso que yo no había conocido todavía y que imaginaba era la selva. No miento si digo que adoro el monte y la ermita de Santa Cruz. Incluida la más moderna cruz de luz que allí se construyó, a la que mi hija trepaba, hasta arriba antes de que me diese cuenta. Con una imagen de la Virgen en su base a la que suelo rezar algo y saludar en mi camino.

martes, 8 de marzo de 2016

MAS ALLÁ DE MIS VENTANAS... ENTONCES

Todos tenemos varios mundos en nuestros horizontes. Cambiantes a lo largo de la vida. Cuando era niño tenía tres, más allá de mis ventanas. Y los veía. Y los soñaba. Uno, el más visible e inmediato. Mis padres, mi hermana Loles, el patio de mi casa, la casa de las Granxeiras, las voces e improperios de mi vecino Suso de Mon tirando de sus bueyes que araban sus tierras, mi bicicleta y los interminables paseos, la huerta y  la pequeña granja de gallinas de mi tío Salvador de la que recogía  a diario una cesta de huevos, mis horas de estudio y de juegos...


Atravesando el bosquecillo del Jardín

Mi segundo mundo estaba algo más allá. Tras el recodo del camino de mi casa, en el Jardín.Tras los Canapés, la tienda de la señora Carmen y el señor Manuel, pasada la arboleda amplia hasta llegar al pueblo. Ahí comenzaba ese mundo. La carretera general que saciaba mi curiosidad con los escasos camiones y coches que circulaban por ella, el paso diario del tren minero de Villaodrid con sus barreras -arriba y abajo- las calles del pueblo con su centro en las Cuatro Calles, el Cantón y el Campo... Mi colegio, sus profesores, mis compañeros y compañeras de curso. Sus muchas horas de clases, de recreos, de exámenes, de charlas intrascendentes con los amigos, que semejaban ser serias. Los chavales de los otros cursos. Las niñas que veíamos o imaginábamos en nuestra incipiente juventud. Y los domingos de partido en el Estadio Municipal... Y los días de fiesta...

Y mi tercer mundo... Más íntimo, más personal, más oculto a las miradas ajenas. Ese, unas veces real, otras puramente imaginario. Siempre con la mochila llena de tantas experiencias infantiles de mi vida anterior en Valencia, Alicante, Melilla... El de los pensamientos echados a volar y el de las miradas hacia el lejano horizonte del Cantábrico. Y el de mis conversaciones con un amigo en nuestras horas de estudio en común y en las de juego, con una pelota, una baraja de naipes o las raquetas de ping pong, con la merienda por medio. Con la mirada tendida hacia la montaña del futuro. Ese tiempo, también, de aquellos abultados envíos de correos que me llegaban de diversas embajadas. Que me mostraban con sus mapas y sus folletos todo un universo lejano y atractivo. Tiempo de muchas horas nocturnas de radio. De mi participación en el Club de oyentes de "La Voz de Madrid". Y el mundo de la literatura. De cientos de horas, diurnas y nocturnas, devorando libros. De muchos ratos emborronando papeles con inicios de escritos y multitud de poesías impregnadas de sentimientos... Mi tercer mundo... ese que con el paso de los años, en parte se fue alejando, y en otra se fue convirtiendo en realidad, pasando ya a ser el primero.

viernes, 18 de diciembre de 2015

NUESTRO BANCO MIRANDO HORIZONTES

Están de moda los bancos mirando al mar. Los hay ya en muchos lugares. Jóvenes y vetustos. Éste, el de la foto, es relativamente joven. Pero el sitio en que está es casi eterno. Ese mar, ese cielo, esa costa, esas nubes y vientos... parecen venir desde la creación. Es tanta su belleza. Éste es nuestro banco. Mirando al norte. Suelo venir a visitarlo con frecuencia. Siempre que puedo. Como tanta gente que pasa por aquí. Pero, para mi, ofrece mucho más. Me da mucho. ¡Este lugar! ¡tantos recuerdos! De personas, de sucesos, de vivencias, de amor y cariño... 


         
Banco junto al Faro de Illa Pancha (Fotografía de Francisco Javier Peña Monjardín)

Días aquellos de comidas y descanso. Entre horas y horas  de pesca con mi padre. Era niño y subía y bajaba feliz por esas rocas. Junto a la vieja caseta de los guardia civiles que aquí había. Y, años más tarde, reviviendo esas escenas con mis hijos. Y días de simple contemplación del paisaje. Embebido en la nada, mirando al mar. Allí, junto a ese banco, siempre me vienen las notas y la letra de aquella cancíón. La que oía en mi niñez en la radio:
Mirando al mar soñé...que estabas junto a mi... O viendo el juego de las gaviotas lanzándose a los cielos y cayendo hasta el agua. También, dando vueltas a problemas o malos momentos que la vida trae de vez en vez. Y, otras veces, charlando con alguien. Removiendo tiempos pasados o escrutando los futuros. Este banco es como un amigo del alma al que se le cuentan nuestras cosas. Secretos, afanes, anhelos...nostalgias...momentos felices.

Me gusta preguntar al banco solitario, aquí junto al Faro. Y saber de sus vivencias. O más bien de las que observa y le cuentan. Y me habla de los que vienen a verlo. Y se sientan en silencio expectante o en animada conversación. Padres e hijos. Amigos que se reencuentran. La chica solitaria que le llora sus penas. La pareja joven que cruza sus amores y se prometen vivirlo eternamente. O el que repasa aquí, sentado, la película de su vida buscando los palos rojos del camino que ha seguido. O, sencillamente, mirando al mar y soñando con hallar los infinitos. O el Infinito. Sumergido, absorto, en la belleza sin límites de esos horizontes de mar y de cielo. De olas y de vientos. De pasado y de futuro... ¡y de presente! Junto a ti, se vive y se goza el presente, querido banco.




LEYENDO A ANTONIO MACHADO EN TIERRAS DE SORIA

Era una de las pocas capitales de provincia que no había visitado nunca. Y me apetecía hacerlo. La oportunidad llegó hace unos días y en esa pequeña ciudad pudimos pasar un final de semana. Y desde el primer momento, Antonio Machado estuvo presente. En mi mente y en todos los rincones de Soria. Día frío y lluvioso. Oscurecido por mantos de gris plomizo y vetas negras. Revolucionado, a ráfagas, por fuerte viento. Después calma. Tras contemplar, desde el Parador de Turismo, en lo alto del monte del Castillo, la silueta de la ciudad, encajada entre lomas y bosques bien poblados, nos adentramos entre la arboleda. Y allí... festival de colores. En marrones, ocres y amarillentos en toda la gama que se pueda imaginar. El suelo era un mar de hojas que crujían bajo nuestras pisadas. Soria en toda su belleza otoñal. La que tanto cantó Machado en sus versos. El ánimo, que suele elevarse ante la maravilla de un cielo azulado, un mar esmeralda y transparente o un verde exultante de una campiña, también salta, admirado, a las alturas al contemplar la intensa belleza de un bosque en pleno otoño. Cuando se alternan las hojas ya caducas en las ramas con las que cubren el suelo para que no se vea su tristeza.




Abrí, entonces un libro de Antonio Machado. Ya estaba en ambiente propicio. Ese que permite adentrarse entre las sílabas y las palabras del poeta. No todos los momentos sirven para esto. Es preferible traspasar la puerta hasta la estancia en la que el poeta escribió sus poemas. Y en este caso eran las tierras de Soria. Al leer, resonaron ecos de aquellas estrofas desde tiempos de estudiante de bachillerato. Cuando, por primera vez, algún profesor nos hizo posar la vista en la literatura y prestarle atención. Cerré los ojos y escuché desde esa noche  de los tiempos... de los míos.

Anoche cuando dormía 
soñé ¡bendita ilusión! 
que una fontana fluía 
dentro de mi corazón. 

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.


Abrí de nuevo los ojos. Frente a  mi, allá abajo, el Duero. Casi lo podía tocar con la mano. Y junto a él, la ciudad. Con las torres y campanarios de sus iglesias. Con el verde apagado de su parque, en el corazón de la ciudad. Ese en el que el viajero se topa, de pronto, con el "Árbol de la música". Un árbol abrazado por una escueta estructura metálica a la que se accede por unas escaleras de hierro. Es un original palco de la música. Es el momento de leer otros poemas de Machado. Uno de ellos, "Campos de Soria" reflejan mejor que mil palabras lo que contemplaba en esos instantes.




¡Colinas plateadas, 
grises alcores, cárdenas roquedas 
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta 
en torno a Soria, obscuros encinares, 
ariscos pedregales, calvas sierras, 
caminos blancos y álamos del río, 
tardes de Soria, mística y guerrera, 
hoy siento por vosotros, en el fondo 
del corazón, tristeza, 
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria 
donde parece que las rocas sueñan, 
conmigo vais! ¡Colinas plateadas, 
grises alcores, cárdenas roquedas!.


Colinas plateadas, cárdenas roquedas, obscuros encinares, calvas sierras, álamos, chopos... esa es Soria en el otoño. La que surgirá, esplendorosa de verdes en primavera. La que vestirá sus mejores galas para ir del brazo del esbelto río Duero.


SIEMPRE SURGE UNA SORPRESA

Nuestra capacidad de asombro no tiene límites. Siempre puede surgir algo que nos haga sorprendernos. Vivir unos instantes con una mezcla de admiración y felicidad. A veces son momentos extraordinarios, pero con frecuencia sucede en el día a día. Y, en ocasiones, es encontrarnos con una fotografía de hace muchos o pocos años. Éste es hoy mi caso. Volver a ver esta foto y maravillarme de su belleza dentro de su sencillez. Fue en un viaje, hace unos años, a la isla de Creta. Y allí, recorriendo paisajes rezumantes de colorido y de vida, la encontramos. Vi esta pequeña capillita. En la costa, sobre unas rocas y un recodo de arena. Allí la habían construido. Posiblemente gentes del mar. Siempre con su fe sencilla y descomplicada. Bien a la vista de sus embarcaciones amarradas a pocos metros o varadas en la playa. En la zona entre Agia Marina y Chania.




En su interior varios cuadros de la Virgen. Iconos. Bellas estampas de su religión cristiano-ortodoxa, lejana y próxima a la vez a la nuestra. Y siempre con esos colores con que suelen decorar los helenos sus templos y monasterios. Azul y blanco. Con el contraste añadido  del agua del mar. De su mar, teñido de mil matices azulados y reflejos de su sol. Y con su pequeña campana. Hermoso monumento al Dios Todopoderoso y a su Madre, la Virgen, tan querida en aquellas tierras. Aguas transparentes y cálidas. Y a pocos metros una melodía de flores impregnando la mañana de paz y sosiego, mientras caminábamos mi amigo y yo, junto a la playa. Camino de Chania, de Rethimno, de Heraklion...

Pero no hace falta vivir momentos especiales y extraordinarios. La sorpresa surge a diario a nuestro lado. Si tenemos los ojos abiertos y el alma despierta. Y espíritu vitalista, observador. Hoy, también, lo he experimentado ali estar junto a dos niños. Ella, bebé de dos meses. Él, niño de un año. Los dos frente a frente. Descubriéndose. Dando salida a gestos de caras y manos, incipientes, primerizos. Y sus sonrisas... casi risas... sin palabras... pero sí sonidos... Y allí, junto a ellos, estaba yo esta tarde. Maravilla de la creación. Los pasos primeros en la vida de uno. Las sonrisas nacaradas y dulces de la otra, estrenando novedades en su rostro. Si... vuelvo al principio... siempre surge una sorpresa. Si tenemos los sentidos despiertos. Si sabemos abstraernos -aun por un instante- de problemas y complicaciones de la vida. Vale la pena.



LAS CANCIONES DE NUESTRAS VIDAS

Cada tiempo, cada generación, tiene su música y sus canciones. Como tiene sus modas en el vestir o en su lenguaje. Y, casi todos, identificamos las canciones que nos dejaron más huella, con nuestra época juvenil o, como mucho, hasta la treintena. Pero suelen ir ligadas a momentos, personas, situaciones y sucesos de nuestras vidas en esos años. También es esa época, desenfadada y sin problemas importantes, siempre proclive a la alegría en grupo o en pandilla, en la que prestamos más atención a la música. Sea como sea, todos tenemos nuestras canciones de ayer, las que acuden a nuestros labios o las que tarareamos con frecuencia..



Me refiero hoy, en mi caso, no a las mejores ni a las que más nos gustan. Me centro en aquellas que han marcado con un tic nuestro pasado y nuestras experiencias. Son las canciones de nuestras vidas. Me vienen varias a la memoria, pero me centro en tres. Salvatore Adamo y "Quiero" es una de ellas. Tiempos de cambios en todos los frentes. Y de sentimientos nuevos. Otra sería Marie Laforette y su versión de "La playa" que me trae reminiscencias de veranos que se acababan y las de Figueras, Los Bloques o Los Castros se quedaban solas... y nosotros... tristes y nostálgicos. Sobre todo camino de nuestros lugares de invierno. Y la tercera, para un período anterior, sería "La canción de Orfeo". Se la oí cantar a un compañero de curso en el Preu y en Alicante. Una voz extraordinaria, mientras sus dedos golpeaban armónicamente el pupitre del aula. Un silencio total entre toda la clase. Al final un largo aplauso colectivo, pleno de juvenil entusiasmo. El chico se llamaba Sánchez. Es lo que recuerdo de su nombre.

Después otras muchas canciones rellenan compartimentos de mi vida. En tiempos ya de inicio de la madurez, "La orilla blanca, la orilla negra" me traslada a dos escenarios diferentes. Mis primeros meses en la fábrica de Intelsa en Getafe, con esa canción a todas horas por los altavoces ambientales. Por otra, la voz gruesa y opaca de mi padre a  quien esa canción, desde que la escuchó en la radio, le traía recuerdos de horas duras en la guerra civil española. O esa excelente melodía de "Río azul" (Blue river) con la orquesta de Ray Coniff y sus coros, que escuché por primera vez en una agradable tarde de confidencias en Radio Popular de Alicante. "Háblame del mar marinero", en la voz de Carlos Cano, que me sirve siempre de entronque con mi pasión por el mar. Y luego, otras que me llevan a momentos ya idos, arrastrados por la corriente de la vida. "Cuando calienta el sol", "Las palmeras","Los ejes de mi carreta"," María la portuguesa", "Mirando al mar", "Noche de ronda","Paloma mensajera", "Perdóname", "Zamba de mi esperanza"... todas ellas prendidas a un recuerdo, como estrellas tintileantes en la noche clara...






LLOVÍAN LUCES EN EL MAR

Anochecía ya. Hacia largo rato que había salido del Colegio en el que estudiaba bachillerato. La fuerte y corajuda lluvia puso a prueba toda mi capacidad de resistencia. Para regresar a casa tuve que correr raudo. Como tantas veces. Pasé, así, a la carrera la calle de San Roque. Me había guarecido en el portal de la vieja casa indiana. La de líneas extensas y de buen trazo. Su portal, con la gruesa puerta de madera de buena talla, era  mi último refugio antes de salir a descubierto. Se estaba bien allí, en el portal del hermoso caserón. Me lancé hacia el bosquecillo del Jardín, pasando junto a la ermita de la Virgen del Camino. Los árboles mostraban ya su desnudez completa. Era noviembre. Tan solo los nidos de algunas urracas se agarraban a sus ramas. Cansado y ya sin aliento entré a la carrera. Chorreando agua por mi cabeza y con los zapatos embarrados.

Me había asomado a la ventana del piso de arriba. Enfrente árboles y tapias de fincas y casas del agro. Más allá, el campanario del Santuario de Villaselán. Y por encima de todo eso, se divisaba el mar abierto. Cubierto de brumas ennegrecidas, con algunos trazos grisáceos. Pintaba fea la noche y apenas se distinguía la lucecilla oscilante y orientadora del Faro de la Isla Pancha. Y entonces sucedió...




Un relámpago, de luces rectas y zigzagueantes, cayó del cielo y se clavó en las aguas. Una lluvia de luces se extendió sobre el mar, iluminándolo de hermosos tonos azules. Después otro. Y otro. Y cientos de rayos que caían ya por todas partes, casi sin intervalos entre ellos. Todo el mar quedó iluminado permanentemente. Sus aguas planas y aquietadas, semejaban inmovilidad total. Su azul intenso imponía en su belleza de perlas y diamantes. Estuve extasiado contemplando aquello. Apenas atendí a la voz de mi madre llamándome para la cena. No se oía ni un solo trueno. Acaso por la distancia hasta mi. Al cabo de un rato cesó todo. El embrujo y el encanto del espectáculo desapareció. Y su hechizo. Nunca he olvidado semejante exhibición de la naturaleza. ¡Una tormenta de incontables rayos sobre el mar!. Y sin ruido alguno, como para no distraer mi atención. Después el regreso a la vida. La cena y a la cama pensando en las clases y en las cosas del día siguiente. 

LA NOCHE DE SAN JUAN

Faltan ya pocos días para esa noche mágica, meiga, de san Juan. Y en mi mente afloran, atropellándose, una riada de recuerdos. Escenas que bailan y danzan ante mis ojos. Y hasta olores de aquella palangana con agua, rosas y hierbas que se preparaba esa noche para lavarse la cara al día siguiente. Aquella hoguera que Alvarín del Chono hacía detrás de mi casa. Nosotros colaborábamos añadiendo maderas viejas. La chavalada del barrio del Jardín, y algunos forasteros, acudíamos al ancestral espectáculo del fuego. Mi parte mediterránea -que es bastante - siempre ha gozado con el fuego y la pólvora. De ahí lo que me gustan las fiestas alicantinas de moros y cristianos. En aquella hoguera metíamos siempre unas patatas, adecuadamente envueltas, para asarlas. Y luego el otro rito, el de saltar la hoguera. 




Más tarde viví ese espectáculo, pero ya con mayúsculas por las dimensiones. Era en las Fogueres de san Juan, en Alicante. La belleza, con más o menos estética y mucha crítica y sátira social, de aquellas escenas en madera, cartón y papel, me enganchaba y retenía ante ellas, en la noche del fuego y de las tracas. Es otra forma, quizás menos romántica, de vivir esa noche de junio en la que el día alcanza su mayor longitud horaria. Los  desfiles de falleras y carrozas, hermoseadas con flores por doquier y con el brillo espléndido de sus trajes, es muy atractivo. Y los infinitos pasacalles de las bandas que no se cansan de callejear. Aunque puede que prefiera la pequeña hoguera de mi calle ribadense y hasta la del patio de mi casa, cuando lo hacía mi padre, con la mirada complaciente de mi madre, para alegrarles la noche a sus nietos.




En mi ciudad coruñesa la noche de san Juan alcanza un brillo y esplendor grande. La playa se llena de fuegos y una multitud de miles y miles de personas, deambulamos a lo largo del Paseo Marítimo, envueltos generalmente en el humo que el nordeste se encarga de llevar hacia nosotros. Huele a maderas y plásticos quemados, vuelan cenizas y papelitos ardiendo. Y el colofón de los fuegos artificiales. También debo reconocer - sin duda esa herencia mediterránea - que me encantan los fuegos artificiales. Y esto me vuelve a llevar al recuerdo de aquellos que en Alicante se lanzan desde el castillo de santa Bárbara, con las luces de la ciudad apagadas. Palmeras majestuosas de las que guardo el recuerdo en bellas postales. Pero, de nuevo he de manifestar, que prefiero esos sencillos cohetes - foguetes decimos por aquí - que lanzados junto al mar o desde alguna embarcación, iluminan más discretamente con sus coloridas figuras, la noche del pueblo. Y que, en su breve vuelo sobre las aguas, dibujan en éstas los cuadros más hermosos que se pueden contemplar. Se extiende su reflejo sobre las aguas marinas de esta ría gallega, hasta alcanzar sus orillas astures, con brillos oscilantes amarillos, azules, rojos, verdes... que parecen brillantes, esmeraldas, zafiros... Es bueno saber vivir la noche de San Juan porque es sano tener ilusiones en la vida. Y recrearse con las sencillas cosas de la naturaleza y del legado de nuestros ancestros.


UNA TARDE DE TEBEOS

Fue hace ya muchos años. Una tarde como tantas otras. El curso escolar seguía su curso, con sus vueltas y revueltas tras el cauce la vida. Llegaba del colegio. Puse, raudamente, sobre la mesa mi colección de tebeos. Los que me iban comprando y guardaba celosamente. Los leía con avidez, una y otra vez. Siempre, aunque me conocía las historias, me parecían nuevas. Abrí la cartera de cuero, la que llevaba a clase todos los días. Compañera fiel de fatigas. Saqué un cuaderno de escritura, con rayas a pares pautando las líneas, con muchas páginas ya cubiertas. Algunas correcciones en rojo. Otro de hacer las cuentas. Me quité de en medio media docena de cuentas de multiplicar por dos cifras. Saqué la pizarra con su pizarrín y una caja de pinturas "Alpino". Siempre olía de una forma especial. Nunca he olvidado ese olor característico. Y finalmente, una enciclopedia Álvarez en la que debía estudiar los ríos de España. Pronto todo acabado. Respiré ansioso mientras metía todo, nuevamente, en la cartera.





Me dispuse a leer, por enésima vez, unas aventuras del Gordito relleno y de Carpanta. Sólo  ver sus dibujos una descarga de satisfacción recorría mi cuerpo. Luego vendrían Don Pío, El Reporter Tribulete, Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carioco y Rigoberto Picaporte. devoré ese Pulgarcito y pasé a un TBO. Estaba en esto cuando se abrió la puerta de casa y entró mi padre. "Mira que te traigo" me dijo mostrándome en sus manos un sobre. Lo cogí con ese ímpetu que ponen los niños ante un regalo cuyo envoltorio deben abrir. Durante años he visto a mis hijos y nietos hacer lo mismo. Cogerlo con energía y tirar por la calle de en medio a la hora de abrir ese papel de regalo o de lo que sea. Con sorpresa vi dos cuentos nuevos. Recién comprados, sin duda. Resplandecientes sus colores. No pude reprimir un grito de júbilo ante aquello que era, entonces, mi mayor alegría. Leer cuentos. Se trataba de un nuevo Pulgarcito, el último llegado al quiosco de la esquina y un Roberto Alcazar y Pedrín. ¡Casi nada! Eso sí eran para mi hermana y para mi. Había que compartir, como no. Ella los leía con la misma avidez que yo. Y sentado en una silla, en cuclillas, leí detenidamente aquel nuevo tesoro de mi colección.

¿Con qué poco se puede hacer feliz a un niño? ¿Cómo se puede contentar con tan poca cosa? Y esto es universal. Es algo connatural que los padres podemos echar a perder cuando llenamos sus manos de juguetes de todo tipo. En superabundancia y en exceso tan manifiesto como poco económico. Un niño se puede entretener y disfrutar con poco. Y si sus padres aportan algo de imaginación y tiempo, todavía es más sencillo. Pero, por contra, ponemos en sus manos maquinitas y sofisticados juegos. Con frecuencia en una desenfrenada carrera porque el niño no se quede atrás, que no sufra al no tener lo que todos dicen que ya tienen. Yo me quedo hoy con el recuerdo de mis tebeos que reposan en cualquier rincón y que me crearon el hábito de la lectura. Ese gusanillo que más tarde, me llevó al tránsito a libros de todo tipo. Y mi imaginación y mi mundo interior me lo agradecieron. Siempre... hasta hoy.



AQUELLAS BICIS, VIEJAS COMPAÑERAS

En los pueblos todos teníamos una bicicleta. En el mío, en mis años de infancia y juventud, también. La mía era una Orbea pintada con azules y blancos. Y una malla de colores sobre las ruedas traseras. Un coqueto faro y un timbre de buen sonido. Atrás, un portabultos que tanto valía para ese fin como para llevar sentado a otro chaval o a una chica. Siempre que llevaran los pies levantados y cuidando de no meterlos entre los radios. Mi bici, más bien la de mi hermana Loles pues se la compraron a ella, era de mujer. La diferencia entonces era radical y se llevaba a rajatabla. Menos yo, que al heredar esa bici, pesada y robusta, la paseaba entre las de todos mis amigos. He pasado - como todos, supongo - muchos momentos  felices con mi bicicleta.




En aquellos años la podías dejar en cualquier sitio, sin problema alguno, ni candados o cadenas. A la puerta de una casa, en lo alto de un prado cuando bajabas a la playa o metida en cualquier portal del pueblo. Tan pronto podía, montaba en mi bici, salía  a la carretera y me iba a hacer unos kilómetros. Carretera adelante, hasta Villaframil, Santa Cruz o el Faro. Pedaleando fuerte. Sólo me tiró a tierra el primer día en que monté en ella. Cerca de casa, circulando por el arcén de la carretera, se me puso delante una piedra de regulares dimensiones. MI inexperiencia inicial y la bici sin domar todavía, me hicieron dar con mi cuerpo en tierra. Unas magulladoras y bastante vergüenza ya que había gente por allí. No sucedió más. Faltaría... De noche, era impresionante circular por la carretera a la luz de su faro. Esa iluminación movible, al ritmo de las pedaladas y el balanceo del cuerpo, me dejaba ver los árboles del Jardín que, a derecha e izquierda, envolvían el camino. No encontraba apenas vehículos. Y cuando aparecían, había que meterse en el arcén y regresar al centro de la calzada de nuevo. De aquellas estrechas carreteras. El enemigo era la grava cuando hacía acto de presencia.

Por esto, un día sucedió un episodio que acumuló peligros para mi. Bajando de Santa Cruz a buen ritmo y tras desviarme por una carretera estrecha, paralela a los montes y rumbo a Villaframil y La Devesa, se me salieron los pies de los pedales. Me acercaba demasiado rápido a una curva muy cerrada. Aquello iba fuera de control. Sujetaba fuerte el manillar. En la curva, sentados en un banco, estaban Suso de Mon y su esposa, que asombrados me vieron llegar de esa guisa. En la curva había bastante grava. Fue milagrosos aquello. No se como pudo ser, pero logré pasar  a punto ya de derrapar. Oí, después, las voces de advertencias y consejos de mi vecino Suso. Pero, mis mejores momentos fueron las excursiones que con gran frecuencia hacíamos en verano mi grupo de amigos. Ocho o diez bicicletas. Muchas tardes, escogíamos una ruta y nos lanzábamos a hacer kilómetros. Recuerdo con mucho agrado las que hacíamos hasta San Miguel de Reinante. Tras sus 13 kilómetros llegábamos al Bar "El último cuplé" y allí, con una coca cola en ristre, jugábamos reñidas partidas de futboíin. Después el regreso, con frecuencia enlodados en carreras porque alguno se picaba. También la vuelta completa a la ría. Ribadeo, cruce en lancha a Figueras, Barres, Castropol, Vegadeo, Reme y de nuevo en Ribadeo. 

Cuando llegó la hora de ponerse serios en la vida - trabajo, noviazgo, matrimonio - la bicicleta, ya bastante avejentada, fue al "chabolo". Con la infancia de mis hijos tuvo una segunda juventud. Pero ya fue su final. Permaneció oxidándose y cogiendo muchos años sobre sus espaldas. No se como murió y desapareció de nuestra vista. Siempre la recuerdo, con sus hermosos colores azules, blancos y los plateados brillos de su manillar y de sus barras. Y también, como nos remangábamos los bajos del pantalón o poníamos una pinza de la ropa para no engancharnos. Tiempos...


EL CANTÓN DE NUESTRAS VIDAS

Me refiero a ese lugar, que existe en todas partes, que suscita bellos recuerdos en muchas generaciones. Una plaza, un parque, una calle en el que hemos jugado en la infancia o paseado de adultos. Ese rincón al que vamos una u otra vez con agrado. En mi caso, se trata de el Cantón ribadense, esa plazoleta a los pies de la deslumbrante Torre de los Moreno. Dos hermanos emigrantes que hicieron fortuna en América. Hermoso lugar que trae a mi memoria mil escenas, antiguas y actuales.Y se las trae, sin duda, a otras muchas personas que por allí estuvieron o pasaron. O siguen acudiendo a las terrazas que ahora ocupan parcialmente el Cantón.

Siendo niños, acudíamos a diario, a la salida del colegio, a jugar. A la pelota, a patinar, a correr en las mil formas de juegos infantiles. Y sobre todo, a andar en bicicleta. Éstas formaban una malla completa, yendo o viniendo, cruzándose unas con otras a buena velocidad. La pericia infantil podía con todo. No había apenas choques ni atropellos. Los padres seguían nuestras evoluciones sentados en la terraza del café bar, bajo cubierta. Allí jugábamos, a veces, a polis y cacos, versión del universal policías y ladrones. También a las cuatro esquinas o al pañuelo. 




A ese lugar acompañé, infinidad de veces, a mi padre que acudía al Cantón Bar. Allí jugaba su diaria partida de dominó con sus amigos Juanin, Dictino y Agapito. Disfrutaba, entonces, viendo cómo dirimían ferozmente su café diario en aquellas interminables partidas. Con buen tiempo eran fuera. En ese lugar, se colocaban todos los años el palco o palcos de las orquestas durante las fiestas patronales de setiembre. Con mis amigos, acudía siempre, con la alegría juvenil y festiva del momento. Bailábamos o merodeábamos por allí observando el panorama, en especial el femenino. La música del momento nos atraía y enganchaba. 

Pasaron los años y he seguido acudiendo siempre que puedo a ese lugar. Primero llevando allí a mis hijos a hacer lo mismo que hicimos nosotros: a jugar. Y ahora a los nietos. Hace tres días repetí, una vez más, el viejo rito de ir al Cantón con ellos, mayores y chicos. Balón, bicicleta, patinete... y les enseñé, de nuevo, la vieja Torre y los jardines de la plaza. Las palmeras han crecido mucho y se elevan hacia los cielos con su torso pelado. El escudo vegetal, entre esos jardines, sigue mostrando la estrella, la llave y el mar. Es Ribadeo. Es el Cantón... es ese rincón de algún lugar que todos llevamos cosido en el corazón. Que dure en el vuestro tanto como lo hace en el mío.



EL VIEJO, EL NIÑO Y EL MAR

Una tarde de verano. Ya avanzada y con el sol despidiéndose de la costa asturiana. La playita de piedras en la ribera galaica. Ría arriba. Solo accesible desde el mar. El agua transparente, descubriendo los secretos íntimos de sus fondos. Rincón de rocas envolventes y árboles llenos de verdor al mismo borde del agua. Sin arena apenas y piedrecillas planas de todas formas y tamaños.  El viejo y el niño - abuelo y nieto - hablando. De sus cosas y del mar. La pequeña embarcación, fondeada a pocos metros  de la orilla, baila suavemente al ritmo de rumores marinos. Es la marea que baja lentamente, dejando lineas de algas en el límite alcanzado en la pleamar. La tarde es tranquila y el viento sopla ligero más allá del abrigo de esas rocas estriadas.





El niño atiende, desde donde su corta edad le permite, las historias de su abuelo. Marinero de alma y corazón, Eterno navegante, enamorado de la ría... de su ría... En el bote han quedado los aparejos de la pesca de la lubina - la robaliza le llamamos por aquí - Es la hora de la merienda y el sosiego. De vivir intensamente la calma de la tarde. Y, sobre todo, de estar al lado, de disfrutar, de la sencilla inocencia del niño y de sus preguntas. De contarle historias marineras en clave de cuento infantil. De enseñarle esa hermosa naturaleza, que emana vida palpitante por doquier. Y el niño comienza a archivar en su memoria todo esto que le rodea. Y pone cimientos a sus futuros recuerdos, en forma de estas vivencias infantiles.

El viejo, el niño... y el mar. Que bella conjunción. Que ejemplo para muchos padres que recurren, con exceso, a sentar al niño ante el televisor, un día y otro. Buscar lugares de encuentro entre la naturaleza y el niño. Interesarlo con viveza por ese entorno. Ya habrá tiempo de colegios y de recreos; de juegos en casa y televisión; de fiestas de cumpleaños y locales de bolas... ¡Que seamos capaces de sacar todas las lecciones y enseñanzas que emanan de esta fotografía! ¡Y que tengamos paciencia, espíritu de sacrificio y dedicación para hacer feliz al niño! Aunque sea en instantes escuetos que se graban a fuego en la memoria y en el alma de los niños...¡qué bonito!... el viejo... el niño... y el mar... 



EN EL RODAJE DE UNA PELÍCULA DE YUL BRYNNER

Era el mes de setiembre de 1965 en Alicante. Pasaba allí unos largos e inolvidables meses. Casi sin pretenderlo, me vi involucrado en el día a día de una emisora de radio local. Era Radio Popular, de la Cadena de Ondas Populares (COPE), en la que trabajaba mi hermana, Loles. Empecé ayudando a escribir algunas cosas y terminé haciendo el programa de cierre diario. Allí acudí con ellos a diversos lugares, a entrevistas y reportajes.Sobre todo con actores, cantantes y toreros bastante famosos, pasando por los agraciados en un sorteo de la Lotería de Navidad.




Una tarde acompañé al director de la emisora y un locutor al pueblecito de Agost, próximo a Alicante. Se rodaba allí una conocida película, con un buen elenco de actores. Era El regreso de los siete magníficos, con Yul Brynner al frente. A la llegada al lugar del rodaje, encontré un espectáculo fascinante. Un marco que semejaba realmente un pueblecito mexicano. La iglesia grande y sobria, multitud de labradores de blanco ropaje entre maizales y plantaciones, un bullicio de caballos, carros, niños y gente de todo tipo en movimiento...Y de pronto... Un grupo de jinetes, llegaban al trote, entre una nube de polvo y estruendo de disparos, mientras toda la gente huía despavorida y asustada. Eran ellos... los siete magníficos que entraban en el pueblo al galope. La escena fue preciosa y llena de realismo. Se oyó entonces una fuerte voz, que gritaba con un megáfono...¡corten! ¡corten! Delante de mi, a pocos metros, sentados en las típicas sillas de tijera y respaldo de lona rotulado, estaban el director y toda la corte de personajes que producían el film. La escena hubo de repetirse varias veces para alegría de la gente que presenciaba aquel rodaje.



No pude contener mi emoción y cogí la cámara fotográfica que llevaba siempre y saqué dos o tres fotos. Al instante uno de los guardias civiles, que en gran número separaban al público de la zona de rodaje, se abalanzó sobre mi, inmovilizándome. Acudieron algunos guardias más y me quitaron la cámara, al tiempo que me señalaban, airadamente, que estaba prohibido hacer fotos. Se formó un pequeño altercado y gracias  a la hábil intervención del director de la emisora, que se identificó como tal, me soltaron y devolvieron la cámara sin velar las fotos hechas, como creo pretendían inicialmente. Y una de esa fotos es la que cuelgo hoy, acompañando a este post. Años más tarde pude ver esa película en los cines y recrear así aquella tarde agridulce. Un gran espectáculo, en tiempos desenfadados, y un buen susto. La tarde terminó con nuestra marcha a otro lugar para hacer otra entrevista que resultó simpática y me inspiró, más tarde, un relato corto incluído en "Viento del nordeste".




NUESTROS TIEMPOS DE COLEGIO Y ESCUELA

Últimamente proliferan en Facebook fotos escolares de antaño. Nuestras primeras fotos en las aulas. Con o sin mandilón, una mesa o un pupitre, un libro abierto ante nosotros. Mirada seria, por lo general. Un mapa detrás. Y quizás, un globo terráqueo, una foto del gobernante de turno o un crucifijo en la pared. Eran los primeros tiempos de colegio. De aquellos maestros o maestras que han quedado en nuestra memoria. Duros o blandos, amables o de rostros serios, pero que casi siempre nos han dejado un legado que agradecemos. Raro es encontrar el sentimiento contrario.




Aquellos primeros días y semanas de escuela, fuera ya de nuestros hogares. Antes, cuando no había guarderías, los pequeños íbamos al cole más tardíamente que ahora. Por eso, puede que tengamos más cosas en la memoria. En mi caso, me parece estar viendo mi primer colegio y mi primera maestra. El encerado con dibujos con tizas de colores. Las pequeñas mesas agrupadas, Todavía recuerdo cómo nos enseñaron las vocales. El cuento en que todo empezaba con una "i" flaca y delgada; comenzaba a engordar, de tanto comer, haciéndose una "e"; pasaba por una rolliza "o" y terminaba con una "a", con el rabo que le salía a la "o". Eso sí, nunca fui capaz de recordar que sucedió con la "u". Tiempos pienso que felices, De inocentes juegos de recreo y alguna que otra escaramuza con algún compañero de clase. También tengo fresco, pese a la distancia temporal, el día en que pasé a otra clase de niños mayores. Allí aprendí a leer y escribir. Aquellas lecturas, de pie, junto a la mesa del maestro, de libros cuya letra se iba empequeñeciendo con el paso del tiempo. Y de los manuscritos, libros con toda clase de tipos de letra manual. De pluma y tinta. Horas de cuadernos de caligrafía, de libretas de cuentas. De tablas aprendidas de memoria, a golpe de castigos, ánimos o reprimendas. 



Esas fotos, que ahora colgamos en facebook, entre divertidos y nostálgicos, nos hacen sonreír. Y decir qué cara más seria tenía pepito o ya apuntaba lo suyo carmencita. El día que te venían a hacer esa fotos escolares no era cualquier cosa. Había que ir bien vestido, limpio y aseado. Nos revisaban hasta las orejas y, por supuesto, las manos. Al fin y al cabo, no era raro que hubiésemos estado tirados por el suelo jugando a las canicas, peleando con otro chiquillo o con unos gusanos de seda o unos grillos en la mano. Y siempre nos imponían las sucesivas indicaciones del fotógrafo, con su gira la cabeza a este lado, sonríe o coge el libro con la mano. Al final, ese día relevante para todos pasaba, seguíamos nuestra etapa escolar. Nuestros padres recibían la foto que miraban y remiraban, llenos de satisfacción. Un paso más en nuestras vidas que se había superado.



LA PRIMAVERA SE ACERCA

Hoy ha aparecido el primer sol del año. Luce hermoso y de buen aspecto. No se dónde habrá estado, pero no con nosotros. Muchos días y semanas al dictado de los versos de Rosalía. Chove miudiño, un día y otro, con esas invisibles cortinas de agua fina, pero agresiva al cabo. Tiempo de espera y paciencia. O de impaciencia, porque los seres humanos tendemos a esto con la meteorología. Con el frío, con el agua, con el sol y el calor.

Ese sol que ha llegado hoy - ¿para quedarse ya con nosotros? lo dudo... - ha dejado al descubierto las primeras flores. Y los prados verdes y cantarines, con el agua que ahora corre por los regatos. Y hasta el mar se permitió calmarse y teñirse de azulina, tras el enfado malhumorado de ayer, rompiendo furioso contra rocas y playas. La gente ha salido a pasear y a sentarse en los bancos cara al sol. Buscando ya el inicio del bronceado que, lógicamente, tardará en llegar por estas latitudes. Y con sus estados de ánimo más proclives al buen humor. Aquí, en el norte, se aprecia mucho el sol. Ese que, en mi tiempo de estudiante de Preu en Alicante, asomaba exuberante cada mañana al abrir mi ventana. Y ver las macetas de mi abuela exhibiendo ya sus flores, y escuchar el canto alegre de la gente desde sus balcones y azoteas. 


Era la primavera que llegaba. Y es la que este sol, rácano todavía en calores, preanuncia. Que no se anuncia definitiva por el momento, porque se hace esperar y rogar. Por eso, mi mente se escapa, ansiosa, a la Mariña lucense. Allí, a buen seguro, este solecillo arrancará de las aguas de la  ría sus primeras sonrisas, en forma de destellos casi divinos. Dichosos - envidía me dan - quienes bajen a navegar por ella y disfrutar de las excelencias de sus aguas y sus vistas esta tarde.                             
(Foto compartida de facebook)


ECOS DEL DÍA DE SAN VALENTÍN

Soplaba ayer un viento duro y fuerte en las rúas del pueblo . Batía las pocas hojas que todavía resistían en los árboles. Día de San Valentín. De recuerdos y presentes románticos. De miradas y palabras entrelazadas en amor. Como las manos de novios y de esposos. Y canciones de ayer y de hoy que hablan de amor y de cariño. De inicios de romances o de madurez sentimental. San Valentín debiera ser más día de sentimientos, de habla del corazón, y menos comercial y ruidoso. 

Llueve a ratos y las hojas secas revolotean por las aceras. También lo hacen ahora letras y letras de esas canciones señaladas. Que cuentan de parejas, jóvenes, adultas o canosas, que unen y funden sus anhelos y sus futuros. Desde aquel lejano eco de cogidos de la mano van/ di cuál/ di cuál/ cuál es su conversación, hasta el quiero/ tu mano que me guía/ si estoy en la oscuridad/ y mi corazón sonríe/lleno de felicidad. Serían interminable las estrofas a citar.




La fotografía que ilustra este post es una muestra de ese romanticismo sereno del amor. Mis padres, recién casados, sobre un barquito de arena. Así de endeble es el amor humano. Las aguas de la vida le rodean y, a veces, lo amenazan. Pero la voluntad, la razón y los sentimientos ayudan en la larga travesía. Y en lo alto, Dios para echar una mano cada día. Que falta hace en tantas ocasiones. 

Amor entre tantas parejas, ayer renombrado. Prometido de nuevo. Como aquel día. En aquel lugar. En la mesa de aquella cafetería, en un paseo lento sobre la arena húmeda de una playa, o contemplando desde aquel banco del parque la florida vegetación de primavera... tantos y variados rincones. Allí nació y culminó el proceso sentimental de cada cuál, comenzado en cualquier amanecer juvenil. Perfeccionado en el rodar de la vida. Culminado en ese día que celebramos en San Valentín.



AQUELLA CAFETERÍA Y SU MÁQUINA DE DISCOS

Era otra tarde más de un invierno peleón. Vientos y lluvias alternados y el frío azuzando por detrás. Solíamos refugiarnos en aquella cafetería de la calle del paseo. Los cristales de las ventanas mostrándonos los charcos salteados en el pavimento. Mucha gente y bullicio en el interior. Y una música pegadiza. Era un disco sonando en la máquina que había junto a la puerta. A veces bajaba el murmullo de las voces, acallados todos por alguna melodía de moda. Solía levantarme de mi butaca para ir a meter unas monedas en aquel tocadiscos automático. Hasta era divertido observar el recorrido de aquel vinilo con una canción de Adamo o de los Pekenikes, de los Beatles o los Brincos...

Tardes y noches en el recuerdo. Con amigos, con amigas. En discusión y tertulia o en silencio, contemplando la calle y la puerta del cine de enfrente. El local seguía lleno. Cada vez más. Y grupos de jóvenes que entraban uno tras otro. Nuestro conocido, el dueño del local, tras la barra era feliz viendo como seguía estando de moda su cafetería. Eran los sesenta en plena ola de calles llenas, colas en los cines y cafeterías y bares a rebosar. 




La música seguía, a golpes de los gustos variados de cada cual. Tan pronto sonaba Manolo Escobar, como las notas de Tú me dijiste adiós, para seguir con Monday, monday y La playa. Con frecuencia se repetía una canción que gustaba y la tarareaban todos. Y luego estaba el gusto de la chica acompañante. Y ponían Mis manos en tu cintura y Un mechón de tus cabellos. Pasaba la tarde, agonizaba el tiempo libre. El local comenzaba a vaciarse. La calle perdía gente a marchas forzadas. Llegaban las diez  y quedábamos media docena en aquella cafetería departiendo con el dueño. La máquina nos complacía con sus últimos procesos y recorridos de los discos. Sonaban Los Bravos. Salíamos. La despedida. Hasta mañana o hasta el próximo sábado. Y caminando raudamente, con el cuello de la gabardina subido y esquivando los charcos, rumbo a mi pensión cercana.

RINCONES DE AYER Y DE HOY:
EL BANCO DEL CAMPO

En esa fotografía de 1962 del Parque de Ribadeo - allí le llamamos Campo por herencias de la historia - se ven varios bancos. De corte clásico y popular. Unos, los más afortunados, miran a la Torre de los Moreno, hermosa joya arquitectónica. Otros le dan la espalda. Pero todos ellos tienen su  pasado  a cuestas y sus propias vivencias. Me fijo en éste más próximo a nosotros.Cierro los ojos y veo un grupo amplio de niños sentados en él o apiñados alrededor. Eran horas de tarde de sábado o de domingo. Jugábamos a las "películas". Se trataba de adivinar el título de la película a través de las palabras y los gestos de uno de ellos. Juego inocente y divertido entonces.Veo el que le sigue y recuerdo una anécdota de mis años juveniles. Día de un Emma Cuervo. El Campo repleto de gente por la mañana. Música de pasacalles de una banda. Bullicio y algazara, alegría de un día de fiesta grande en el pueblo. Estaba sentado en ese banco disfrutando del momento. La entrada para el partido en mi bolsillo. De pronto, llegaron dos jugadores del Celta de Vigo. Iban a jugar por la tarde. Van trajeados y elegantes. Se sientan a mi lado comentando algo entre ellos. Me preguntan algo. Los miro y reconozco perfectamente. Son Villar y Olmedo, jugadores muy conocidos entonces en Galicia. Al rato se levantaron y al alejarse vi con horror que sus trajes llevaban dos enormes rayas rojas en la espalda y el pantalón. Comprendí de pronto lo sucedido. Me levanté de un brinco y observé mi chaqueta, igualmente marcada con unas rayas rojas de pintura. Habían pintado algunos bancos de rojo sin poner ninguna señal de aviso. El enfado de Villar y de Olmedo fue tremendo y mi disgusto, no menos. Otros momentos fueron más placenteros, contemplando el espectáculo de las fiestas patronales, de sus verbenas, de las tómbolas, tiros y chiringitos o del explosivo y saltarín mundo de los fuegos artificiales.



Esos bancos tienen, cada uno, mil historias. Conversaciones eternas de amigos, encuentros y reencuentros, amores y promesas, discusiones...y muchas horas de contemplación de ese espléndido rincón, siempre apacible a la sombra de unos viejos árboles. Estos bancos, como todos los bancos de todos los parques del mundo, tienen vida propia que podría escribirse, narrada o novelada. La que le vamos dando quienes hemos reposado en ellos, disfrutando de la vida, tranquila y sosegada, de los parques... del Campo de Ribadeo.


RINCONES DE AYER Y DE HOY:
EL RÍO DE VILLASELÁN

Hay otro rincón ribadense que anidó en nuestros recuerdos y no se borra nunca de ellos. Es el río de Villaselán que, actualmente, está prácticamente seco. Pero no fue siempre así. Hace años era un riachuelo que lograba encauzar una cantidad apreciable de agua. Se acercaba alegre y cantarín a su desembocadura, entre prados y tierras de labranza. Una doble fila de árboles iba señalando su cauce. Al final, tras pasar cerca de la iglesia, se encontraba con el mar e iban juntas - las aguas dulce y salada - a través de un corto, pero serpenteante recorrido entre rocas. Ésta es, sin duda, la huella de un pasado más glorioso hace muchos siglos. Una amplia ensenada daba acogida a esa corriente escueta de agua dulce, procedente de tierra adentro.



Cuando era niño iba con frecuencia al río de Villaselán. Tras caminar por la carretera del Faro o hacerlo campo a través desde mi casa, disfrutábamos de un pequeño prado con abundantes árboles, en esa desembocadura del río. Antes, cerca de mi casa, esa corriente de agua pasaba por debajo del camino que conducía a Piñeira. Lo desbordaba continuamente y formaba una pequeña laguna, en la que pululaban a la par renacuajos, ranas ya adultas y un sin fin de insectos voladores de toda clase. Nos gustaba ver el vuelo de las elegantes libélulas que allí abundaban. Los carros de los caseríos cercanos o los de Piñeira, debían meter sus ruedas en el agua, allí estancada, casi hasta cubrirlas por completo. Era un divertido lugar para pasar un rato por allí.

Solía ir con mi padre a pescar al río. Bajábamos hasta unas rocas y pasábamos horas inolvidables. Allí abajo, parecía no existir el resto del mundo. Ni se veía ni se oía esa vida exterior. A veces, en familia, comíamos, sobre la hierba y bajo la sombra de un único pino crecido en la ladera, casi sin tierra alguna. A mi madre le encantaba este lugar. Era, además, sitio ideal para bañarse. Muchos ribadenses acudíamos a ese lugar para disfrutar de unas aguas tranquilas y de fondos hermosos, con abundantes algas multicolores. Sobre todo en mareas altas, ya que en las bajas el mar, se llevaba esas aguas hacia afuera y quedaban al descubierto parte de las rocas. Años más tarde, acudíamos ya en bicicleta y se formaba una pequeña tropa de bañistas. Era un rincón tan inolvidable como idílico,

Pero el progreso y el paso de los años, con infinidad de casas construidas por todas partes fue secando este río. Y se unió a esto la contaminación  de sus aguas por vertidos de muchas de esas nuevas viviendas en el agro. Las lluvias fueron durante años a menos. Todo se confabuló para la muerte del río de Villaselán. Hoy solamente quedan restos secos del cauce y apenas discurre algo de agua, sucia y envenenada, por su ancestral recorrido. A su vez, la construcción de unas naves, hace años, en ese lugar cerró el paso a las bajadas que seguíamos todos para ir al río. Y las estrechas sendas que llevaban hasta las rocas se cubrieron de toxos y silvas, cerrando el paso. El lugar sigue ahí, casi innacesible, pero completamente muerto para su disfrute. Una pena, que contrasta con la vecina playita de Rocas Blancas que ha logrado perdurar hasta ahora y a la que acudimos muchos - cuando podemos - a recibir los primeros rayos del sol de la primavera.

LA BIBLIOTECA Y NUESTRAS LECTURAS

He lvisto hoy en la prensa que, según unas estadísticas actuales, un tercio de los españoles no leen nunca  o casi nunca un libro y, de estos, a un 42 % no les gusta leer. Increíble pero cierto. No cabe duda de que la gente, en general cada vez lee menos. Y en el caso de los jóvenes es todavía más desalentador el escaso interés por la lectura. Pero resulta que es en los libros en dónde está el legado de la cultura de siglos y siglos. Forjada a golpes de letras y párrafos. Perdida en la noche de los tiempos la transmisión oral, es la tinta impresa la que ha servido de vehículo para ello.



Queda ya lejos el día en que en Ribadeo, el pueblo en que residía de niño, un grupo de destacados personajes locales puso en marcha una biblioteca. Era la Biblioteca Municipal. Fue un día grande, aunque sin excesivo realce social. Y un encomiable acierto. Desde ese momento fuimos muchos quienes la empezamos a frecuentar. Niños, jóvenes y adultos. De todas las edades. Allí se leían revistas y periódicos de todo tipo y había una abundante colección literaria, aparte de la monumental Enciclopedia Espasa. El servicio de retirada de libros para leer en casa funcionaba bien y éramos muchos los que lo utilizábamos continuamente. En mi caso, hasta los 17 años, llevaba para leer y devolvía libros continuamente. Aunque en mi casa siempre había lectura, ya que mis padres compraban libros por catálogo, a distancia, a la editorial Gustavo Gili, la biblioteca nos abrió todas las posibilidades. Novelas de todo tipo y los clásicos españoles fueron pasando por mis manos en multitud de horas nocturnas de lectura. Y eso nos fue creando hábitos bien arraigados a muchos de nosotros, dotándonos de un buen bagaje cultural.

La lectura ensancha la mente, abre el espíritu y potencia nuestra objetividad y sentido crítico. Nos hace conocer mejor la vida y costumbres de quienes nos han precedido en la vida. La trayectoria, llena de éxitos y de errores, de las generaciones sucesivas. Por eso es alarmante conocer que ahora una gran cantidad no lee por pereza, por aburrimiento o porque no le gusta.

Ya se que hay lectores - yo también lo hago - de libros digitales, pero estos están comprendidos entre los de la encuesta. Hay tiempo para todo. Para ver la tele, estar con los amigos, washappear, buscar cosas en Google o practicar un deporte. Pero no poder pasar de la segunda página de un libro o de un periódico es otra cosa. Aunque esto es opinable, a mi juicio es un drama para la humanidad. Máxime si se trata de nuestros jóvenes actuales.Sobre todo, considerando que no hay garantías de que la cultura se mantenga y conserve, a lo largo de siglos, en internet o en la famosa nube. Los libros sí lo han hecho.



RINCONES DE AYER Y DE HOY:
EL CINE COLÓN EN RIBADEO

Cada vez que paso por delante del viejo cine Colón, cerrado, abandonado y enseñando sus heridas, siento pena. Y puede que nostalgias. Era uno de los dos cines de Ribadeo, el que alternaba durante la semana con el Teatro, para competir con éste sábados y domingos. Era más pequeño, de buenas hechuras y un tanto coqueto. Más cómodo, a mi juicio, que su contrincante, más viejo y con más historia. El patio de butacas abajo y general arriba. Como se ve en la fotografía, en su fachada lucía, como era costumbre de la época, los cuadros de la película del día y de la próxima. Situado en una plaza llena de historia ribadense. La antigua Plaza de la Constitución, cuyo nombre evolucionó con los años y los diferentes regímenes políticos del país.




Fui muchas veces al Cine Colón desde mi llegada a Ribadeo. Fueron innumerables las películas, de todo cuño, que vi en él. De niño con mis padres. Más tarde con mis amigos. Muchas veces solo. Tiempos de sesión continua y dos películas consecutivas. Con toda su parafernalia. Primero, observación detenida de las escenas o fotogramas exhibidos en la fachada exterior del cine. De ahí deducíamos, más o menos, de qué iba o trataba el film. Y si prometía ser interesante o no. Y después, la entrada, los trailers, el NO-DO...el descanso con salida al exterior, para airearse o comer unos cacahuetes. Aunque la mayoría aprovechaban para fumar. Sonaba el timbre y se iniciaba la película. No me resisto a copiar algunas frases del capítulo sobre los cines de mi libro "Entre tus calles", por ser suficientemente expresivas sobre las sesiones cinematográficas de entonces en el cine Colón y en el Teatro.

"... Los pateos podían ser de aprobación de alguna acción de un personaje de la película, por lo general el bueno. Podían ser de reprobación. Las películas del Oeste, de las que había una amplia proliferación, eran muy proclives a los pateos y cuchicheos. Se jaleaba al bueno y se insultaba al malo..."

"...Algunas veces sucedían cosas extrañas. En determinados  momentos el público apreciaba saltos o incoherencias. Lo que estaba viendo no tenía mucho o nada que ver con lo anterior. Era que quien estaba proyectando la película, se había equivocado de rollo. Me explicaré. Las películas venían en varias cintas, generalmente tres, cada una en su caja metálica circular que llegaban a Ribadeo en los coches de línea de la Empresa Ribadeo. Pero sea por error del proyectista de la cinta que, metido en su pequeña cámara,manejaba la máquina, sea porque en su proyección anterior en otro cine se habían guardado mal en las cajas, el caso es que se podía poner primero el principio, luego el final y después la parte central de la película. Y claro, el público acababa dándose cuenta y la organizaba. Reconozco haber visto alguna película, completa, en esta forma..."

A esto se unían los frecuentes cortes, por sorpresa o precedidos de saltos de imágenes o aparición de rayas, cruces o números y extraños ruidos o voces entrecortadas o ininteligibles. Todas estas cosas, añadían un toque pintoresco y, a veces, divertido a aquellas proyecciones en los cines ribadenses, sin duda similares a los de todo el país. Lo hemos pasado muy bien, a lo largo de años, en aquellas proyecciones. Llenaron un tiempo de ocio en años en que las posibilidades eran pocas y la climatología empujaba a meterse en su interior, huyendo del frío y la lluvia. Y allí, además, nos encontrábamos o nos veíamos todos en aquella alternancia de las dos salas del pueblo. Por eso, y comprendiendo que el paso del tiempo nada perdona y que el viejo cine Colón ha seguido los mismos pasos que miles de salas de toda España, cerradas por los cambios de modas y de posibilidades más modernas, no dejo de sentir una pizca de tristeza cada vez que paso por delante del obsoleto edificio del Colón.


RINCONES DE AYER Y DE HOY:
EL MIRADOR DE LA ANTIGUA COFRADIA DE PORCILLÁN (RIBADEO)

Frente a la puerta de entrada de la antigua Lonja de Subastas y Cofradía de Pescadores de Ribadeo había – y hay – una pequeña terraza circular, de mala geometría, que mira al mar. Un pequeño muro de un metro de altura se alinea con esa curvatura. Las vistas son extraordinarias. Se domina, desde allí, gran parte de la ría y todo el muelle de Porcillán. Al frente Figueras. También se divisa esa costa asturiana desde Castropol  a la Punta de la Cruz. La ensenada del Esquilo, con su playa de Las Aceñas, la ermita de San Román, la playa de Arnao. Rincones paradisíacos sin duda alguna.  Y tendiendo la vista a la entrada de la ría, el Cantábrico. Fue hacia los dieciséis años cuando comencé a acudir a ese mirador con frecuencia. Mi padre trabajaba entonces allí, en la Cofradía. Yo  mismo lo hice durante un año, entre el Preu y el comienzo de mi carrera. Allí solían juntarse los días en que no salían a pescar, apoyados en  el muro, un nutrido grupo de marineros. Cigarro en boca y la mayoría con boina bien calada, se hablaba de todo y de todos. Rumorología a tope. E historias sin fin de navegaciones y pesqueras. Eran todos ellos pescadores de bajura. De los que pasaban las noches pescando para volver a puerto por la mañana a subastar la pesca. Previa descarga, por supuesto, en sus cajas de madera arrastradas hasta la escalera de acceso al mirador. Para mí, era ya un espectáculo ver atracar aquellas lanchas, junto a otras de más empaque de Rinlo, de Foz, de Figueras y hasta de puertos cántabros y vascos. Las maniobras de descarga, completamente manuales, atraían bastantes curiosos.



Pero lo realmente divertido eran las interminables conversaciones de los marineros en ese mirador. Al grupo se unía con frecuencia, Paco, el Rulero. Tan pronto se escuchaban largas disertaciones sobre el arte de navegar como aventuras en mares lejanos, en pesqueros o mercantes. En otras las discusiones era sobre las cantidades pescadas en determinada ocasión que diferían de unos a otros en miles de kilos. Las merluzas, los congrios o los pulpos, podían ser enormes o descender a simples merlucillas. Y así, siempre, completando estas escenas con bromas constantes a algunos, en especial al Rulero.

Desde allí, también, contemplé algunos años las fiestas de la Virgen del Carmen, tal como narro en “Entre tus calles”. En días de temporal, observaba largo rato la barra de olas que se formaba entre la Punta de la Cruz y la Isla Pancha. En esas ocasiones, la lucha para entrar en la ría y alcanzarla seguridad del muelle, era titánica. El puente del barco era, por momentos, lo único que se veía por encima de las encrespadas olas. A veces ni eso, todo el barco desaparecía, como tragado por las aguas, para volver a emerger más tarde.


Con los años, la Cofradía se cerró, una cafetería primero y un hotel después ocuparon ese espacio. Pero, por ahora, todavía sigue en pie ese mirador. Así que seguiré subiendo las breves escaleras que conducen a él para seguir disfrutando plenamente de sus vistas

NOCHEBUENA...  UN MAR DE RECUERDOS

Hoy es Nochebuena. Una más...pero nueva, sin estrenar. Las calles, que acabo de recorrer, son ya un bullicio alegre y de saludos. También de prisas y de urgencias. Para estar con los suyos, con los nuestros. A mí me siguen gustando las Navidades como siempre. Aunque se que hay otros que desean arrancar ya esta página del calendario. Pero no es mi caso. Desde niño he vivido intensamente esta noche. Y han pasado bastantes. Unas frías, de lluvias y temporal. Otras cálidas y de cielos rasos. Un mar de recuerdos...




En la noche de mis tiempos asoman aquellas de Valencia, de Alicante, de Melilla. Sobrias y escuetas de viandas y dulcería. Pero hermosas, girando todo alrededor de nuestros padres y de buenos amigos y vecinos. Más tarde, las de Ribadeo, las de Tapia. Con muchos juegos de mesa: el parchís, las damas, la oca. Y villancicos cantados a cuatro voces. Alegrías, risas, ilusiones infantiles anidando para siempre en nuestra alma. Incrustándose en nuestras vivencias. Fuimos creciendo, pero las Nochebuenas siguieron así. Hogareñas, felices, divertidas. Tantas veces con puertas y ventanas bien cerradas, oyendo los cánticos del vendaval o del nordeste del Cantábrico y el agua azotando los cristales. Llegaron tiempos de estudiantes, lejos de nuestros hogares. Pero en la Navidad regresábamos tan pronto se iniciaban las vacaciones. Encuentros con los amigos, horas de cafeterías. Paseos interminables. Pero la Nochebuena siempre en casa. Rodeados por los nuestros. Sintiendo las primeras ausencias, por vivir lejos o por haber abandonado este mundo. Más villancicos, música de discos y largas conversaciones alrededor  de la mesa de la cena.

Pasaron los años, siempre con sus Nochebuenas colgadas del brazo. Nos casamos. Llegaron los hijos. Y siguió la larga cadena de las Nochebuenas, celebradas en familia. Con mucho amor, con mucha alegría. Y las primeras nostalgias. Los que ya no estaban, el sentir el paso del tiempo. Otros avatares. Pero con todo, globos y cintas de colores. Música y villancicos con voces infantiles. Panderetas. Noches que fueron grabando a fuego en el alma de nuestros hijos aquellos sentimientos que, en otro tiempo, vivimos nosotros mismos. Y así siguió la rueda de los años y de las Nochebuenas.


Hoy es otra Nochebuena. La del 2015. Se iluminarán las luces de todas las casas. Las calles se vaciarán pronto de coches y de personas. Sonarán los ecos de las pisadas  de los rezagados, camino de sus hogares. Se escuchará la música de villancicos al otro lado de las puertas, allí junto a los belenes. Y las risas. Y las voces de los mayores contando historias de otros tiempos. Por qué esta noche celebramos el nacimiento del Niño Dios. Y esto es para llenarse de alegría. Y contagiarla.
algunos comentarios:


MIRANDO AL MAR...SOÑÉ

Es el título de una vieja melodía que muchos hemos escuchado en ocasiones. Pero me sirve, al igual que esta foto de facebook, para expresar sentimientos. de los profundos, arraigados en nuestras propias vivencias. Mirando al mar... Ese banco, hermoso y decorado con conchas, está en Tapia de Casariego. Mira al muelle de esa villa asturiana y, más allá, al mar abierto, al Cantábrico. Esos hombres, sentados en él, cuentas sus historias y recuerdos, mirando al mar. Desde niño me atrae el mar intensamente. Siempre, salvo un par de años en Madrid, he vivido junto al mar. Estoy, como tantos, enamorado del mar. O más bien de los mares, porque hay muchos. Cada mar, en cada momento, es diferente y hermoso a la vez.



Ese Cantábrico que miran esos hombres es un mar bravo y furibundo unas veces. Cariñoso y apacible otras. Me gusta cuando es una balsa hasta donde alcanza la vista y cuando ruge y lanza sus dardos, en forma de olas, contra todo. Diques, puertos, rocas, playas... Pero adoro el Mediterráneo en amaneceres bañados de sol o en noches de luna llena. Noches en que un inmenso globo amarillo ilumina todo lo que hay a la vista, sacando caricias de las aguas el Postiguet.  Contemplándolo así, en tierras levantinas, sentado bajo unas palmeras.

Me gusta el fiero mar de Finisterre, oteando desde el Faro todos los horizontes en busca de barcos que cruzan a lo lejos. También recuerdo con agrado el mar del Norte de África, las aguas de Melilla. Cálidas y con un olor característico, en su playas y en sus acantilados, junto al Pueblo Viejo y las murallas. O, allá más lejos, el mar de las playas de la Tarquinia italiana, al norte de Roma. Arenas negruzcas y poco agraciadas. Aunque, quizás, me atrapó más, llenándome de entusiasmo, el de la isla de Creta. MIrando al mar pasé largo rato en una playa, viéndolo falsamente enfurecido, pero muriendo mansamente en la arena, junto a las casetas. También, sentado en unas amplias butacas de mimbre en un café, que parecía sacado de una conocida película de H. Bogart, Allí, en la quietud del lugar y  envuelto en calma chicha, en el puerto de Heraklion, viendo balancerarse las lanchitas amarradas, luciendo sus mil colores.

En cualquier lugar, el mar es algo creado, sin duda alguna, por una mano divina para solaz y sosiego del alma, del espíritu. Nada se enfrenta más a la complicada vida actual, llena de situaciones de stress y de prisas, que sentarse en un banco como el de la foto, mirando al mar. Te invito, si no lo has hecho ya, a que sueñes...mirando al mar.


LA FUENTE DE LOS CUATRO CAÑOS. ESE RINCÓN ETERNO QUE HAY EN TODAS PARTES

Veo en facebook una foto de la fuente de los cuatro caños. Una plazoleta ribadense, en la bajada hacia el muelle. Y se encienden mis recuerdos de antes y las vivencias de ahora. Posiblemente todos tengamos en nuestra mente un lugar similar de nuestra ciudad o nuestro pueblo. Una plaza, una fuente, un banco en el parque. Lugares que nos traen a la memoria personas, sucesos, sentimientos. Tantas cosas. Esa fuente estaba a pocos metros de mi colegio en que estudiaba el bachillerato que estaba al fondo de esa calleja que asoma. Y era lugar de escapada en recreos, en años en que esto estaba permitido. Era, también, punto de encuentro para juegos infantiles. De ahí arrancaban los grupos de polis y cacos en tardes de alegres y divertidos juegos. Y en los portales de las proximidades nos escondíamos. Y en esa esquina, había un comercio de ultramarinos y de todo. Allí debíamos comprar un par de hojas de papel de examen. Se trataba de unas hojas con rayas que se usaban para hacer los exámenes en La Academia y que el tendero iba arrancando de un bloc, tras el pago de alguna moneda de 5 o 10 céntimos.




Días de lluvias intensas, corriendo el agua calle abajo, en esa plazoleta. Momentos de confidencias con un amigo, apoyados en la piedra de la fuente. Y años más tarde, noches de luna veraniega, escuchando la música y las voces de una rondalla, de la Rondalla. Canciones de amores y de marineros, de travesías a tierras de América o Filipinas, de esforzados pescadores gallegos. Guitarras, bandurrias, laúdes y algunos violines. Y un buen coro de voces. Olor a unos dondiegos de alguna casa próxima. Suspiros sentimentales. Añoranzas, nostalgias y, siempre, alegría contagiosa. Que ambas - la nostalgia y la alegría - pueden ir juntas. Y tendiendo la vista hacia abajo, entre las casas de esa calle que baja hacia el muelle, las luces de la ribera asturiana, al otro lado del puente. Oscilantes y bailarinas en las aguas de la ría en las tinieblas de la noche. 


EL MUÑECO DE NIEVE

Era invierno y arreciaba el viento del noroeste que traía borrasca tras borrasca, Tiempo de abrigo, bufanda y guantes de lana. Quien los tenía. Las zaconelas llegaban a la costa y se dejaban caer sobre los prados. Los pájaros lugareños parecían desconcertados sin acceso a su alimento habitual. Había llegado la nieve al norte de España. Después cruzaría la Península para blanquear los campos de Castilla, de León, de la Mancha. Pero para los niños venía la alegría y el disfrute. No todos los años nevaba por aquí.

Al despertarme y abrir la ventana, mi sorpresa era mayúscula. Todo estaba blanco. La calle, los tejados de las casas, nuestro patio, los setos. Hasta donde divisaba la vista todo cubierto de ese manto. Y los montes próximos también. Eran días de colegio, con el curso escolar a medio camino hacia la meta de su final veraniego.Todos los pequeños teníamos prisa por salir  a la calle, por pisar la nieve y ver nuestras  huellas marcadas. Ganas de correr al colegio y salir al recreo a jugar con los niños de la clase. Y hacer el muñeco de nieve. Nuestro muñeco de nieve.




La nevada se recrudecía camino del colegio, pero eso sólo hacía aumentar nuestro gozo al corretear por la calle tirando bolas de nieve. Y, por fin, el muñeco de nieve en el patio del recreo. Su ancha panza, formada empujando una bola por el suelo. Crecía y crecía. Después otra más pequeña para la cabeza. Y unos ojos, y una boca... Y para redondear un gorro y una bufanda de algún chaval. Saltos y risas correteando a su alrededor. El aliento de todos nosotros, helado,  parecía quedarse estático frente a nuestras bocas. Momentos inolvidables para el futuro. No todos los años nevaba por aquí. No todos los años quedaba un muñeco de nieve en el patio, perdiendo su existencia al derretirse lentamente. Al regresar a casa, por la noche, me dormía soñando en nuestro muñeco de nieve que ya quedaba así, metido en el baúl de mis recuerdos. Hasta hoy, en que lo saco para verlo un momento y devolverlo a su rincón nunca olvidado.



AVENTURAS POR LA RÍA (IV)

ACCIDENTADA PROCESIÓN MARÍTIMA

Corrían los años sesenta.Fiestas de Figueras. Era el día  de la procesión marítima en honor de la Virgen del Carmen, la Virgen marinera por excelencia, en un día de agosto. No fue la de esta fotografía que es muy posterior.La tarde era soleada, pero el mar estaba bastante agitado y amagaba ya el noroeste. Con un buen amigo ribadense y algunos chicos y chicas de nuestra pandilla de Figueras, subimos a una de las embarcaciones que iba a acompañar la procesión. Era una lancha de pasaje, de las que hacían el servicio permanente entre Ribadeo y Figueras. No recuerdo bien, pero podía ser la de Candao. De aquellas más antiguas, totalmente descubiertas, sin esas cabinas que tuvieron años más tarde. Se llenó de gente.




La comitiva se formó en heterogénea mezcla de embarcaciones de todo tipo. Vela, motor y remos. Grandes y pequeñas y algunos pesqueros adornados con banderas y banderines. La imagen,  en un pesquero, iba delante. Las sirenas comenzaron  a sonar, retumbando en todos los rincones de la costa. Todo el personal disfrutando del mar, alegre y festivo. Pero la ría estaba ese día peleona, amenazante con sus ondas ya inquietas a la altura del Astillero y, más aun, al pasar frente a San Román. El puente de Los Santos no existía. El tesón era más corto que el actual. Las embarcaciones iban rumbo hacia la boca de la ría, aun lejana. Las olas ya hacían su aparición, cada vez mayores. Y súbitamente saltó la sorpresa. Ante nuestros ojos y una vez superada la línea de le ermita de San Román, un ciclo de tres potentes olas surgió de las entrañas marinas. No exagero. Sucede a veces. La primera ola nos hizo dar un fuerte brinco a todas las embarcaciones, cayendo brúscamente después. La segunda provocó un grito de susto a muchos pasajeros. Otra vez nuestra lancha buscó la vertical hacia arriba y luego hacia abajo, quedándose a medio camino. El agua salpicó a la mayoría. Pero la tercera fue tremenda. La proa enfiló hacia el cielo, levantada por la ola y luego invirtió su ejercicio gimnástico, elevando la popa para hincar la proa en el valle, metiendo bastante agua a bordo. Y en esos bruscos movimientos, todos los que íbamos en la embarcación rodamos por los paneles o caímos sobre los bancos, El susto fue grande y los gritos se debieron escuchar en los montes de la Bobia y el Mondigo, mientras las olas terminaban rompiendo y muriendo, a nuetras espaldas, sobre el tesón, oculto bajo el agua por la pleamar.

No sucedió ninguna desgracia porque, sin duda, la Virgen del Carmen debió interceder por todos quienes íbamos allí. Las demás embarcaciones sufrieron, supongo, los mismos embates de esas tres olas. No paso nada y la procesión viró, regresando ya a puerto. Han pasado los años y todavía recuerdo aquella accidentada comitiva marítima y a mis compañeros de excursión rodando por la lancha. Algo realmente sorprendente para suceder dentro de la ría.


AÑOS DE BACHILLERATO

Eran aquellos años que iban, en general, de los diez a los dieciséis. Años del bachillerato. Y también, en la mayoría de los casos, tiempos alegres y desenfadados.  Únicamente rota, esa rutina juvenil, por los exámenes. O, como fue mi caso y supongo que muchos otros, algunos malos tragos ante el encerado o sentados en la mesa, con el dardo de alguna pregunta aleatoriamente dirigida por el profesor de turno. O a propósito, a cazarte. Tiempos de risas y bromas, de las primeras conversaciones serias con un compañero. Tiempos de recreos y juegos infantiles. De seguir los ciclos de los juegos. Canicas, peonzas, policías y ladrones, el pañuelo, las chapas, el tirachinas, saltar a la cuerda, la carabañola y hasta el divertido juego de los barcos, Con el “hundido uno de tres o el tocado uno de cuatro...”





                                      
Esos soportales de la fotografía estaban junto a mi colegio, en el que hice el bachillerato. Inolvidable recuerdo, en la bajada al muelle ribadense de Porcillán. Viejo y antiguo caserón, vestigio de tiempos mejores para ese barrio marinero. Allí nos juntábamos y reuníamos antes de entrar en el colegio. Refugio perfecto en días de lluvia. Unos metros más abajo, el arco de entrada al edificio de “La Academia”, entonces Colegio Santo Tomás de Aquino. Antes Escuela de Náutica e Instituto de Segunda Enseñanza. Todo él guardaba secretos de generaciones de estudiantes. Y guarda ahora, en su nueva función de Biblioteca Pública, los nuestros. Los míos. Sueños e ilusiones, horas alegres y tristes, aprobados y suspensos, amores platónicos y desamores. Y siempre, el dulce aroma de amistades eternas, que perduran en el tiempo sobreviviendo a  todos los embates de la vida. Por eso, siempre que puedo, paso bajo esos soportales, camino del muelle.


  • AQUELLA NEVADA DEL 61-62

Era mi primer año en la ciudad marítima de Gijón. Comenzaba mis estudios allí. No recuerdo en qué mes del invierno fue, perosí los efectos de aquel impresionante temporal. Era un día normal de clases. Pero al despertarme, vi por la ventana de mi pensión todos los tejados blancos. El cielo gris soltando lastre, en forma de nieve. Caía intensamente. Pese a la negrura del paisaje urbano, habitual en aquellos años de siderúrgicas y fábricas humeantes por todas partes, el manto blanco era límpido. El frío muy intenso.  Y esto era, también, el presagio de lo que nos esperaba en aquella pensión sin calefacción ni posibilidades de abrigarse. En consecuencia, tarde de sidrería y partidas de naipes. Como se puede suponer, a la vista de aquello, los estudiantes cambiamos las clases por ir masivamente a ver la nieve. En medio de aquella incesante nevada, caminé con mi grupo de compañeros hacia el Parque de Isabel la Católica. Y allí pudimos contemplar la insólita mutación de la naturaleza. Los árboles, las flores, los bancos, el césped, todo desaparecido, oculto. La reina era la nieve.


Proliferaban los muñecos y las batallas con aquellas bolas de agua solidificada. Las risas y las carreras, se alternaban con el desagradable escalofrío en la espalda, al entrar por dentro de nuestros abrigos y bufandas una de aquellas, traidoramente introducida allí. Fue un día inolvidable. Inmortalizado por cientos de fotos. Yo conserva varias. La que presento  aquí es una de ellas. Puede intuirse en nuestra postura y expresiones la sorpres y admiración por la belleza de aquel insólito paisaje, en el que los patos, gansos y ocas nadaban por los estanques como si aquello no fuera con ellos. ¡La hermosura excelsa de aquella nevada! Hubo otras en mi vida. Unas, también preciosas, otras duras y crudas aventuras en viajes. En realidad, en nuestros recuerdos, podemos exhibir, la mayoría de nosotros, algunas nevadas... ¡aquella nevada! solemos decir


EL CHALANO

De todas las embarcaciones que existen en el mundo es, para mí el chalano la más simpática. Si es que este término puede aplicarse a un trozo de madera que flota. En la costa norte de Galicia les llamamos así. Embarcación de mínimas  dimensiones - y ya me estoy pasando de medidas - , un minibanco atrás – si lo tiene -, un par de minúsculos remos, algún tolete y nada más. ¿Metro y medio? ¿Dos metros? Puede que menos, incluso. Y al agua...

El chalano no está sujeto a ninguna norma constructiva. Ni en su forma, ni en sus dimensiones. El chalano es así, como fue hecho y punto. Los hay  que son auxiliares de algún pesquero. Eso son los aristocráticos. Tienen un banquito central. Luego están los de clase media, que flotan bien, se puede remar y valen hasta para ir a pescar calamares. Y el resto, clase baja y destartalada. La mayoría flotan bien y sólo hacen algo de agua. No hay riesgo en su estabilidad, salvo exceso de pasaje. Con el chalano pasa como con el seiscientos. Cabía todo el mundo. Entraba gente y gente y todavía podía entrar un autoestopista. Lo mismo un chalano. Doy fe y puedo demostrar que en una ocasión, cruzamos de Ribadeo a Castropol no menos de ocho o nueve chicos veinteañeros en uno de esos minibotes. De cuclillas unos y sentados con el trasero colgando sobre el agua otros. Y vestidos de domingo porque íbamos a la fiesta de Santiago Apóstol en esa villa asturiana.

Y luego están los colores. Los hay azules, verdes, rojos y hasta color arcoíris. Con sus pequeñas tablas clavadas y a veces parcheadas. Lo que nunca debe faltar en un chalano es un bote de lata o de madera para achicar el agua. Para los de tierra adentro, os diré que suelen hacer agua. Es decir, que el agua del mar entra por entre sus maderas. Su propia base hace de paneles. Algunos llevan un agujero en el fondo con un tapón para abrirlo y que salga el agua. Por supuesto, en el muelle, una vez sacado del agua. Lo contrario es peligroso.  


Por todo eso, es sin duda delicioso. En él debe salir toda nuestra pericia marinera. Sin medio alguno de ayuda. Hasta se puede remar con las manos. Por todas estas consideraciones y peculariedades del chalano, repito que, para mí, es la nave más simpática y divertida. Ver un chalano en el agua es como ver un ternerillo en una granja. No los despreciéis.



AVENTURAS POR LA RÍA (III)
RELATO CÓMICO DE UN ATRAQUE EN FIGUERAS
Era una agradable tarde de verano. El sol y una ligera brisa del nordeste nos acompañaban en la travesía desde Ribadeo. Navegábamos en el "Robaliza", un bote de grandes dimensiones, de buena madera, una gran vela verde y dotado de cuatro potentes remos. Pesado, muy pesado para moverlo a golpe de remos. Un grupo de seis o siete jóvenes pasábamos la tarde, con un par de guitarras a bordo. Todo iba bien...
Decidimos atracar en el muelle de Figueras y pasar allí la tarde con nuestras canciones y las dos guitarras. Nos acercamos a una de las argollas de hierro, cercanas al astillero Gondán. La marea estaba bastante alta. De un salto desembarcamos, en alegre jolgorio juvenil. Al instante nos adentramos por las calles del pueblo, posiblemente alterando la idílica paz de la hora de la siesta y las tertulias domésticas. Fue pasando la tarde, con el disfrute que siempre alcanza allí el visitante, calle arriba, calle abajo.
Al atardecer, regresábamos al muelle. Al descender por la carretera, a la altura del edificio de la Lonja, desde hace años cafetería, vimos una aglomeración de gente en las proximidades del lugar en que habíamos amarrado el "Robaliza". Al acercarnos más, concluimos sorprendidos que estaban exactamente en el sitio del amarre. Algo sucedía, sin duda. Corrimos todos hacia allí, temerosos de lo que miraban, con tanta atención, con comentarios risueños y mucha juerga.
                                                                         Una de tantas tardes navegando en el "Robaliza"
Llegamos. Y el espanto se apoderó de todos nosotros. La marea había bajado considerablemente y un fondo de arena, piedras y alguna roca estaba ya al descubierto. Y allí estaba nuestra lancha, con su vela recogida, colgada literalmente por su proa. La popa descansaba, abajo, apoyada en la arena, mientras la proa colgaba de un cabo amarrado a menos de un metro de la argolla de hierro. Estaba suspendido, en el aire, como en un patíbulo.
Es fácil imaginarse la que se armó allí, entre los marineros de Figueras y otros curiosos, que comentaban jocosamente la situación, al vernos llegar. A un grupo de "aficionados" de Ribadeo. Nos dijeron de todo. Mientras, nosotros entramos en una tremenda discusión para ver quien había amarrado así el bote. La cosa acabó en tragicomedia. Verguenza y enfado en todos nosotros, con acusaciones mutuas y colectivas. Risas y pullas entre los de Figueras. Máxime cuando emprendimos la operación, dura y complicada sin duda, de bajar el bote y ponerlo horizontal y empujarlo hasta el agua. El retorno a Ribadeo fue de funeral. Ah, nunca supimos quien de nosotros había hecho semejante novatada marina.

AVENTURAS POR LA RÍA (II):

CRUZANDO LA RÍA EN LANCHA, CON EL “TAPIEGO” Y UNA VACA

Era una tarde de setiembre en la que, siendo niño, cruzaba la ría con mis padres. La lancha de servicio, descubierta y sin cabina, era la del Tapiego, inolvidable personaje. Alto, más bien delgado, rostro surcado de arrugas y quemado por los vientos marinos. Salimos solos, los cuatro, de la vieja dársena de Porcillán. Pusimos proa a Figueras, pero enseguida se oyeron voces desde tierra llamando al barquero. El Tapiego viró y se dirigió hacia el pantalán que había cerca del Pozo. Sorprendidos, no entendíamos qué trataba de hacer. Hasta que vimos que se acercaba a una rampa en la que una mujer esperaba, sujetando fuertemente una vaca. Ésta, inquieta, se movía cada vez que el agua, en sus vaivenes, alcanzaba sus patas.

Con gran sorpresa vimos que trataban ambos, el Tapiego y la mujer, de embarcar la vaca en la lancha. Como es natural, ésta se oponía obstinadamente a tamaña majadería. La mujer tiraba de la cuerda mientras el marinero la empujaba por su trasero con fuerza. Tras un largo forcejeo, lograron meter – más bien tirar – a aquel animal de tierra adentro en la barca. En su caída, con su fuerte impacto, la hizo bailar de babor a estribor varias veces. Estuvo a punto de hundir la embarcación. Pero al fin, reanudamos la marcha hacia Figueras. Mis padres y yo íbamos a proa, la mujer sujetaba la vaca en el centro, mientras  a popa, El Tapiego, gobernaba el timón. Todo fue bien hasta que al alcanzar el canal y acercarnos al tesón, el oleaje movió la barca con energía. La vaca se puso nerviosa, se empezó a mover y la catástrofe se acercó a nosotros súbitamente. El Tapiego chillaba y juraba a aquel animal que ya no paraba. La mujer, asustada, apenas lograba sujetar la cuerda y mantenerse en pie. Mis padres, expectantes y temerosos. Y yo... rezando, tembloroso, lo que sabía viéndome ya en el fondo de la ría.


Fueron instantes de pánico. La lancha se movía, fuera de control, de lado a lado, haciendo agua en cada bandazo. La estabilidad se perdía por instantes. Aquel animal trataba, sin duda, de huir de aquel encierro en medio de las aguas. Lo pasamos todos mal. Yo, asustado, permanecía allí petrificado. Al fin, al entrar en el canal de Figueras, el agua se amanso y el buen marinero que era el Tapiego, logró controlar la situación. Quedaba, todavía, el desembarco de la vaca en el muelle de Figueras. La operación fue más difícil, si cabe, que en Ribadeo. Fue necesario el auxilio de varios marineros para sacarla de allí y ubicarla en la rampa. Pero eso ya lo vimos de lejos, huyendo de aquella espantosa situación.  Y creo que ya ni lo vi, corriendo por el muelle y enfilando una de las callejuelas de subida.



AVENTURAS EN LA RÍA (I): UN DÍA EN  LA PLAYA DEL ASTILLERO

Era la playa del Astillero, en Figueras de Asturias, pequeña y coqueta. Hace años engullida por las instalaciones de Gondán. Bien resguardada del nordeste y otros molestos vientos norteños. De fina arena. Cara a lo que allí llamamos tesones. Un canal, de fuerte corriente, la separaba del tesón de Figueras e invitaba siempre a cruzarlo a nado. Era costumbre generalizada, pero que exigía algunos cálculos geométricos. Muy soleada, aprovechaba hasta el último rayo de la tarde. Solía estar llena de gentes de Figueras y Ribadeo. La mayor parte veraneantes. En la bajamar se unía por una estrecha franja arenosa con la más renombrada playa de San Román. Fue durante años mi playa preferida, alternando con la ribadense de Los Bloques.

Pero para ir hasta ella debía hacerlo en la lancha de pasaje. El Tapiego y Candao eran los más habituales para ese servicio. Acostumbrado desde niño a la navegación por la ría, aquellas travesías me gustaban y las disfrutaba mucho. Al llegar al Astillero era preciso colocar un tablón para bajar a la playa. La lancha solía quedar a unos metros de la orilla sin poder acercarse más. Otras veces se colocaba sobre las rocas, ya más alejados de la arena. Mi familiaridad con el mar y aquellas travesías me permitía vivir aquellos momentos con toda naturalidad, incluso en situaciones de marejada. Hasta que un día ese tablón me iba a jugar una mala pasada.



Playa del Astillero años antes de la historia narrada

La mañana era luminosa y los bañistas abundaban por el agua y, en su mayoría, sobre sus toallas de cara al mar. Algunos conocidos y todos contemplando la escena. Como solía hacer ayudé a bajar a varias personas mayores, mujeres y niños. Hasta a alguna chica. Finalmente debía bajar yo. Con mi ropa y zapatos en la mano. Inicié el descenso por aquel estrecho tablón de madera, un tanto ladeado y casi vertical ya por el movimiento de la lancha. La multitud miraba. El sol en lo alto expectante. La mañana preciosa. Pero, tan pronto pisé con un pie la parte mojada del tablón, sumergida en el agua, resbalé. Mi cuerpo hizo una grotesca pirueta, girando extrañamente en el aire. Al instante, estaba sentado en la arena, con el agua hasta el cuello y mis manos reposando en el fondo. Unas risas eternas y potentes resonaron por toda la playa. Quise desaparecer del mapa, pero no era posible. Había que dar la cara y mostrar mi vergüenza. Me puse en pie y empapado caminé, altivo y serio, hasta la orilla buscando un rincón donde poner mi toalla y mi ropa a secar. Como si nada hubiese pasado. Fue una buena lección por presumir de mariñeiro. Pero, lo peor, fue que esta escena, aunque de otro modo muy diferente, se repetiría en otra ocasión, por exceso de cortesía. Pero eso queda para otro día.


OLOR A MEDITERRÁNEO

Mediterráneo. Aguas verde esmeralda o azules múltiples. Según los días, según los sitios. En largos arenales o calas escondidas. Hermoso siempre, aquí y allá, donde la mano del hombre no lo ha destrozado. El reflejo del sol troceado en infinitos brillos saltarines en las aguas. Reflejos diamantinos. Y las noches de luna que han inspirado mil canciones. De luna llena, amarillenta, grande. Surgiendo en el horizonte marino o acomodada en él.  Y sus olores.

No puedo olvidar que siempre que me acerco al Mediterráneo, a la playa alicantina de San Juan, antes de divisarlo ya, noto el olor de esas aguas. Es algo característico. Diferente al Cantábrico o al Atlántico. Es otra cosa. Pero se nota con intensidad. Luego, mi mente une el recuerdo de ese olor con el de momentos agradables pasados. De niñez y de juventud. De época de madurez, correteando por la arena con mis hijos. Olor suave de mar y de experiencias  vitales, en momentos felices de descanso.




Es curioso este hecho del recuerdo de los olores. Parece que nuestra mente tiene, allá en algún lugar del cerebro, un rinconcito para almacenarlos y guardarlos. Luego los hace revivir al renovarlos, sacándolos de sus frascos. A mí me sigue pasando esto  – y es otro ejemplo  -  cuando en el campo veo unas plantas de menta, recojo unas hojas y las estrujo, llevándolas luego a mi nariz. Algo salta en mi interior, con regocijo y con nostalgia. Siempre me viene el recuerdo de aquellas horas de niño, cuando mi padre me iba enseñando las plantas del campo, caminando bajo naranjos y algarrobos, o bajo pinos y castaños. O en la pradera en que pastaban las vacas.  También,  con las hierbas que solemos poner, en las noches de San Juan, en una palangana con agua siguiendo ritos ancestrales. El agua olorosa de San Juan para lavarse al día siguiente. Olores...


Mediterráneo. El que viví en su tiempo en playas y costas de Valencia, de Alicante, de Melilla. Y siempre el recuerdo de esos lugares ligado a los olores de sus aguas. De sus mares. De sus rocas. De sus olas... cuando me acerco, de nuevo, a ese mar, amigo y compañero.



SETIEMBRE:  CUANDO LOS DÍAS SE ACORTAN

Estos días asoman ya los vientos del oeste y suroeste. Por el Norte de España solemos llamarlos vendaval. El verano se ha estirado, en lo climatológico, hasta ahora. Y los días vienen menguando, perdiendo vagones desde hace un par de meses. Setiembre, mes que suscita ánimos encontrados. A mí me pasa eso. Siempre, año tras año. Me cae simpático, sin duda alguna. Pero también alumbra algunas melancolías en rincones de mi alma.

Me asaltan recuerdos de aquellos años de estudiante, cuando disfrutábamos inmensos veranos de tres largos meses. Y en Setiembre, el pueblo se quedaba vacío de veraneantes y forasteros. Esto permitía alargar varias semanas de playas desiertas, aunque el clima iniciara su paso hacia el otoño. De calles, bares, cafeterías, cines... sólo para nosotros. Y las chicas, que aparecían, de pronto, sin revoloteos de chavales foráneos o que regresaban a nuestras pandillas. Esta agradable situación solía alcanzar casi hasta el Pilar, bien entrado ya octubre. Era el momento de la marcha a nuestros puertos de invierno. Era el final de todas las fiestas veraniegas. Del cambio de bañadores por libros. Y despedidas...




Setiembre traía, en contraste con lo anterior, la incesante lluvia de hojas secas. Solía atravesar, a diario, el bosquecillo del Jardín. Mis pisadas hacían crujir, entonces, la incipiente capa de hojas revueltas en el suelo. Día a día, veía el rápido desnudarse de las ramas. Y antes de mi partida, alcanzaba ya a ver muchos nidos expuestos a todas las miradas. A la vista. De gorriones, de mirlos, de las chillonas pegas y hasta de algunos cuervos allá por las alturas. El incesante soplido de vientos húmedos y revueltos hacía estragos en ese bosquecillo. Aparente crueldad que inspiró algunas de mis páginas de “Viento del Nordeste”.

Contraste de sentimientos que se amasaban juntos en nuestras almas. Alegría y tristeza. Disfrute y penas. Todo formando amalgama agridulce. Y así los años. Uno tras otro, del mismo modo, pese a nuestros cambios de circunstancias y situaciones.

Soplan de nuevo los vientos, ululando en la esquina de mi terraza coruñesa. Y, a su vez, el camino del paseo, junto al mar de la bahía, trae aromas de aquellos meses de Setiembre en el pueblo. La vida ciudadana ruge de nuevo. La marabunta de seres agitados y bulliciosos explota en todas direcciones. Setiembre nos engulle, un año más con su vida intensa. Nuestra propia y auténtica existencia. La que tenemos que vivir. Pero, como París, siempre nos quedarán sus recuerdos en nuestros pueblos de verano.



EL NIÑO QUE JUGABA CON SU CAJA DE CARTÓN

Empiezan, un año más, los colegios en toda España. Veo, de nuevo, pasar niños y niñas por mi calle. Van camino de “La Compañía” a pocos metros de distancia. Grandes mochilas. Aires alegres en general. Algunos cabizbajos y pensativos. Uno de mis nietos anda estos días preocupado porque su hermano mayor ha cambiado de ciclo y ya no le acompañará al aula. Problemas, sin duda, para edades tempranas. Pequeños dramas como los que acuden por primera vez.

Algunos van jugando, todavía, con sus maquinitas. Otros tontean ya con las niñas hablando por el móvil o enviando algún whatsapp. Buenos balones de cuero, patines, muñecas caras y televisivas. Hay un poco de todo en esa marea de alumnos que inician otra etapa. Juegos caros y sofisticados los de estos tiempos. Antes, hace años, los armarios de los niños estaban poco poblados. De ropa y de juguetes. Tiempos de posguerra. Y largos años, más acá, de padres y madres peleando  por sacar la cabeza del agua. Tiempos duros. Pero no infelices para los niños. También jugaban. Y mucho.

La carencia de juguetes la suplían con la imaginación. La lectura generalizada de cuentos y libros escolares espoleaba la mente. Y a partir de ahí, terreno libre, virgen de pisadas. Y los niños ponían manos a la obra para jugar. Con poco y con frecuencia sin nada. ¡Que más daba! Un poco de trapo era una pelota, un palo de madera una espada, cuatro cacharrillos una cocina espléndida... Y así todo. Imaginación y ocurrencias. Y además, la caja de cartón.



Aquel niño tenía una caja de cartón. Sus padres la tiraron después de sacar unos zapatos. Él la rescató y la hizo suya. Fue su tesoro durante un tiempo. Unas veces era una casa, con sus puertas y ventanas. Otras un coche o un camión. También fue corral de un pequeño y hermoso pollito amarillo que le regaló un vecino. Y en el colmo de su explosión imaginativa, fue granja de caracoles. Si, de caracoles cogidos entre las berzas y los cardos de la huerta de su casa. Allí los metió, ofreciéndoles albergue. Y unas hojas de lechuga. Y se durmió, teniendo la caja a los pies de su cama. Junto a una vieja moto de hojalata, de descoloridos azules y rojos. Y al lado de un soldadito de plomo. ¡Un solo soldadito. Todo un tesoro que llenaba sus horas de infancia, cuando regresaba del colegio, caminando, entre los árboles, casi dos kilómetros.

Sucedió que al despertar, todos los caracoles habían huido en busca de su perdida libertad. De eso no sabía el niño, claro. Libertad. Y aparecieron entre las sábanas, en la cocina de la casa, en los techos y, los más osados e impacientes, junto al pozo, a la vereda del camino de la huerta de tomates y pimientos, de judías y guisantes. Unas lágrimas se le escaparon, pero al instante se dijo: ¡no importa! Usaré la caja para guardar las canicas y la peonza....

Los niños que pasan hoy por mi calle van de uniforme. Todos iguales. Ellos y ellas. Siguen a vueltas, entre risas y gritillos, con los móviles y las maquinitas. El progreso. Gran cosa dicen. Y me lo creo. Pero... ¿Y la imaginación de los niños? ¿Y la creación de sus propios mundos? ¿Y la experiencia vital con las cosas sencillas de la tierra, de la casa, de la calle?...


Ahhh... y olvidaba contar que aquel niño perdió unas lágrimas, un día. ¡Un día! Aquel en que vio, en casa de un compañero de clase, como jugaban con un ejército de soldaditos  de plomo y un fuerte de indios y vaqueros. Lloró triste. Un par de minutos. Camino de su casa, reaccionó y se dijo: ¡Pero yo tengo una caja de cartón que ellos no tienen! Y siguió tranquilo ya, contento, hacia su casa. Volviendo a ser feliz...


DE  RONDALLA

Siempre me han gustado las rondallas. Ese grupo variable de cantantes y acompañantes, con alguna guitarra, laúd y bandurria. Pocos o muchos instrumentos, es igual. Y canciones, catarata de canciones. Caminando por las rúas o a pie firme en una plaza de sabor romántico. Y, siempre, con alguna parada ante un balcón o una ventana, de ronda a una chica escondida tras los visillos.

He vivido las rondallas en directo. Caminando lentamente, en grupo juvenil. Noche estrellada o de luna llena. Toda rondalla que se precie debe salir entrada ya la noche. A la luz del día es otra cosa. Se salía en verano, cuando el tiempo ayudaba. Por las calles del pueblo, en la plazoleta de “Los cuatro caños”, en el muelle frente al mar. Las luces del pueblo vecino bailaban, alegres y juguetonas, vestidas con sus mejores colores, sobre las aguas. Frente a nosotros. Sonaba la música de cuerda de los instrumentos. Entonaban tres o cuatro buenas voces. El resto acompañando y difuminando sus notas. Con los sentimientos surgiendo a borbotones. Habaneras, rancheras y alguna que otra canción de la tierra.


                           Antigua rondalla ribadense (compartido de Vivín, en facebook)

En el pueblo, en esas noches veraniegas, salía siempre una buena rondalla. De veteranos, con los dedos curtidos de tocar guitarras y violines, laudes y bandurrias. Buenas voces. Lo hacían un día a la semana. Y un verano tras otro. Muchos esperábamos pacientes su aparición. Se oían las notas y las voces. Cantaban de amores y navíos, de esperas y partidas, de Cuba y de la Habana. Y de Filipinas. La expectación subía. Y venían por la calle. Se paraban. Nos deleitaban con varias canciones. Y seguían su curso, calle abajo. Algunos los seguíamos, enrolándonos en su grupo. Escuchando. Tarareando por lo bajo, para no estorbar todo el repertorio que salía de sus voces e instrumentos. La noche plácida mostraba estrellas que parecían sonreír felices. Allá arriba. También la luna -  llena, creciendo o menguando - acudía con frecuencia al concierto. Otras veces, la neblina nocturna, corría sus cortinas y ocultaba todo a la bóveda celeste. Aplausos de la gente. Y despedida hasta otro día.


                                   Otra rondalla juvenil (compartida de Vivín, en facebook)

La tuna es otra forma de rondalla. Más organizada y completa. Y con sus flamantes vestiduras que revolucionan a los estudiantes. Siempre me han atraído las tunas. A su paso resurgen en nosotros nostalgias y sentimientos. Olor a aulas y exámenes. A interminables tardes de estudiantes. Pocos deben ser quienes no sientan la emoción oyendo “triste y sola se queda Fonseca”, “linda niña sal al balcón...”, “las cintas de mi capa” o “cuando la aurora tiende su manto...”. Y las cintas de colores - bordadas por chicas y chicas, como dice la canción – tendidas al viento mientras avanza la tuna.

Siento que la rondalla del pueblo en que veraneo ya no salga en esas noches de verano. Me queda su recuerdo imborrable. Otras siguen por otros lares. A cambio, se siguen cantando habaneras en el bar de siempre. A diario... mientras el verano languidece y el sol se acuesta más pronto. Con unos vinos sobre el mostrador y un resplandor en el alma.


AQUELLAS PLÁCIDAS TARDES NAVEGANDO POR LAS ACEÑAS

Por las Aceñas de Figueras o por las de Ribadeo.  Parecidas sensaciones. Más sol en unas, más calma en sus aguas en las otras. Tantas tardes a bordo de un bote. A remo, a vela, a motor.  Todas esas intensas experiencias vividas en esas aguas. Con viento del nordés o del suroeste, del noroeste o en calma chicha. A veces suave brisa cargada de salitre. Otras ventoleras molestas y refrescantes.

Cuantas tardes pasando, con la marea alta, junto a las viejas piedras del molino derruido. Molino de mar. Las Aceñas. Cada una de ellas con su historia a cuestas. Y con la mía personal, también. En nuestros años jóvenes, navegábamos con frecuencia en el viejo “Robaliza” hasta las de Figueras. Tardes de risas y canciones. De un par de guitarras rasgando el viento. Haciéndose oir y dispersando sus notas por la ría. Aquella lancha con su enorme vela verde desplegada al viento. O a golpe de sus cuatro remos. Horas descomplicadas, sin problemas. Con la alegría juvenil, contagiosa y plena de risas. Y desembarcos en el muro de piedras del viejo molino.



Fotografía de Guillermo Sarmiento (Facebook)

Otras tardes, pasados los años, a bordo de mi embarcación, el “Alacant” rumbo a las Aceñas ribadenses. Ría arriba, camino de Reme. La ensenada con los restos, también, de otro viejo molino de mareas en medio. Indicios de tiempos mejores. De buques vela, de buen porte, atracados en las cercanías. Tardes soleadas pescando al curricán. O navegando a marcha corta al llegar allí. Bandadas de lubinas saltando por las aguas poco profundas. Fondos de algas marrones y verdosas. Y fango. Muy  cerca, pequeñas calas de piedras. Cubiertas en la pleamar, al descubierto al bajar la marea. El paraíso. Verdosa vegetación alrededor. Algunos árboles dejando caer sus ramas sobre las aguas marinas hasta mojarlas. Nuestro refugio, bajo esas ramas, con el bote abrigado allí en días de lluvia o fuerte nordestada. Rincones idílicos en los que el mundo no existe. El ligero canturreo de la marea al subir o bajar, frotando las piedras. Pajarillos por todas partes. Nuestras voces rompiendo los silencios misteriosos del lugar.

Es difícil no guardar los aromas de estas navegaciones en nuestra alma. Llenas de sensaciones. Y ahora de sentimientos. Nuestros padres, viejos amigos de infancia y, más tarde, nuestros hijos. También aquí el paso de las generaciones. Cada vez que vuelvo a pasar por ambas Aceñas sueño de nuevo, veo y vivo el presente y el pasado. Y lo revivo en mi mente cuando me alejo. En invierno las veo en la distancia. Allí solitarias, sin los navegantes de los meses buenos. Y recreo mi vista una vez más. Las Aceñas, un pedacito de mi historia personal y un puñado, bien henchido, de recuerdos y vivencias. Las Aceñas...


NO ME CUENTES TU VIDA

Esta frase hizo furor hace años. Cuando empezaba la cosa. Importarnos menos el prójimo. Los demás. Cuando nacía el individualismo como sistema de vida. O el utilitarismo de las amistades. Conocer gente para apoyarse en ella. Para obtener beneficios o ventajas. Para alternar con los mejor situados. El resto...




Hubo un tiempo en que el otro contaba. Un largo tiempo de muchos años. Quizás siglos. El vecino, el compañero de trabajo, los que te rodeaban, eran personas. E interesaban sus cosas. Más o menos, pero interesaban. Había un tiempo para escuchar al otro. A ese que llamamos prójimo. Pero un buen día llegaron aires de cambio. En la sociedad, en las calles, en tu calle, en la mía. Y todo fue mutando. Escuchar es molesto, se empezó a pensar. El otro es un pesado cuando me cuenta sus cosas. Sus problemas. Sus dramas personales que piden a gritos desahogo. Me entristece y amarga.

“No me cuentes tu vida” se empezó a decir. Pasaron años. La misma frase, la misma cantinela. Pero ahora creyéndola. Interiorizándola. Haciendo de ella una filosofía de vida. Un estilo de actitud social. Te escucho si me interesas. Pero no te pases. Al resto... que me dejen tranquilo. “Yo también tengo mis problemas” sirve de autojustificación. Y así nos habituamos a dar la espalda al que tiene penas, dificultades, necesidad de ayuda. Al que le basta con que le dediquen un poco de tiempo. Y nos acercamos al poderoso, al que tiene dinero, al bien situado, al que puede darnos algo. O simplemente al simpático y chistoso. Al que hace reír y huir de las penas ajenas.

De ahí al individualismo atroz y despiadado hubo un corto paso. Mis cosas. Eso es lo que importa. Lo que merece mi atención y mi tiempo. Los demás... Y hacemos torres altas que nos aíslen del resto. No interesan. Aburren. No tenemos tiempo. Estamos cansados...


¡Comodidad! ¡Egoísmo! ¡Insolidaridad! Ese es el color de tus banderas. Son tus enseñas verdaderas. No te engañes. No nos engañes. ¿Y que será de ti cuando tengas necesidad vital de “contar tu vida” a otros? Cuando te apriete tu existencia. Cuando busques a los otros. ¿Qué será de ti, ciego individualista? 

Da que pensar esto ¿verdad?


UNOS  DÍAS EN EL PUEBLO

Se han ido ya. Más bien han volado los días agosteños pasados en el pueblo. Un año más, plenos de gozos y alegrías. Y alguna tristeza por algún amigo que se ha ido. Calles pletóricas de vida. Verano. Que ya llegará el invierno que barrerá las calles. Las terrazas repletas, coloristas y engordadas de sillas. A la hora del café y con el ligero fresquillo del atardecer. Amigos. ¡Bienvenido!. ¿Cuándo llegaste? ¿Cuándo te vas?...


Las rutinas de la vida. De los veraneos en el pueblo. Encuentros y reencuentros. La cena casi anual con antiguos compañeros y compañeras de estudios de bachillerato. Los árboles sin hueco para más hojas. Verdes. Hermosos. Flores abundantes y sus aromas. En mi casa huele intenso el dondiego al anochecer. Como siempre. Aunque ella, su admiradora principal y dueña de la casa ya no está. Mi madre que se fue este invierno...

Y el mar... ¿cómo olvidarlo? Imposible. Es parte clave de mi vida. El mar. La ría y los pueblos que la besan de continuo. Lo he visitado todos los días. En el muelle, gozándome en la vista de los botes y los barquitos saltarines. Con la marea alta o baja. En el Faro, intentando inútilmente captarlo todo en una sola mirada. Las olas tiñendo de blanco las rocas. Los brillos nacarenos del sol sobre las aguas. Jugando al escondite conmigo. ¿Me ves aquí, allá? Y mil pajarillos canturreando su felicidad entre las zarzas y silveiras. En el Paseo que llamamos, como en todas partes, Marítimo. dando gracias a Dios por tanta belleza.

Este año he bajado a la vieja playa de piedras. Olvidada y abandonada. Ahora van las gentes más lejos. Buscando arena y buena mar para bañarse. Seguí el rito de tirar a planear un par de piedras lisas. Rebotaron sobre el agua varias veces. Como siempre. Pasaban barquitas camino del arenal del centro de la ría. Y pescadores al curricán aburridos. Ya no hay lubinas.


Han pasado raudos esos días. Me ha faltado tiempo para cruzar a la otra vera. Pueblos hermosos. Cuna de la serenidad y la paz. De gentes amables. Calles en cuesta y vistas marineras en cada esquina. Debo dejar el pueblo. Volveré pronto con cualquier disculpa. No será ya verano. Reinará la soledad en las calles. Muchos amigos ya se habrán ido. El silencio. Más, mi espíritu vibrará como siempre de emociones y recuerdos. De sensaciones y sentimientos. Porque es el pueblo, mi contrapunto.


LAS PLAYAS DE NUESTRAS VIDAS

Todos tenemos nuestras playas. En el recuerdo y en los sentimientos. En el fondo del armario de nuestra memoria o encima de todos los cachibaches. Pero las tenemos. Muchas o pocas. Quizás una sola. Pero ahí están, nadando en las aguas de nuestras vidas. Ligadas a nuestros veranos. O veraneos. En color o en blanco y negro.  Solos o acompañados. Con vocerío o en silencio. Haciéndome aflorar, ahora, dormidos sentimientos.


Son tantas, en mi caso. Como las vidas dispares vividas. Traslados de residencia. Ciudades o pueblos cambiantes. Etapas de la vida. Las veo repletas de sol y de arena. O cubiertas de piedras bajo montañas de nubes. Kilómetros de arenales o pequeñas, minúsculas. Algunas escondidas a la vista del mundo. Descubiertas navegando con el “Alacant” por las aguas de la ría. También, verdes praderas abrazadas a las aguas costeras. Olas sin fin o mares en calma ensoñadora... playas y playas...



Un muestrario de ellas. La Malvarrosa y el Saler en mis recuerdos de infancia valenciana. El Postiguet y San Juan en tierras alicantinas. Horchata y agua de limón. Tranvía amarillo, de vagones escuetos y ventanillas abiertas. La playa de la Hípica y la Mar Chica de Melilla. Mediterráneo siempre hermoso. Con ese olor característico que me hacía adivinarlas al acercarme a ellas. Cielos azules a todas horas. Arenas traidoras en sus calores. El refugio bajo unos toldos o una sombrilla leyendo un periódico. Toallas extendidas. El baño interminable más allá de la frontera y la vanguardia de la multitud alineada, en pie, mirando al frente. Las tortugas y medusas de las melillenses. Mundo fantástico y embriagante que viví.

Las playas gallegas. Las primeras conocidas, las de Ribadeo. El Cargadero y los Bloques, calitas de andar por casa. Piscinas naturales de aguas tintadas de algas marrones, verdes, ocres y amarillas. Pececillos en bandadas un poco más abajo. Rocas y rocas por todas partes. Buceando en ellas para admirar sus fondos. Y gaviotas a puñados. Las de la orilla astur. San Román y el Astillero. Travesías de ida y vuelta en la lancha de pasaje para llegar a ellas. El Tesón en medio de la ría, siempre jugando al escondite. Arnao, antes salvaje,  ahora de moda. Penarronda adentrada en tierra asturiana. La de Los Castros, señorial, elegante y a la vez, voz de la más pura naturaleza marina. Las Catedrales, arte puro en piedra y roca.

Y algo más allá, la playa de Tapia. El paraíso del surf y de las tablas. Años preciosos allí pasados. Con playa de invierno y verano. Corriendo, saltando, nadando. Y en el corazón de Asturias, en Gijón, la de San Lorenzo. Con su abigarrado paseo arriba y abajo. Sus casetas coloristas. Playa urbana llena de vida. Y de vidas.




Y ahora, Riazor. La playa coruñesa, también urbana. De horizontes suaves y dulces unas veces. Otras, de enfurecidos oleajes que quieren asaltar nuestras casas. Aguas frías. Y cerca, Santa Cristina, Bastiagueiro, Santa Cruz, Mera, Sada... y tantas otras. Años y años de vivencias. De alegrías y tristezas. De ilusiones y añoranzas.

Mis playas. Nuestras playas. Mis veranos. Vuestros veranos. Todos fundidos en mi mente. Apelotonados. Queriendo salir los primeros en la retahíla de mis historietas. De mis charlas, cafeteras o paseantes, con mis amigos o con los míos. Con mi gente. 


BUSCANDO EN LA INMENSIDAD DEL MAR


El rostro frío, helado…el pelo revuelto, la mirada brillante… ¡Ya has estado, de  nuevo, buscando en la inmensidad del mar!

(Manuel D. Aledo, “Viento del Nordeste”, 1966)


Caminaba, hace años, por el Paseo Marítimo de mi ciudad y me adentré en un amplio espigón que divide la playa. Allí, en su extremo más saliente, que semeja la proa de un buque, me detuve a mirar el mar. El horizonte. La brisa fría bañaba mi rostro. Y allí surgió ese pensamiento.




Pensaba y pienso ahora, de nuevo, en esas personas que tienden su vista sobre el mar de su vida. Sobre su pasado. O sobre su futuro. Buscan algo en la inmensidad del mar, de su existencia. Desde ese espigón del Paseo se puede ver un mercante o un petrolero que entra o sale del puerto. O, también, un yate o un hermoso velero que surca las aguas. Y, al anochecer, alguna minúscula lucecilla que señala la posición de un pequeño bote de pesca. Y hasta el vuelo rasante de una gaviota o un cormorán.

Del mismo modo, esas personas que pierden su vista entre las olas o allá en el horizonte de sus vidas, hacen lo mismo: buscan. Se pueden pasar los años y hasta la vida buscando algo que no encuentran. Que no ven. Puede ser una ilusión inalcanzable o un deseo que jamás lograrán. Puede ser, quizás, la busca de otra persona que pueda caminar a su lado o compartir su vida. E incluso, la forma de hacer fortuna o de llegar a recónditos países. Sueños... sueños y búsquedas imposibles.

Todo eso que ansía el corazón o que requiere la vida suele estar más cerca. En tierra firme y en nuestras calles. No en las distancias infinitas del horizonte. A veces, se encuentran a nuestro mismo lado, junto a nosotros. Pero hay que apearse de los sueños y las quimeras, hay que dejar de buscar en el mar y darse la vuelta, para hallarlas. La vida pasa, en realidad, a nuestro lado.

A veces, esa mirada perdida en el mar, trata de saciar el deseo de infinitud que todos llevamos dentro. Dentro del alma. Y lo que se busca es ese Algo o ese Alguien que llene nuestro corazón humano, tan necesitado de la ayuda divina. Porque la vida tiene dos dimensiones. Hacia nuestros semejantes y hacia Dios. Y Éste no se encuentra allá en el horizonte, sino caminando a nuestro lado. Date la vuelta, deja los sueños, llámale y te saldrá al camino.

Así que, sea lo uno o lo otro, deja ya de mirar la inmensidad del mar. De pasar allí las horas muertas. De tu mar. Del mar de tu pasado o tu futuro. Y ponte, en serio, a buscar. Hallarás.


LA GUERRA ES EL GRAN FRACASO DE LA HUMANIDAD

En cualquier momento pueden volver a sonar los cañones. De hecho, nos podemos despertar cualquier día de estos y ver en la televisión o escuchar en la radio, con asombro y susto, que ya están atacando Siria desde los portaaviones americanos. La situación es tensa y peligrosa. Sólo la falta de apoyos suficientes la ha frenado hasta ahora. Mientras, la opinión de los ciudadanos de EEUU y de todo el mundo está en contra. Nadie quiere la guerra. Ni nadie quiere ver a sus hijos rumbo a ella para, quizás, no volver a su casa o hacerlo mutilados.Aunque solamente sea mutilación psicológica. Y sabe Dios qué es peor.

Nadie desea la guerra entre la población. Suele ser cosa de dirigentes políticos y militares. Ellos lo estudian, lo deciden, la preparan y la ordenan. Con frecuencia, unos pocos políticos y militares alientan las acciones de guerra. Mientras los ciudadanos, piezas pasivas en esta partida, al margen del juego aunque sean la inmensa mayoría. La historia está llena de casos así que terminan, casi siempre, con la misma pregunta. ¿Para qué? ¿Qué se ha conseguido que valga tanta muerte y destrucción, tantas secuelas?

Salta a mi mente que estos mismos pensamientos fueron el embrión de mi novela !Malditas guerras! En ella, era la guerra civil española. Maldita guerra. Pero este párrafo de ese relato novelado, de unos hechos realmente sucedidos, resume bien todo lo anterior:

La historia demuestra sobradamente, con independencia del tipo de guerra o de lucha y de su carácter de interna o externa, de ataque o defensa, justa o injusta, que unos pocos han decidido siempre por todos los demás. Políticos, reyes, jefes de gobierno, altos mandos militares, ideólogos ambiciosos o soñadores, aventureros, han sido quienes han lanzado a su gente a combatir. Unas veces por su Patria y otras para conquistar el poder, En ocasiones, para dominar a otros pueblos y otras, para defenderse de esas invasiones. Y, a veces, en terribles guerras civiles en las que una parte del país se enfrenta a la otra con las armas (...) La guerra es el gran fracaso de la humanidad, incapaz de vivir en concordia y de arreglar las diferencias con la bandera de la paz y el diálogo en la mano (...) Y quienes han sufrido, en mayor medida,  sus consecuencias, aparte de sus protagonistas directos en los campos de batalla, son quienes constituyen la población civil. Los mayores y los niños, las mujeres de todas las edades, que penan en sus propias carnes las desgracias que acompañan a las guerras. Son los grandes damnificados. La muerte de seres queridos, la destrucción de casas y ciudades, la pérdida de cosechas, la escasez de alimentos, la pobreza, la miseria, todo esto y mucho más cae sobre todos los que ven, desde las retaguardias, como se van marchando los suyos a los frentes de guerra...

Ayer, S. Santidad el Papa Francisco pronunciaba la misma frase que da título a este post, en la Jornada mundial de ayuno y oración por la paz en Siria y otros países. Esto me reafirma más en esa idea y en lo que emana de la novela ¡MALDITAS GUERRAS!